Doce obras sobrevaloradas que me generan odios entre los modernos

A veces, cuando tengo resaca o el Danonino que me tomo antes de dormir me ha caído mal, me pongo en plan provocador. Así, con esta mirada, échale un ojo. Intensa, dura, algo estrábica. Entonces me salen acusaciones gratuitas, desprecios vanos, de esos que hacen que en ciertos bares me miren con malos ojos desde más allá de sus gafas de pasta e incluso sonrían despectivos tras sus barbas pobladas. No en plan Tolstoj, ¿eh? Las barbas, me refiero. Porque hay ocasiones, esos días tontos en los que se ha acabado el café, ha perdido la Gimnástica o se me ha terminado el aftershave cuando tocaba depilación inguinal, que soy un agente provocador. Y no me callo. Porque me encanta decirles a los listillos de siempre que algunas de las obras, autores o movimientos que siguen dan asco. O pena. O son una puta mierda, vaya. Soy el niño que dice que el emperador va desnudo, solo que bien crecidito y con risa asmática. Pero el dedo de señalar… oigan, ese funciona a la perfección. Así que desde aquí me siento una vez más a pontificar sin sentido ni criterio, y apunto a las doce obras más sobrevaloradas por los que se dicen modernos. Yo, que soy el escritor vintage preferido por todos…

bukowski-1981-by-mark-hanauerCharles Bukowski, algo contrariado, en 1981 / Foto: Mark Hanauer.

Bukowski. Esta es mi preferida. Porque tú le dices a un modernillo que Bukowski es un puto fraude como escritor y lo más seguro es que te muerda el cuello cual vampiro transilvano. Pero sin erotismo alguno, que la barba hace cosquillitas y rompe el momento. Tú explicas que soltar basura en letritas, que escribir de forma deliberadamente grosera, que ir de maldito por la vida no es literatura y ya las miradas que te echan son para matarte. Continúas con que si “mucho cuento tiene ese”, que el “vino barato no te hace mejor autor” y con “el realismo sucio era otra cosa muy diferente” y la hostilidad se va haciendo más y más palpable. Ahí ya muchos se han perdido y te están tirando su carísima cerveza artesanal (fabricada en una granja de la Baja Baviera a la que solo se puede llegar en parapente y con cebada recolectada únicamente con la mano izquierda en noches de luna llena) a la cara. Todo el bar te mira y hasta la canción indie que atronaba se ha quedado en silencio. Las bicis de la entrada han caído al suelo de pura estupefacción y los tres galgos con pantalones que esperaban sentados bajo las mesas levantan el morro, expectantes. Y ya concluyes. Si te gusta Bukowski tanto es porque, seguramente, no has leído nada más en tu vida. Gañán. Y sales corriendo. Por tu integridad. 

Matrix. ¿En serio? ¿Una revisión simplona, sintetizada y mal interpretada de los mitos más antiguos de la filosofía occidental y ya lo elevamos a la categoría de mito? Por las gafitas, los efectos especiales y el cuero será, porque de lo contrario no se me ocurre nada más. Un guión que pudiera haber escrito Paulo Coelho puesto hasta arriba de maría (disculpen la reiteración) siempre que a Paulo Coelho le molara lo tecnológico (perdón por el oxímoron). Prescindible. 

Funny Games. Empieza siendo un bodrio aburridísimo, continúa como una oda gratuita a la violencia más repulsiva y termina siendo una tomadura de pelo al espectador merced a uno de los “trucos metaficcionales” más absurdamente groseros que jamás se hayan visto. Y gracias a la falta de ideas del mundo actual tuvimos además un remake. Viva y yuju. En serio, menuda pérdida de tiempo más desagradable. 

Lovecraft. Es todo tan ominoso, tan abominable. Todo con tantos adjetivos, tan recargado. Y al final para que la esencia misma de la malignidad cósmica sea un pulpo. Que oye, yo he estado en algunas fiestas campestres donde entre pulpos y ribeiro podías acabar pensando que era el mismísimo infierno, pero de ahí a elevarle a los altares de lo apocalíptico va un trecho. Y conste que la concepción artística de Lovecraft, así como algunas de sus ideas (la mayoría, en realidad) me encantan. Pero es que el tipo escribía mal. Muy mal. Abominablemente mal. Ominosamente mal. Y pongan más adjetivos. Total, los adjetivos nunca son demasiados para él.

Andy Warhol. Le sobraron catorce minutos y medio de fama. El iniciador de esta banalización del Arte que nos devora hoy en día. ¿Tiene usted algún amigo artista? Pero artista de esos de intervenciones, y cuadros simples y espantos varios que no parecen ni Arte, ni tienen discurso, ni gaitas. Chorradas, vamos. Esas personas que poseen tanta tontería y autocomplacencia como falta de cultura histórica o, en definitiva, de vergüenza. Salvo ajena, que de esa dan mucha. Pues dele las gracias a Andy Warhol. Y dígale un par de cosas de mi parte. Menudo cretino superficial, la leche…

Franzen. Con Franzen me pasa algo curioso. Me parece uno de los mejores escritores que hay hoy en día, un tipo al que siempre leo con (moderado) placer y que me cuenta cosas interesantes. Pero, a la vez, sus resultados están tan alejados de los presupuestos iniciales y de su propia ambición que no puedo por menos que sentirme decepcionado. En pocas palabras, Franzen no va a escribir la Gran Novela Americana, Franzen no va a hacer el nuevo Moby Dick y Franzen, por último, quizá ni siquiera tenga talento suficiente para acometer esa tarea. Así que, modernillos del mundo, lo siento mucho, pero el gurú, aunque promete la vida eterna, solo da un buen viaje por los sueños, ejem… 

Sloterdijk. La vacuidad de la filosofía actual. Donde antes estuvieron Derrida, o Deleuze, o Foucault, ahora solo tenemos a un tipo que tiene más de mamarracho superficial que de interesante pensador. Quizás, y solo quizás, un signo de nuestros tiempos. Abracemos a Sloterdijk. 

Leonardo di Caprio. Histrión no significa, automáticamente, buen actor. Porque vamos, por esa regla de tres las actuaciones (todas) en El Padrino son una bazofia. Salvo la de Santino, claro, que destaca precisamente por salirse de madre en una historia donde todos están contenidos. Pues bien, Di Caprio es Santino elevado a la enésima potencia. No digo que sea malo, a mí no me lo parece, pero resulta absolutamente excesivo en todos y cada uno de sus papeles. Y oye, al final uno no sabe si es porque quiere o porque no le sale otra cosa. En resumen, que carece de registros. Y vale, Oscar merecido y blablablá. Pero es un histrión.

Houellebecq. A ver, yo entiendo que ser Houellebecq tiene que resultar jodido. Todo el día enfadado, quejándose del mundo que le rodea, con sensación de superioridad moral abrumadora y un desprecio indisimulado por mujeres y personas de otras razas que, desengañémonos, no tiene que ayudar a la hora de establecer relaciones personales. Pero de ahí a crear toda una industria del snobismo vacuo y la provocación sin profundidad va un trecho. Exactamente el mismo que hay desde la primera novela de Houellebecq, la interesante (quizá por atípica en su momento) Ampliación del Campo de Batalla hasta esa reciente Sumisión, que resulta tan potencialmente atractiva en su punto de partida como descorazonadoramente simplona en su desarrollo. Porque, oigan, epatar por epatar, a estas alturas de la vida queda algo infantil. Y lo de ser enfant terrible sesentón, pues oigan…

El grunge. El grunge es la respuesta musical a El fin de la Historia y el último hombre de Francis Fukuyama. En pocas palabras, una salida ultraliberal a un momento de cambio y decadencia provocado por la caída del régimen soviético y la resaca de los absurdos (cultural y económicamente hablando) años ochenta. Donde Fukuyama abogaba por el ultracapitalismo, el grunge coquetea con el nihilismo de alta sociedad, con un montón de niñatos de bolsillos repletos haciendo cucamonas a los espejos, vistiéndose de pobres con ropa de marca y susurrando cancioncillas con dos hilos argumentales claros: el mundo es una puta mierda y yo me rasco la barriga/el mundo es una puta mierda y yo me voy de fiesta. En ambos casos la misma inacción resulta una consecuencia tan conservadora que no sé cómo nadie se dio cuenta antes (igual alguien lo hizo, vaya, pero no es cosa de citar aquí a diestro y siniestro). Por no hablar de la repetición manida del cliché Nirvana, que explican perfectamente los Simpsons en uno de sus capítulos (bueno, los Simpsons explican perfectamente cualquier atisbo de cultura popular de los últimos cuarenta años). 

Réquiem por un sueño. Joder, hace unos años el hype con la peliculita era impresionante. Poco más que un videoclip alargado con sustrato filosófico más que conservador y actuaciones cercanas a la autoparodia. Una mala comprensión sobre lo que es el ritmo y las posibilidades narrativas del medio visual. Cuatro o cinco imágenes dantescas para repugnar al espectador, una banda sonora machacona y una estética muy MTV para una historia vacía. De Cisne Negro, otra chorrada pretenciosa del mismo director, hablamos otro día. 

Los listillos que hacen listas para pasarse de snobs. Porque es así. Van de malotes. De puristas. De yo leo más, escucho más, veo más. Y donde pone “leo, escucho, veo” solo debes entender “yo, yo, yo”. Algunos son tan lamentables que, incluso, hacen listas sin parar y critican gratuitamente cosas que les gustan. Solo por dar la nota. Por cultivar el malditismo. Los muy tipejos. En fin. ¿De qué estábamos hablando?

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