Las canciones tristes de Harry Dean Stanton

Harry Dean Stanton: Partly Fiction (2012). Imagen: Hugofilms Productions.

El hombre, casi nonagenario, espeta por teléfono: “Llevo cincuenta putos años haciendo esto, posando para fotografías y haciendo películas”. Deja un pequeño silencio y concluye: “Al cabo de un tiempo, me canso de hacerlo”. El hombre, a sus ochenta y muchos, vive solo en una casa en las colinas de Hollywood. Una casa repleta de fotos y otros recuerdos, repleta de rostros más jóvenes, de pasado, como él mismo. El hombre casi no habla, siempre ha sido así. No necesita demasiadas palabras para decir lo que quiere. El hombre, a veces, canta, canta canciones tristes y antiguas. Y su voz entonces es frágil, parece joven aún.

El hombre es Harry Dean Stanton, leyenda del celuloide, y todas estas cosas las vemos en el documental de Sophie Huber alrededor de su figura, titulado Harry Dean Stanton: Partly Fiction. Se trata de un extraño acercamiento al mito, el de ese actor esencialmente secundario, con cara de palo, lacónico y solitario, que parece no diferenciarse nunca mucho de su verdadero ser, igual o más hermético y adorable que sus personajes. Como bien apunta el título del film, todo en Harry Dean Stanton es parte ficción y parte verdad. Y eso no significa que algo sea mentira. Se filma a un hombre que porta la categoría de estrella sin haber interpretado nada más que un papel protagonista en toda su carrera, un hombre que niega cualquier mérito diciendo que, a fin de cuentas, lo único que hizo fue “interpretarme a mí mismo todo el tiempo… no sé hacer otra cosa”. Y uno se da cuenta, al escucharle, que no miente. Por eso el hombre, la estrella, se convierte en leyenda, en mito viviente. Por su rareza. 



A Harry Dean Stanton no le interesa lo más mínimo cómo le recuerden, o al menos eso dice. No tiene muchas ganas de hablar, ni de su carrera, ni de sus amores, ni de nada en especial. Lo único que parece apetecerle es sentarse en la barra de uno de los bares que conoce desde hace décadas, que su camarero de siempre le sirva una copa, y fumar un pitillo mientras mira la ciudad de noche por la ventanilla de un taxi que le lleve de vuelta a casa. Y eso ya de por sí cuenta bastante de alguien, pero no lo suficiente. Sin embargo, hay otra cosa, quizás la única que le estimule realmente: cantar, para sí mismo. Es en el hallazgo de esa veta donde Sophie Huber se puso a picar y de la que extrae un lírico retrato, ya no del hombre mitad real y mitad inventando (como todos) que ha sido Harry Dean Stanton, sino de una figura más universal, el retrato de la soledad, de la vejez, del éxito, de la nostalgia. Harry Dean Stanton, el tipo determinado a dejar su mito de hombre hermético intacto, canta sus canciones favoritas, y en esa interpretación íntima deja ver la roca madre de años de éxito y desamor, de alegría y soledad.

Tiene una voz bonita al cantar, aguda, dulce, impregnada de esa incertidumbre que poseen todas las voces quebradizas al manifestarse. Si se escucha sin saber del rostro que la entona, se diría que es la voz de un hombre joven, incluso un chico. La primera vez que le vimos cantando fue a la ausencia de los seres queridos, expresada sobre los primeros planos de Paul Newman despidiendo a su madre en el día de visita en la prisión de La leyenda del indomable. Era el año 1967. Al entonar las mismas estrofas casi medio siglo después, después de compartir un cigarro con un camarero al que conoce desde esos años 60, susurros apenas rememorados hacen que la voz de Harry Dean no sea la misma, que las palabras del himno religioso no suenen igual que cuando su compañero Paul Newman era joven e indomable. Siguen estando en ella los seres queridos que ya no están, pero hay también un agradecimiento melancólico por “otra noche más en el paraíso”. 

El film de Sophie Huber cuenta con la colaboración de la gente cercana a su protagonista, algunos amigos como David Lynch, Wim Wenders o Kris Kristofferson. David Lynch le recuerda las seis películas en las que han trabajado juntos; fue él quien le puso en el final acongojante de una de las películas más hermosas de la historia del cine, Una historia verdadera, donde Harry Dean demostró como nunca antes lo había hecho nadie que no se necesitan más de dos minutos, unos pocos planos, para bordar un personaje y erizar con su mirada la piel de cualquier ser humano que haya llegado a ese final. Wim Wenders fue el director que le dio su único papel protagonista, el padre y esposo Travis de París, Texas, esa rareza europea en pleno desierto americano, una belleza pausada y silenciosa, como la primera media hora de su personaje protagonista, un lacónico marido con el corazón tan roto que solo es capaz de caminar por el desierto con el afán de convertirse en un fantasma. El papel no podía ser para otro que para Harry Dean Stanton.

Pero lo que importa no son sus papeles, secundarios más o menos importantes, o su único protagonista. No importan sus más de doscientas películas (aunque importen). La historia no va de eso. Tampoco se trata del descubrimiento de un don desapercibido, de la rareza exquisita del anciano legendario haciendo algo inesperado, como cantar. No, tampoco es un documental musical. El film de Huber va sobre el tiempo y una forma de experimentarlo, es un film sobre la vida vista desde la atalaya de la vejez. Es un film sobre cosas como la forma de reír para despistar el recuerdo de una pérdida amorosa décadas atrás. Se puede aprender con él.

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