El tratamiento

Oigo la voz de los huesos. La escucho con dolorosa nitidez algunas noches. No es una percusión fantasma ni son imaginaciones mías. Hablan desde el otro lado del bosque. Entre ellos y conmigo. Nadie puede quitarme esa idea de la cabeza ni convencerme de la naturaleza delirante de mi percepción. Sé lo que escucho. Tan solo he de permanecer atento los valiosos momentos en que la lucidez y la vigilia vencen la barrera barbitúrica. Y entonces reaparecen ellos con sus murmullos y sus secretos. A mí me los confían. Y entre los demás sonidos parásitos del sanatorio emergen insolentes. La longitud de onda que mi psique alcanza en esas horas no está al alcance de cualquiera. Podría distinguir la voz de cada una de las tumbas y diferenciarla de las otras con los ojos y los oídos cerrados. Maniatado y abandonado en cualquiera de estas salas. Nadie podría parar al emisor. Ni apagar el receptor. Llegan envueltas en peste de moras y grosellas podridas. Trepan por la enredadera de la fachada y se cuelan por la primera rendija que encuentran hasta trepanar mi frente, llenando hasta el borde mi cabeza con todos esos afanes sin resolver qué les revuelven en sus cajas.

ITALY. Venice. San Clemente hospital. 1979.Fotografía de Raymond Depardon, Magnum Photos.

Es paradójico sentir de forma tan prístina esos ecos y no ser capaz de discernir nada coherente en los murmullos de aquellos que dicen cuidarme en éstas estancias. Pruebas extrañas con máquinas que no asocio a la medicina moderna; miradas furtivas de desaprobación cuando creen que no estoy mirando; fórmulas magistrales traídas aprisa por el farmacéutico del centro en aquellas ocasiones en que intuyen que empiezo a perder la paciencia…y los continuos cambios de habitación. Cada vez que empiezo a sentirme cómodo con mi nueva cama deciden la mudanza. A veces creo haber estado ya en cada uno de los lechos. Creo haber visto cada falla rugosa de cada uno de los techos. Creo intuir a qué hora va a parpadear la bombilla y creo saber el nombre de cada mosca y la trayectoria exacta de su órbita de incandescencia. Nunca me dejan estar en los pasillos desde aquel día, en uno de tantos traslados rutinarios, en que abrí los ojos a destiempo cuando supuestamente la dosis de sedante había sido nuevamente generosa, y al pasar por una de mis alcobas anteriores vi con claridad a unos operarios afanarse en reconstruir lo que parecía una mezcla de severo desastre natural y el ensañamiento vandálico de una horda de dementes contra mobiliario, paredes, techo y ventanas. Aún intento darle una explicación racional a lo que vi, puesto que mis preguntas al respecto del incidente quedaron nuevamente sin respuestas claras.

Otra de mis constantes quejas se refiere a la medicación que recibo. Aún a día de hoy, después de todo este tiempo incógnito, más de reclusión que de internamiento, no he recibido información exacta de las drogas que se me suministran, por más que mis buenas y dulces palabras hacia alguna enfermera hayan intentado procurar sin fortuna alguna acaso una pequeña indiscreción piadosa hacia mi persona. Tan solo conseguí de forma poco ortodoxa colarme en el pequeño dispensario en que preparan mis medicinas en un momento en que se oyeron unos lejanos gritos en recepción y por una vez dejé de ser centro absoluto de atención. Allí, entre viales, tensiómetros, estuches de disección y bolsas vacías de suero acerté a encontrar algunas etiquetas en las que se leía mi nombre. Éste venía acompañado de la fecha y la hora de administración del fármaco y de la dosis pertinente. Lejos de disiparse o disminuir en modo alguno, mis dudas se acrecentaron con la extraña nomenclatura de las drogas allí depositadas. Justo antes de ser sorprendido olí claramente el ridículo perfume de una de las enfermeras emanando de alguna galería próxima y tuve tiempo de reptar entre las sombras del pasillo hasta mi habitación sin ser visto, aunque aquellos dos nombres tan alarmantemente poco farmacéuticos quedaron resonando en mi murmullo y tatuados en mis retinas: Belcemazin 500 miligramos. Infestaceína Tópica.

Aunque las horas no parecen precipitar en el reloj, en las jornadas en que la estribación del bosque enmudece, un tedio de mercurio caliente embalsama mis extremidades hasta hacer que deje de sentirlas y los calendarios padecen una arritmia temporal difícil de seguir. En ocasiones siento que desaparecen varias horas. He perdido el cálculo de algunos días en una misma semana y hasta he sospechado que algunos meses del año simplemente no han existido. Pregunto a los doctores por esas aparentes pausas temporales y, sin excepción alguna, coinciden en achacarlo a la fuerte medicación recibida por mí, como si produjera un extraño y cada vez menos creíble efecto secundario que hurtase caprichoso a mi consciencia el transcurso ordenado de los días.

Es por eso que no sé si referirme a los últimos acontecimientos como acaecidos ayer, esta semana, o simplemente hace un número indeterminado de días. En el último traslado recalé con mi asaeteado y consumido cuerpo en una habitación de las más alejadas. Perdí la cuenta de las revueltas de pasillos y ascensores mientras las luces fluorescentes del techo construían autopistas de luz sobre mi cuerpo tendido en la camilla durante el borroso viaje al nuevo dormitorio. Allí me dejaron con las palabras amables de siempre y unas nuevas y torpes excusas para intentar justificar mi extenuante nomadismo hospitalario esgrimiendo con bastante poca convicción la remodelación de los pabellones del ala norte. Las primeras horas fueron como siempre de parcial coma inducido por la química. Movimientos espasmódicos del cuerpo, palabras dichas sin la voluntad de ser pronunciadas, la voz mutada de forma incomprensible y algunos fluidos perdidos de manera no consciente. Situaciones todas a las que, por desgracia, estoy más que habituado. Tras esa ofuscación solitaria retomé mi habitual recorrido visual a la búsqueda de novedades en aquel recinto casi idéntico a tantos otros padecidos por mí en este tiempo. El mueble diferente, el jabonero más moderno, el aplique de luz traído de otros hospitales, la mosca hermana de otras moscas conocidas. Banales, estúpidas y nimias diferencias que siempre han mantenido mi soledad alerta y entrenada en un magma de abandonada y plomiza rutina.

“Aquí me lo sacaron a mí. 3 de septiembre de 1983”. La nota, cuidadosamente doblada y pegada con intención de permanencia estaba escrita en un marrón que alguna vez fue rojo. El trazo parecía producto de la colaboración de varias manos. Pegada en el fondo de uno de los cajones de la mesita de noche. Un cajón que me despertó aquella madrugada al abandonar su lugar habitual. Quizá podría haber pensado en aquel momento que un movimiento involuntario de mi mano en medio de uno de tantos agitados sueños habría provocado ese anormal desprendimiento, de no ser porque el cajón rebotó en al menos dos paredes a la vista de su estado último y de las contundentes marcas en la pintura de la sala. Tan solo la extraña nota permanecía adherida, enviando su inquietante mensaje más de dos décadas después. La escondí como pude en mi pijama antes de la llegada del médico y el guarda, y balbuceé torpemente una excusa haciendo mención a otro de mis malos sueños. Y fue ese día cuando todo comenzó a precipitar. La primera señal debió ser el incidente con la enfermera. A las cinco menos cuarto de aquel día se acercó a darme la medicación. Traía la pequeña bandeja, el vaso blanco de plástico y las píldoras. Nada ajeno a nuestras rutinas. Yo estaba sentado en la cama, y esperaba con mi gesto entre hastiado y resignado. Tomé el vaso y las pastillas. Bebí el sorbo justo para ingerirlas y posé el pequeño recipiente en la bandeja justo a tiempo de ver cómo todo caía al suelo y ella huía despavorida, primero hasta la puerta y después aún más veloz por el pasillo. Gritando sin cesar “dios mío, dios mío, ven en mi ayuda”. Aún aturdido por la escena me afané en recogerlo todo, imaginando que alguien, más pronto que tarde, acudiría a pedirme explicaciones. Y entonces vi la marca. No era una insinuación. Presentaba la inmediatez de la impregnación reciente y hasta desprendía un perfume característico que yo recordaba vagamente por haber sentido cerca de mis labios alguno similar. En el vaso de plástico, nítida y perfecta, una mancha carmesí de carmín. Desafiando mi razón y cualquier atisbo de coherencia. El instinto me hizo soltarlo y correr hacia el baño. Frente al espejo fui levantando lentamente el rostro, con un nudo de terror trepando de mis intestinos a mi pecho. Fue mi rostro lo que vi, con su habitual aspecto grisáceo. Sin rastro alguno de pigmento en mis labios. Unos labios que dijeron de repente “te engañé”. Di un paso atrás sin perderme de vista y entonces los labios sonrieron. Dos gestos generados por mi cuerpo sobre los que yo no había tenido control en absoluto. Para terminar, una de mis manos acarició mi rostro. Nada sintieron mis dedos. Nada sintió mi cara.

A ese terrorífico e inexplicable descubrimiento siguió el que hizo que mi mundo y mi vida entera se desmoronasen como un vulgar castillo de naipes. Todo lo aprendido o conocido pasó a tener una importancia nula. Los valores que habían sostenido mi vida implosionaron. La educación y fe recibidas desaparecieron como la inútil agua sucia al sumir por el desagüe.

El informe. Accedí a mi informe médico uno de esos días que yo identificaba como festivos. Las enfermeras olían a perfume y sus cabellos y su maquillaje, e incluso la ropa que advertía bajo sus batas, insinuaban celebración. En el sanatorio se pausaban los procesos y un extraño silencio plácido lo envolvía todo. Eran días esos en que yo me aventuraba fuera de la acotada jaula de mi padecimiento. Nunca cerraban con llave la puerta de mi cuarto, pero en esas incursiones descubrí con inquietud que dedicaban toda un ala de la institución a mi guarda y reclusión, y esa sí permanecía custodiada y sin posibilidad alguna de ser franqueada en ninguna dirección. ¿Tan conflictivo era el manejo de mi mal que habían de aislarme de ese modo? ¿Qué infección terrible padecía para tenerme apartado, no ya del compañero de la habitación contigua, sino de todos los demás enfermos? En una mesa del pasillo que parecía hacer las funciones de garita de vigilancia había un flexo con una potente bombilla encendida, un cenicero lleno de caramelos y un walkie que ronroneaba interferencias. Y algunas carpetas color carne con garabatos de rotulador y fichas grapadas. Una fotografía que a mi mente le sugirió inmediatamente dos posibilidades: alguien acaba de irse; alguien está a punto de volver. Mi nombre estaba escrito en una de las carpetas. La robé. Y volví a mi habitación de igual modo que una anaconda hubiera vuelto a lo más oscuro de la ribera del río.

“Informe preliminar de seguimiento del caso B/004. Se reporta con fecha de hoy situación y expectativas del proyecto experimental. Se recuerda al Patronato que todo el protocolo de actuación es escrupulosamente consensuado por los equipos científico y acientífico. Cada proceso discutido, puesto en consideración y validado por ambas partes antes de su puesta en marcha.

Tras descartar de forma taxativa y exenta de error cualquier trastorno de identidad disociativa (a pesar de los severos cuadros de delirios, alucinaciones auditivas, el discurso desorganizado, el comportamiento catatónico, la alogia, el aplanamiento afectivo y los comportamientos extremadamente violentos) se llega a la conclusión, ya reportada en la diagnosis precoz del sujeto y que ahora confirmamos, de la infestación y la presencia del parásito y de su extrema malignidad. Tras confirmar de modo contrastado que la inicial terapia aplicada, usando de forma canónica el tradicional sistema acientífico de exorcismo propuesto por el representante de la Iglesia Católica, y repetido durante los primeros cuatro meses con la periodicidad por él recomendada, no surte efecto alguno en el paciente objeto del estudio, procedemos (de forma combinada con el ritual descrito anteriormente) con el uso de la medicación propuesta por el jefe del equipo, Doctor J3086. La administración de Belcemazín por vía intravenosa se complementa en los cuadros clínicos de más virulencia con el uso tópico de la pomada Infestaceína, aplicada en pecho y extremidades, en los momentos en que nuestro personal de seguridad consigue retener el tiempo suficiente al sujeto. Algunas semanas de apreciable mejoría nos hacen pensar en una minimización importante e incluso en la desaparición completa de la infestación pero, desgraciadamente, a éstos períodos de aparente remisión siguen quizá los más incontrolables e inexplicables. Todo nuestro personal de apoyo está recibiendo tratamiento psicológico, médico y, en aquellos casos en que así lo solicitan, espiritual. Se solicita al Patronato la provisión de fondos adicionales en caso de que el proyecto se mantenga operativo. Los desperfectos en el edificio son constantes y de gran consideración, y la disposición e integridad, tanto mental como física, de todo el equipo implicado en el proyecto, es cada vez más delicada. La conclusión, a día de hoy, es que el parásito huésped es extremadamente maligno y resistente y los medios de que disponemos insuficientes para hacer que abandone al simbionte parasitado. Quedo a su disposición para cualquier aclaración sobre el presente informe y en el deseo de ofrecer mejores noticias en próximas comunicaciones”.

Mentiría si dijese que me he acostumbrado. Lo impredecible se manifiesta en cualquier momento, y me veo con frecuencia en la situación de tener que analizar mis propios gestos, actos o palabras desde una perspectiva externa, lo cual no es siempre sencillo. Por no decir que creo, sin miedo a equivocarme pero sin capacidad de ser preciso, que protagonizo largas ausencias que a mi regreso se sustancian en cambios en la indumentaria propia, nuevos responsables de mi cuidado, diferentes estaciones y una larga lista de fármacos experimentales que quizá algún día me sean de verdadera ayuda.

Solo hay algo que no cambia. Sin periodicidad reseñable pero con más frecuencia de la que desearía me sorprendo caminando por los pasillos cuando todos descansan. Sería muy injusto por mi parte decir que soy yo quien guía esos pasos. A menudo ni siquiera soy consciente del inicio de esas escapadas. En alguna ocasión he estado a punto incluso de salir del sanatorio. Y es en esas noches cuando más alto retumba en mi cabeza la voz de los huesos. La escucho con dolorosa nitidez. No es una percusión fantasma ni son imaginaciones mías. Hablan desde el corazón del bosque. Y repiten una y otra vez lo mismo: “Tráelo. Tráelo con nosotros”. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies