Las hermosas paradojas de Johan Cruyff

Personalidad. No fueron títulos ni honores, el mayor éxito cosechado en el mundo del fútbol por Johan Cruyff fue el del triunfo de la personalidad. Puede resultar paradójico que quien fuera icono del ‘fútbol total’ —a su vez el triunfo de la colectividad que dio el pitido de inicio al fútbol moderno— fuera también el exponente de la individualidad más independiente. Pero la paradoja no es más que la constatación de una verdad compleja. Lo más hermosamente colectivo parte de una suma de individualidades bien ordenada. La suma de un sobrio número 1, de un rápido 2, de un 5 callado y pensativo, de un 11 impulsivo, de un 10 seguro de sí mismo y de los suyos, de un 9 humilde y letal, y a veces, de un dígito extraño, un número con nombre que rompe la secuencia, que hace de la suma una multiplicación, como, por ejemplo, un 14.

cruyff23 de diciembre de 1973, gol de Cruyff al Atlético de Madrid.

Johan Cruyff vistió siempre el 9 en el Barça, por imperativo normativo, en la Liga —por aquel entonces— los dorsales debían ser del 1 al 11. Pero fue siempre un 14, el número que le distinguió en su Ajax y su Holanda originarios. Ingresó en las categorías inferiores del club de Amsterdam con 10 años. Vivía a cuatrocientos metros del campo, donde su madre trabajaba como limpiadora, el estadio al que su padre llevaba cestas de fruta de su tienda cuando el equipo ganaba. A los 12 Johan se quedó huérfano de padre, comprendió que su cometido principal habría de ser el de ayudar a sostener económicamente a la familia, y labrarse un futuro. El futuro y el dinero coincidían en un mismo camino, el de esos cuatrocientos metros que dirigían desde su casa al De Meer Stadium, el viejo campo del Ajax. Tenía 14 años cuando ganó su primer título como juvenil ajacied. A los 17 debutó con el primer equipo. A los 26, cuando fichó por el Barça, ya era una leyenda, el mejor jugador europeo de siempre, el que había levantado tres Copas de Europa liderando a los franjirrojos de Amsterdam. 

La llegada de Johan Cruyff a la liga española fue un terremoto de emociones. El fútbol comenzaba a convertirse en el espectáculo masivo e histriónico que es hoy, especialmente más allá de los terrenos de juego. Nacía la época de los flashes en aeropuertos y los chillidos a las puertas de los hoteles. Y aquel muchacho flaco como un espíritu, con aspecto de rebelde vampiro aristocrático, desató las pasiones de un país entero. Recaló en Barcelona por una de esas carambolas que han terminado por dibujar su leyenda, plagada de anécdotas convertidas en capítulos ejemplares. Las negociaciones de la directiva del Ajax con el Real Madrid para fichar al 14 estaban prácticamente cerradas; un ‘prácticamente cerradas’ que se convertiría en un ‘drásticamente rotas’ cuando Cruyff se enteró de que el negocio se estaba haciendo a espaldas suya. En ese momento, cuestión de horas, la estrella decidió tomar el mando de su salida de Holanda y pegar un volantazo hacia Barcelona, es decir, en la dirección opuesta a Madrid. Aterrizó en el Camp Nou la temporada 1973-1974, aquel año mágico de todos los símbolos en Can Barça.

Cruyff Final Mundial 74 WERNER SCHULZ CORDON PRESS7 de julio de 1974, final del Mundial / Foto: Werner Schulz/Cordon Press.

Los años futbolísticos, como se sabe, comienzan en el otoño anterior al año que marca el calendario. 1974 empezó en el septiembre de 1973, cuando arrancó la temporada y el curso de los escolares. Fue el año de Johan Cruyff, no tanto por los éxitos o fracasos futbolísiticos, sino por la intensidad de sus vivencias y la impresión en el recuerdo que dejaron, hoy convertido en legado. El Barça llevaba catorce años —sí, 14, cómo no— sin ganar una Liga; con la llegada de Cruyff se cerraría la depresión y los fracasos, y lo haría dejando un fútbol nuevo, que ya entonces comenzaba a caracterizarse como ‘moderno’. En ese Barça, todo hay que decirlo, no estaba solo Cruyff, sino talentos como el del Cholo Sotil o Asensi, dirigidos por el mítico Rinus Michel, a los que se sumaría el otro gran Johan de la época, una temporada después: Johan Neeskens. Pero ese 74 fue mágico, como mágico el gol en la víspera de la Nochebuena del 73 al Atlético de Madrid, aquel salto de danza brutal ante Reina, que demostró que todo lo bello en la vida puede compararse con el deseo de volar. Aquel 74 todo lo que dejó se convirtió en mito, para Cruyff y para el Barça. Fue el año del 0 – 5 en el Bernabéu, con gol, pases y driblings marca holandesa-catalana. Fue el año del Mundial de Alemania, la cita que ha dejado el recuerdo victorioso de la selección que perdió la final. Otra paradoja. La Holanda conocida como La Naranja Mécanica, el equipo del ‘fútbol total’, esa preciosidad que hizo del método una filosofía, un método que consistía en algo tan simple y tan ambicioso como que ‘todos atacan y todos defienden’. La creencia en la fortaleza de un colectivo unido hasta el límite de la implosión. Un juego de toque, de posesión del balón, de disfrute y alegría, descarado, rebelde, vertiginoso. Todo lo que representaba Johan Cruyff, la parte más excelsa de un todo maravilloso. Pero Holanda perdió, cayó en la final contra Alemania —corroborando el axioma que Lineker hizo célebre años después—. Y a la vuelta del verano aún quedaba año 74 para Cruyff. La derrota en el Mundial, a pesar del buen juego, voló con él en su regreso a Barcelona, como un síndrome callado. 

La temporada 74-75 sería de vuelta a los sufrimientos en el Camp Nou, pero dejó una de esas imágenes sublimes, iconos que otorgan a una idea la comprensión colectiva y la fuerza moral que toda causa necesita. Ocurrió en Málaga, el 9 de febrero de 1975, cuando Cruyff, rebelde pero exquisitamente educado, como corresponde a los vampiros del norte, protestó al árbitro Orrantía Capelastegui que el segundo tanto que los malagueños acababan de endosarle al Barça había sido en fuera de juego, y que el linier lo había indicado. El árbitro hizo caso omiso a las indicaciones del holandés. Las reiteradas quejas de Cruyff eran consideraciones indignadas y educadas: “Creo que sería conveniente que usted, si lo considera oportuno, consultara con aquel señor de ahí”, le insistió Johan a Orrantía, que se vio obligado a sacarle la tarjeta blanca —actual amarilla— al falso 9 que era un 14. Cruyff, entonces, se marchó hacia el juez de línea, para ver si tenía más suerte con el testigo mudo que con el juez protagonista, pero lo único que consiguió fue que, por primera vez en la Liga, le sacaran una tarjeta roja. Ya sí, la reclamación se había convertido en causa. Cruyff no se iba del campo y al árbitro y al delegado del Málaga no se les ocurrió otra solución que mandar actuar a la Guardia Civil para que se llevasen al astro holandés. La imagen del melenudo delantero ante la bigotuda policía del régimen se convirtió en un icono para el barcelonismo, y para todo amante del buen fútbol, es decir, de la libertad.

cruyff-malaga9 de febrero de 1975, expulsión de Cruyff en Málaga.

Como entrenador, Johan Cruyff hizo exactamente lo mismo que como jugador: dirigir. Dirigir según sus propios criterios. Interpretar e imaginar cómo romper reglas tácitas y escritas. Si hay un reconocimiento general al FC Barcelona en el siglo veintiuno no es tanto el de haber hecho el mejor fútbol jamás visto —que así ha sido—, sino el de haber sido leal a una idea. El Barça se ha consagrado como el gran club del nuevo siglo, el Dream Team de Guardiola fue la sublimación del de Cruyff en los 90. Si ha sido posible una reedición superadora de lo que ya fue genial en su época, ha sido gracias al arraigo de una idea, a la fuerza de un ideal que está más allá de los títulos y los honores. Y esa idea nació de la cabeza y las botas de Johan Cruyff. El juego constructivo, ofensivo, imaginativo. El poder del colectivo a través de la suma de individualidades. El reforzamiento de la individualidad gracias al poder único del colectivo. Paradojas, en ellas se destaca la comprensión del genio. Cruyff supo identificar las que operan sobre la hierba con un balón de por medio; ya lo dijo una vez: “Jugar al fútbol es muy sencillo, pero jugar un fútbol sencillo es la cosa más difícil que hay”. Y de las más hermosas (entre lo menos importante, ya se sabe), cabría apuntar.

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