El cine de Kieslowski, el silencio después del dolor

Krzysztof Kieslowski dijo alguna vez que no creía en Dios, pero que mantenía una buena relación con él. Cuando el 13 de marzo de 1996, con solo 54 años, de manera imprevista, murió de un ataque al corazón, los cinéfilos ateos dudaron por un momento si realmente no había ningún demiurgo vengador allí arriba (y lo maldijeron, por si acaso), y los cinéfilos creyentes (quizá no todos, pero seguro muchos de ellos) dejaron de tener una buena relación con el Creador. Se había ido el más magnético, sensible, profundo y misterioso cineasta del final de siglo en Europa. Tal vez el paradigma del cine de autor en el viejo continente.

AzulJuliette Binoche, en Azul (1993) / Imagen: MK2 Productions/CED Productions/France 3 Cinéma/CAB Productions/Zespol Filmowy.

Después de dirigir Rojo, su último film, Kieslowski había decidido dejar de dirigir. Ya no habría más películas. Y no las hubo, porque murió apenas un año después de disponerse a vivir de esta manera, alejado del cine y casi de todo, recluido en una sencilla casa de campo, para pasar las horas sentado y leyendo. Al parecer la decisión de abandonar para siempre la dirección era tajante, dicen quienes le conocían, y en efecto parece que así era, a juzgar por la determinación con que el introvertido cineasta polaco cumplía con la palabra dada. Visto en perspectiva, ¿quién no se retiraría después de haber dejado una bestialidad artística como la trilogía Azul, Blanco y Rojo? La famosa trilogía protagonizada por Juliette Binoche, Julie Delphy e Irene Jacobs, respectivamente, que izaba los colores de la bandera francesa para dejar el más íntimo y pertubador de los mosaicos sobre la vida en el fin de siglo en eso que llaman Europa (cada vez más una idea tan peligrosa y confusa como la de Dios).

Kieslowski reconocía que podía retirarse a vivir apaciblemente la parte final de su vida porque tenía dinero suficiente como para no preocuparse por su sustento jamás. A fin de cuentas, había conseguido uno de esos imposibles que en ocasiones (contadas) ocurren, hacer un cine de ritmo lento, intimista, complejo, casi indescifrable en partes, y meter a millones de personas en un sala para verlo. Nadie ha sabido descifrar qué era lo que echaba Kieslowski a sus films para que atrajeran a un público tan numeroso contando historias de una manera tan alejada del gusto impuesto por la industria. Tal vez fuera el reclamo de los rostros bellos y conocidos de sus actrices protagonistas, pero no parece suficiente, porque también en ese reclamo había algo fuera de lo convencional. Lo cierto es que en el cine de Kieslowski había una contradicción atrayente, sus películas generaban un clima perturbador bajo el que se hacía algo así como un remanso de paz. Como la calma tras la tormenta. La quietud tras el accidente. El silencio después del dolor.

Kieslowski estudió cine en la Escuela de Lodz a finales de los 50. Durante veinte años dirigió varias películas para la televisión y los circuitos de cine polacos. No fue hasta finales de los 80, con uno de esos proyectos para la televisión de su país, que consiguió saltar fronteras. Decálogo, un proyecto compuesto por diez films vertebrados alrededor de los Diez Mandamientos, supuso una verdadera sensación en varios festivales europeos. Los diez capítulos estaban inicialmente pensados como películas cortas para televisión, de algo menos de un hora de duración cada una, salvo dos, los capítulos 5 y 6, titulados No matarás y No amarás, que se acercaban a la hora y media de metraje. No matarás fue Premio Especial del Jurado en Cannes, y No amarás recibió el mismo galardón en San Sebastián. La exquisita sensibilidad filosófica y las reflexiones morales presentadas no solo en las dos grandes obras maestras de Decálogo, sino en todos sus episodios, son un joya cinematográfica que hubiera valido para poner el nombre de su director en la posteridad. El universo ético que Kieslowski construye alrededor de los imponentes bloques de apartamentos de una Varsovia fría y cálida, de contrastes fílmicos expresados en el azul de los exteriores y el rojo de los interiores, en la distancia y la cercanía de diversas relaciones interpersonales, hipnotiza con la fuerza de un relato contado por un extraño narrador que embriaga con su voz pausada y rapta por una noche entera, antes de desaparecer, al confiado espectador. Momentos como los que ofrece No amarás, obra maestra indiscutible de la serie, con ese amor imposible, voyeur, idealizado pero real, que obliga a ponerse placas de hielo contra las orejas para no escuchar (para acallar) el tórrido desquiciante ruido del deseo obsesivo, son cenit de la cinematografía europea.

Pero a Kieslowski no le bastó filmar una gran obra, algo tan legítimamente megalómano como Decálogo, para irse tranquilo a disfrutar de las vistas de su propio prestigio en una humilde casa de campo. En 1991 filmó La doble vida de Verónica, un cuento fantástico e inquietante sobre la soledad y la identidad del ser. Fue su primera colaboración con la actriz Irene Jacobs, su segunda conquista de la plaza crítica por antonomasia, Cannes, y la primera prueba de producción fuera de Polonia. Vista en la distancia resulta un magnífico ejemplar de la poesía cinematográfica característica de su autor, y solo pierde cierta entidad propia ante el eclipse de lo que vendría después, la Trilogía. La doble vida de Verónica no puede evitar quedar en la víspera, ser el ensayo (bello, poderoso e independiente) de una gran do de pecho. 

La sutil e imponente sinfonía en tres actos con la que se despidió del cine Krzysztof Kieslowski quedará para siempre como una de las muestras más realistas e inspiradas de lo que fueron las personas en un momento y un lugar concreto de la Historia, Europa a finales del siglo de las dos guerras mundiales. Es el retrato de una sociedad, del alma de una sociedad en un limbo incierto. Kieslowski conjugó las mejores ideas de toda su carrera con las de su más íntimo equipo de colaboradores. El guión con su amigo de toda la vida Krzysztof Piesiewicz, y la música de su otro gran amigo y colaborador Zbigniew Preisner, dieron como resultado de su ensamblaje algo tan hermoso y misterioso, tan triste y desgarrador, como los momentos de inspiración de esa artista genial y secreta a la que interpreta Juliette Binoche en Azul, para quien la libertad solo ofrece la posibilidad de encerrarse a sufrir en sí misma.

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