Ítaca persigue a Ulises

“Estar colocados en aquel casi desierto no era nuestra culpa, era voluntad divina”

J. C. Onetti

“De qué nos sirve luchar si nunca haremos historia”

León Benavente

“Salida del metro. Túneles. Gente subiendo por escaleras mecánicas. Corriente de aire a x grados que simula ser aire fresco. Cemento en contacto con la zapatilla. Suelo, suciedad, desgaste. Vida rápida e impersonal. Así se podría describir de una forma aséptica, casi científica, los datos según se perciben en una salida del metro corriente. Pero no vale la pena pensarlo: es el último día aquí, mañana estaré en Portugal. Vuelta a casa. Adiós a la vida de estudiante de intercambio”, piensa mientras atraviesa la salida del metro y sube las escaleras para salir a la calle. “Es temprano, quedan diez minutos para que llegue Marta. Posiblemente la última vez que la vea… No, no voy a ser trágico. Posiblemente la última vez que la vea en un largo tiempo”. 

Spain.Madrid.The new Barajas Airport Terminal 4, 2007Fotografía de Peter Marlow, Magnum Photos.

Son las siete menos diez; han quedado en el bar de siempre. Gira a la derecha, la ciudad se ve más revuelta que nunca: es junio. El calor aprieta pero con menos intensidad que días anteriores: sudor. Camina con paso tranquilo. La gente se agolpa en grandes grupos en las plazas, esquiva a algunas personas que están detenidas en las aceras, desbordándolas. Hay niños jugando, gritan, saltan, se agitan. La infancia le parece un territorio lejano, aparecen por su cabeza recuerdos: en el campo jugando con un arco de madera mientras su abuela lo llama. Sigue caminando, vuelve a la realidad. Por fin sombra: calles estrechas, una leve pendiente que hace que su bandolera se incline hacia su cadera por el lado izquierdo con más pronunciamiento. La gente fuma en las entradas de los bares. El ambiente en las grandes ciudades es muy similar: una cierta familiaridad adquiere cada una cuanto más se recorren, le recuerda a ciertas zonas de Lisboa; pero a la vez muestran una cierta apatía hacia los caminantes que no se detienen. Algunos las habitan, otros simplemente existen: en ello consiste la épica cotidiana. 

Es incapaz de captar todas las impresiones que recibe: lo hace de una manera inconsciente y la vida se le hace maquinal. Después de caminar durante varios trayectos, no sabe en qué lugar ubicarse. Se detiene en una librería: quizás la última compra. Bastante dinero se han llevado esos tipos extraños que despachan trozos de papel cosido y con solapas. Mira el escaparate, pero no entra. Retoma el paso hacia la cafetería. “Quizás no sea lo más apropiado… Pero creo que le puede gustar”, piensa sobre el ejemplar de Cuando ya no importe de Onetti que tiene para ella. “Ya estamos”. Entra y pide una cerveza. Se saca la bandolera y se sienta. Las mesas pequeñas, el ambiente de siempre: poca luz, música “decente” se dice: suenan guitarras; pocas personas. El ambiente es distinto al de las calles principales: fuera todo parece un caos: lo continuo se quiebra; lo sólido se disuelve. Hay una mosca muerta en el suelo del bar. Puede verla, se detiene en detalles superfluos, que para el resto del mundo no tienen importancia, pero cree que sí pueden tenerla para recordar su estancia allí.

Espera a Marta: mira dentro de su bandolera, se asegura, el libro está, sin envoltura, pero está. “No quiero que parezca un regalo, es un detalle”, se aclara a sí mismo. Ahora piensa en sus primeros días allí. Hace ya casi nueve meses, “como un embarazo”. La intención era buena: intentar escribir algo, unos relatos o una novelita, nutriéndose de las vivencias; mientras disfrutaba de su beca de intercambio universitario. Una excusa como otra cualquiera para intentar escribir y encontrar su espacio. Observa el bar una vez más, pero con la atención que le ha faltado las otras muchas veces que ha estado allí. Las paredes recubiertas con pósters, un reloj con la esfera verde (en donde mira la hora: siete minutos de retraso), las paredes con un color gris, aunque no se puede especificar qué tonalidad tienen realmente. Recuerda la primera vez que fue allí con Marta. No llevaba allí ni dos meses, pero ya se sentía cómodo en la ciudad. Una conferencia les había llevado allí. La había visto anunciada en unos carteles de la facultad y le había propuesto asistir con cierta idea de que ella no iba a ir, pero finalmente aceptó. “Tomamos algo, ¿quieres?”, le preguntó ella a la salida en pleno noviembre, no recuerda que hiciese frío, pero lo asocia a la bufanda verde que ella llevaba puesta. La conferencia no había sido gran cosa, pero después habían compartido, allí, en aquella mesa (o eso cree), impresiones, intercambio de opiniones y recomendaciones. Empezaron hablando de lo escuchado y concluyeron que no había cubierto las expectativas de ninguno de los dos. Luego, la conversación fue mutando hacia otras cosas y ella le preguntó por su situación: “Oficialmente, he nacido dentro de estas fronteras, pero aquí figuro como un estudiante extranjero”. También le preguntó por cómo se sentía allí: “La oportunidad me ha venido bien, personalmente, necesitaba cambiar de aires”, respondió él. La conversación continuó hasta que Marta dijo que se tenía que ir, que el tiempo se le había pasado volando, pero que “sintiéndolo mucho” tenía que marcharse, que era tarde, pero que se verían: que lo llamaría pasado mañana. Así hizo. Y las citas se repitieron varias veces más, con amigos de ella y también solos. Hablaban, hablaban mucho. Iba a echar en falta aquellas conversaciones, había pensado en varias ocasiones, aunque ahora la frialdad de la cerveza se lo hacía notar con más intensidad.

Por su cabeza pasó su vuelta a Lisboa, su “vuela a casa, vuelta a Ítaca”, como le habían dicho los compañeros del grupo, pero él no estaba tan seguro: a veces no sabía ni de dónde era. Es cierto que en Lisboa, después de tantos años allí no se sentía extraño, aunque realmente es difícil sentirse extraño en las ciudades grandes y con mar. Pero la verdad es que no era su Ítaca. Su vuelta suponía volver a ver a Paula, la cual debería ser Penélope para esta historia, pero tampoco lo era, como él no podía compararse con Ulises. Tal vez en un espejo distorsionado habría cierta correspondencia, aunque fuese de modo accidental.

Paula y él hablaban con cierta frecuencia, aunque la relación estaba bastante deteriorada. “La beca de intercambio, escribir: excusas… una permanente huida, más bien” pensó con cierta resignación mientras daba un sorbo a la copa. No sabía cómo iban a ir las cosas con ella, qué le iba a decir, o más bien qué esperaba Paula que hiciese él. Quizás ella no esperase nada. Y qué iba a hacer ella también era una incógnita. No sabía nada, ya no entendía nada. Realmente hacía tiempo que ambos no entendían nada. No se había atrevido a hablar de aquello con nadie. Quizás tampoco tenía demasiada importancia, ahora poco había que hacer. Hablaban sí, pero con distancia de por medio; aún así, las conversaciones tampoco eran demasiado personales. Se limitaban a preguntarse cómo iban las cosas por sus respectivas vidas; más bien, eran ruinas lo que quedaban. Sí, ruinas, lo había tenido claro el día en que pensó en acostarse con Marta. La situación se daba. Habían quedado en casa de Sergio a cenar, luego fueron a tomar una copa donde se habían juntado con más gente que él no conocía. Finalmente acabaron en casa de Marta. “Tu piso está lejos de aquí, vas a tener que pedir un taxi, y como no llames a uno, por aquí no creo que pasen” le había dicho ella riendo. Ambos sabían a qué jugaban. Había ocurrido no hacía mucho; él había hablado de que había posibilidades de quedarse allí durante más tiempo, incluso, más atrás, en otra ocasión, ella había insinuado la posibilidad de pasar un tiempo en Lisboa. “Apenas la conozco; tiene que ser interesante. Seguro que conoces lugares de tu estilo que están bien”. Aquella noche no ocurrió nada. Finalmente se tomaron una copa más y luego llamó al taxi. 

Después de esa noche, la situación no había sido incómoda, pero tampoco había sido como antes, realmente no sabía cómo describirlo. Levantó la mirada de la mesa y vio una grieta en la pared, “sí, como una grieta”, pensó, aunque ambos, las siguientes veces que se vieron, hicieron como si nada hubiese ocurrido. En el bar sonaba una canción que decía “valiente”, creyó que era apropiado para aquellos recuerdos. No había hecho nada con Marta, pero tampoco tenía ningún sentimiento hacia Paula al pensarlo. Ahí se dio cuenta de que, probablemente, al llegar a Lisboa no tendría que decir nada a Paula. No tendría que esperar nada de ella. Ni tan siquiera se podría valorar ese supuesto momento si nada habría de pasar y, en consecuencia, no habría que hacer ningún juicio de valor.

Aún así, la normalidad que hubo a partir de aquella noche con Marta fue como un disparo silencioso. No hablaron más de aquel momento, no sabía si era porque su marcha estaba a menos de un mes. Ella nunca pareció tener interés en hablarlo y él calló, una vez más, como había hecho tantas otras veces, meses atrás, con Paula: una relación establecida a través del silencio y a la vez dinamitada por ese mismo silencio. Pero el silencio era distinto, ni tan siquiera sabía si había hecho algún tipo de daño a Marta o a él. En todo caso, si algo había dañado, el balazo no mostraba aún la sangre. Cierto es que se habían visto con menos frecuencia durante aquel tiempo, pero entendía que estaba justificado por cuestiones de horarios de clase y de que Marta había decidido volver a casa de sus padres durante los fines de semana. A pesar de las veces que había pensado en ello, no le había visto más signos que los de una noche un poco “tonta”. No tenía más sentido darle vueltas a aquello, si no se había hablado o, al menos, de no haber habido cierto interés por ambas partes, es que nada ocurría, “no tiene porqué haber conexión” se dijo durante muchos días. Ahora las semanas habían pasado; el trato se había ido normalizando y habían quedado: ella sabía que se marchaba mañana en el avión de las once y media. Se verían, charlarían con calma por última vez en aquella etapa vital suya, que harían planes poco probables para verse en los meses cercanos y él le daría el libro: el título toda una declaración de intenciones. Y aunque no lo quisiese, la sensación que tenía ahora venía marcada por un cierto aroma a huida, como si lo que quedase a partir del día de mañana fuese un gran desierto. Pensaba que quizás después pudiesen ir a dar una vuelta e ir a cenar a algún lado. “A ver qué intenciones trae ella”, zanjó en su cabeza el problema.

La experiencia que tenía respecto a los meses que había estado fuera de casa era positiva: nueva gente, nueva facultad; incluso mejor de lo que había imaginado. Le había sido imposible alargar la estancia allí: pensó que los viajes, por lo general, deben tener una partida y un regreso. La puerta de la cafetería se abrió, entró un hombre joven y se sentó en una mesa. Dio otro trago a la cerveza y dejó de tener los ojos vueltos hacia dentro, mirando su vida de las últimas semanas, volvió al tiempo del mundo corriente y miró la hora en el reloj que había en la pared. Las siete y veinte. Buscó en la bandolera el móvil. Estaba en modo silencio, como de costumbre, para que no lo importunasen mientras trabajaba. Había un mensaje de las siete pasadas un par de minutos. Era Marta. Decía que no iba a poder ir, y acababa diciendo: “buen viaje, hablamos”. Un mensaje directo, seco, conciso, como si la intención de no acudir estuviese preparada de antemano, cosa que imaginó por la hora en que lo había recibido. Tragó saliva, con un gesto serio, apuró la cerveza, pagó y se fue del bar en dirección al metro. Grupos de gente disfrutaban del sol por las calles. Ahora la sensación fue diferente. Sintió que algo se había roto. Pensó en Lisboa, en Paula, en Marta: todo se juntó con la agitación de las calles: parecían perseguirle. No quiso dar una última vuelta, se marchó a su piso, apurado, huyendo.

A la mañana siguiente cogería el avión con destino Lisboa, pero no se trataba de un regreso a casa, no había Ítaca, él no era Ulises; había viaje, pero de huida, como había hecho hasta ahora durante su vida. Los héroes clásicos enfrentan los problemas, los otros los sobrellevan. ♦︎

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