La vida en funciones

Y este es un título que nunca pasó por la cabeza de Isabel Coixet pero que entre todos se lo regalamos. 

La vida en funciones es cuando alguien, generalmente un país, duda entre enterrarte o palmearte la espalda y mientras resuelven el entuerto tú buscas un lugar donde descansar y vas cambiando el número de cuenta para que te domicilien los recibos ya en la tuya. 

Maura Juventudes MauristasAntonio Maura, con los líderes de las Juventudes Mauristas, 1915 / Foto: Artehistoria.

Durante el transcurso de la vida en funciones te conviertes en adolescente de los de antes y ni pinchas ni cortas, aunque tengas mucha rabia dentro y la sensación de haber dejado inconclusas obras y omisiones. Mantienes las formas pero ya nadie te llama para pedirte permiso, porque tu momento ya pasó, pero tampoco nadie te llama para pedirte consejo, porque aún es pronto para eso. 

Eres una medianía viviente y cada día compruebas cómo los tuyos ya empiezan a ser los de otro o peor todavía, pasan a ser los de ellos mismos.

Estornudas y en las partículas flotantes que emites y que hacen las veces de lluvia en tu sordo despacho, solo ves reinos de taifas y conjuras para olvidarte. 

La ropa que se usa en la vida en funciones es casi la misma todos los días porque no se mancha ni se arruga. Es un traje, claro, pero es un traje sin persona dentro. Daría igual que lo dejaras en una percha, el traje no protestaría ni notaría la diferencia porque tú ya no das calor a nadie ni a nada. 

Comes más en casa, que es la tuya pero por poco tiempo y no sabes si empezar a hacer cajas de cartón y meter algún libro o esperar. No sabes a qué, pero esperar despacio y a veces mirando por la rendija de la cortina al patio, a la calle,  por si viniera un coche o un mensajero y quisiera verte urgentemente, con la voz abofeteada, a contarte que algo importante pasó y que tú tienes que saberlo si no el primero, de los primeros. Pero eso ya no ocurre y por la ventana solo ves mañanas vacías y silencios de martes a mediodía. 

Poca cosa. Eso dices muchas veces al día. A ti mismo y a los más cercanos, a la familia, cuando te preguntan qué hay o qué tal o qué estás haciendo. No quieres empezar nada nuevo porque no puedes empezar nada nuevo. Te afeitas convenciendo al espejo de que esa barba que sale no es nada nuevo, ya estaba ahí y te compete rasurarla. 

Los periódicos que lees van más despacio y como ya apenas sales los miras de lado y los apartas rápido. Entonces cierras los ojos y piensas en cuando tu vida no estaba en funciones y cada minuto contaba. Pero los abres rápido porque ya no estás acostumbrado al vértigo y has sentido un mareo de gente normal y corriente. De gente que cuenta la vida por días y no por minutos. 

En la vida en funciones no puedes dejar fiada una cerveza, por ejemplo, porque todo el mundo sabe que lo tuyo es provisional y lo mismo hoy estás aquí y mañana no. Entonces nadie te fía y lo que es peor, nadie se fía de ti. Antes tenías poder, un ejército a tu alrededor, teléfonos directos y una personalidad relevante. Hoy todo eso está en funciones y como está en funciones es como si tus padres hubieran bajado un momentito a comprar y te dejarán en casa al frente del hogar por primera vez. Pero sin poder abrir la puerta si timbran, sin poder coger el teléfono, sin poder hurgar en la nevera, sin poder ir comiendo que ya es casi la hora, sin poder poner la música alta, sin poder abrir cajones, sin apenas poder mandar en el castillo porque tienes el poder delegado, manso y en funciones. 

La vida en funciones es un purgatorio de idiotas y una impotencia incurable. 

No todo el mundo tiene madera para vivir una vida en funciones. Debes saber esperar y saberte prescindible, tener tu cargo siempre a disposición del partido y un pueblo pequeño al que poder marcharte cuando así se determine. 

Más allá de la mencionada adolescencia hay pocos momentos durante la vida de un ser humano en los que se está en funciones. Por eso los presidentes, ministros y demás especie que están en funciones tienen una tendencia a sentirse jóvenes, a estar más flexibles y ligeros. La gente, que los vemos por la tele, pensamos que es la sensación de abandonar el estrés inherente al cargo que les dejó en funciones. Pero no. Parecen adolescentes porque la vida en funciones es un vórtice hormonal que les ha llevado otra vez a la primera adolescencia,  a estar solos en casa un rato, a no poder entrar a las discotecas pero tampoco querer ir a los cumpleaños infantiles. A esa tierra de nadie que es la vida en funciones.

* Pueden encontrar este texto también en Una pena no decirlo, web personal del autor. 

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