Estallidos literarios: ‘El desierto de los tártaros’ o el arte de la espera

Dino Buzzati.

A veces abrimos una novela y se nos transforma en persona. Algunas nos causan rechazo desde la primera página, otras las ojeamos indiferentes. Las hay que nos ofrecen un tierno amor de adolescencia o de senectud o un tórrido encontronazo que se liquidará para siempre en la última página. Otras se parecen a esos amigos leales que dan mucho a cambio de nada; y, por supuesto, siempre hay una, formalmente monógama, que nos anima a asentar la cabeza y a desposarla. 

Demian, por ejemplo, podría ser ese tierno amor quinceañero; El niño de la bola, el tipo plasta del que siempre huimos;  Madera de boj sería el vecino irrelevante del quinto. Cien años de soledad se las sabe todas para seducirnos una noche con sus collares de mariposas amarillas;  El aleph es ese amigo  sabio al que invitaríamos a una conferencia, pero no a una despedida de soltero. Wilt tiene aire de aventurilla juguetona de ascensor, un receso inconfesable antes de regresar a la seguridad de  nuestro pétreo amor conyugal, siempre en la mesilla de noche, al lado de las gafas, un amor con la cara de El Quijote o de La Iliada o de Guerra y paz.  



Sin embargo, también, como ocurre con los hijos, hay otras novelas que no se juzgan, sino que sencillamente se aceptan, porque son novelas que parecen haber nacido de nuestras entrañas para  trascender los calificativos, como una pierna, como un brazo. El desierto de los tártaros es ese hijo, esa pierna, que nos elige y se une a nuestro destino sin pedirnos permiso ni opinión.

La obra de Dino Buzzati, más que una novela, es una atmósfera macerada a fuego lento, un prisma donde se engastan todos los estados de ánimo posibles, una suerte de soledad deslumbrante que supura gotas de tiempo, es el drama de quien cae derrotado sin haber podido intervenir en la batalla. Es un viaje alucinado por la geografía de cada lector, un laberinto al que uno se asoma entre curioso y desazonado y de donde ya no sale igual. El desierto de los tártaros no cabe en la categoría de las novelas buenas ni malas, simplemente se nos impone como se nos imponen los bosques, las puestas de sol o las mareas…, o los hijos.

El autor italiano la publicó en 1940, aunque la traducción española se demoró más de 40 años, imperdonable tardanza que solo el  atrevimiento de la editorial Gadir pudo corregir. Nadie antes se atrevió a apostar por esa extraña historia de un prometedor teniente que llegaba a una fortaleza  para afrontar el gran reto que daría sentido a su vida: librar la batalla definitiva contra los tártaros. Con poco más de veinte años, Drogo entraba en esa fortaleza lleno de entusiasmo militar, sin saber que habría de consumir el resto de su vida esperando la gloria y el enfrentamiento con un enemigo inexistente, envejeciendo con la vista perdida en un horizonte fantasmal, oteando el rastro de las huestes enemigas, paseando durante décadas por los corredores oscuros de aquel fuerte donde solo tropezaba con  otras sombras que perdían la esperanza aguardando el momento supremo de la lucha. El desierto es la novela testimonial de un periodista que se hace eco del discurso belicista de Mussolini previo a la Guerra.  Y como corresponsal hubo de redactar las crónicas del conflicto en una Etiopía cuyos horizontes infinitos pudieron inspirarle los escenarios de su novela.

Pero, obviamente, además de un testimonio de su época, acaso por encima de él, el alcance simbólico del libro difumina cualquier otro. Quizá por eso Borges, de natural equidistante, la saludó tan efusivamente al definirla como un laberinto de “postergación indefinida” y casi infinita. Sí, el teniente Drogo es ese hombre que tanto se asemeja a nosotros. Se ha pasado la vida moldeando su momento de felicidad, su sueño, muy bien conformado, mientras se entretenía anticipando las consecuencias de sus éxitos. Allí, sentado en una silla de anea, lo veía al detalle, galopando al frente de sus soldados, aniquilando tártaros, sosteniendo heroicamente la marca de su imperio, admirado por las reinas de la belleza, agasajado por toda una nación, hermosamente herido, invencible.  También en casi todos  nosotros anida un Drogo que espera a su tártaro, al escritor célebre, al  futbolista letal, a la actriz oscarizada, al último revolucionario… Lo vemos todo al detalle, todo, salvo el tiempo que transcurre mientras lo amasamos y amasamos sin que acabe de llegar, porque los sueños auténticos, lo son solo mientras nos viven en la imaginación. 

Hombres y personajes de novelas se han entregado a la persecución del  mismo santo grial. Así lo hace el agrimensor K. de El castillo, luchando hasta la extenuación, en este caso por penetrar en un edificio inexpugnable, y el Juan Dahlmann de Borges, aquel habitante de Norte racional y libresco que se pasa media vida añorando ir al Sur en busca de la vida de aventura y donde finalmente encontrará la muerte a manos de un gaucho; así también le pasa al Gabriel de Los muertos, al descubrir, ya viejo, que ha consumido su existencia sin la presencia de un tártaro que le permitiera realizarse.

Igualmente el  teniente Drogo termina comprendiendo que no alcanzará esa gloria, que ni siquiera tendrá la ocasión de morir trágicamente, como un Héctor al pie de las murallas, pues la vida te niega siempre el momento sublime del sueño hecho carne. No, tampoco al teniente Drogo le aguardan los aplausos, apenas el consuelo de una melancolía en la que acabará ahogándose sin remedio. 

Ese instante final de lucidez en que percibe el color de su destino, cuando advierte que nunca verá de cerca los ojos de ningún tártaro, es el prodigioso estallido literario que convierte cada palabra de esta obra en una esquirla de nuestra conciencia: “Entre tanto el tiempo corría, su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos ni parar un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. ¡Párate! ¡Párate!, quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; los dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento pero jamás se para”.

Si no le creen, abran el libro, pasen a la fortaleza Bastiani y lean.

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