De otro tiempo y de todos los tiempos: Robert Louis Stevenson

Dibujo original de R.L. Stevenson para La isla del tesoro, 1883.

Con pocos habré gozado tanto, y eso ya es decir. Aunque hablar de Stevenson puede parecer osadía, cuando sobre él se han escrito páginas memorables de tantos y tantos, desde figuras tan dispares en la genialidad como Gilbert K. Chesterton y Jorge Luis Borges. Pero aquí se trata de reflejar las impresiones personales de quienes más han influido en uno, y entonces uno no puede dejar de citarle con inmenso cariño. Y hablaré de memoria, como se puede hablar en estos casos, porque hace algunos años que no releo ninguna de sus novelas. Lo que quiere decir que su influencia no ha sido, aunque también lo haya sido, la del placer de unos ratos de ocio.

Leyendo a Stevenson nos sumergimos alegres y felices en un universo de bucaneros, espadachines, highlanders hirsutos, paladines medievales, doncellas no necesariamente desvalidas, ladrones de cadáveres, científicos desequilibrados y villanos sin nombre. Y cuando recuperamos la respiración, nos damos cuenta de que por medio de tan ruidosas aventuras se nos ha estado hablando de algo muy serio, de la complejidad de los seres humanos y la sutil distinción entre el bien y el mal. Es entonces cuando volvemos a esas páginas con un estremecimiento. Con ese estremecimiento que provoca a veces mirarse en un espejo.

Lo primero fue, supongo que como para todo el mundo, La isla del tesoro. Y no puedo evitar comenzar con una anécdota que me ocurrió hace ya muchos años. Por el trabajo institucional que entonces hacía me correspondía relacionarme bastante con la marina española, y casi mi primer encuentro con ella fue una visita a las instalaciones que la Armada tiene en Madrid, al final de Arturo Soria. Me recibieron sus mandos, de gran uniforme, en la cámara de oficiales para tomar el preceptivo tentempié previo a las reuniones, y yo era consciente de que iba a ser examinado, con tanta cortesía como curiosidad. Al entrar en aquel austero y elegante local, lo primero que vi fue una placa de madera que le daba nombre: Almirante Benbow. Espontáneamente, dije: “El nombre de la posada de la madre de Jim Hawkins en la Isla del tesoro. La mejor novela de aventuras jamás escrita”. El contraalmirante me corrigió amablemente: “La mejor novela jamás escrita”. Reímos todos. No sé hasta qué punto este episodio tuvo que ver con las excelentes relaciones que tuve con los marinos en los siguientes dos años.



A diferencia de aquel contraalmirante, no creo que sea la mejor novela jamás escrita, pero sí, desde luego, una de las mejores. Quien la califique de literatura para jóvenes (aunque también lo sea) no se ha enterado de nada. Aquel micromundo que viaja en la Hispaniola en busca de los doblones del capitán Flint, es un mundo con todas las de la ley y cada uno de sus personajes, todos llenos de matices, representa algo. Lástima que una buena parte de quienes se han enfrentado con esta aventura lo hayan hecho únicamente a través de sus numerosísimas versiones cinematográficas que, sin excepción, la han empobrecido. Es un viaje iniciático (como lo son otras obras de Stevenson), el encuentro de Jim con la áspera realidad, que ya ha conocido en los primeros episodios en la posada, pero sobre todo es el dibujo de uno de los personajes inmortales de la literatura universal, John Silver, el Largo. Un personaje que bien puede codearse con Falstaff. 

Nunca un villano ha sido tan atractivo y nunca en el cuerpo de un malvado han estado tan mezcladas las capacidades para hacer el bien y el mal. Simpático trapisondista, asesino despiadado, líder indiscutible donde se pone, traidor a todo, y dispuesto a sacrificar la vida por proteger a su joven protegido (al que en otras circunstancias no hubiera dudado en cortar el cuello), el marinero con una sola pierna es un símbolo de la complejidad de los seres humanos reales. Sobrenada a los demás figurantes, no sólo a sus perversos cómplices, sino también a los “buenos”: el generoso y torpe caballero Trelawney, el inteligente doctor, el íntegro capitán. Frente a ellos, Silver es la realidad que verdaderamente convierte a Jim Hawkins en adulto. 

También es un viaje iniciático la historia de David Balfour, al menos en su primera parte, Secuestrado, y también de la mano de un personaje contradictorio, el espadachín legitimista escocés. No obstante, éste es un noble caballero, aunque sus actuaciones tengan de todo. Toma bajo su protección al huérfano traicionado por su familia y el relato es el de una hermosa amistad entre dos seres tan diferentes. Lo que aquí aparece (lo que también ocurrirá en El señor de Balantree), con una fuerza que supera la de otros relatos más épicos, son las contradicciones de una Escocia profunda que intenta sobrevivir a su absorción por Inglaterra, en vísperas de la revolución industrial, sin poder oponer a ella más que formas de vida medievales. Al fin y al cabo, Stevenson, escocés de pura raza, no tiene tan lejanas estas últimas rebeliones de las Highlands, apenas cien años antes, y las cuenta, no haciendo historia, sino retratando hombres y mujeres en sus anécdotas personales y el ambiente en que las  vivieron. Más explícitas y elocuentes son las contradicciones en la segunda parte, con los turbulentos amores de David con Catriona y la fantasmagórica figura del padre de ella.

Y esto nos lleva al Señor de Balantree, con esos dos hermanos enemigos cuyas relaciones hielan el corazón. Nunca el mito de Caín y Abel ha sido tratado con más sutileza. Para ello hace falta un narrador externo que al mismo tiempo forme parte de la historia, introduciendo en ella sus opiniones y tomas de partido, las de una persona decente superada por las monstruosidades de que es testigo y, en parte, víctima. En este caso, el honesto y algo pacato administrador del señorío. Es una novela relatada en primeras personas (la del administrador y la del aventurero irlandés), en la que, sin embargo, aún siendo éstos actores, se introduce la suficiente distancia respecto a los protagonistas principales. Aquí el hermano malo es malo de verdad, pero su personalidad es tremendamente atractiva, mucho más que la de su hermano bueno, objeto de su persecución e injusticias que, sin embargo, no consigue hacérsenos simpático. En este relato la inteligencia y la audacia están del lado del mal, como tantas veces ocurre y no debe ser objeto de escándalo. Y el buen comportamiento, que en tantas ocasiones es pasividad, no tiene por qué poseer su brillantez. Tampoco tiene por qué triunfar, como en esta tenebrosa historia no triunfa. Todo es oscuro en esta novela que, sin embargo, transcurre parcialmente entre estocadas y abordajes en los escenarios más exóticos. 

Aunque tampoco falten las tinieblas, más consolador es el final de La flecha negra, situada en la Inglaterra de las guerra de las dos rosas. Lo que más llama la atención en ésta es la figura de la protagonista femenina, una doncella perseguida y acosada, pero, desde luego, como se insinuó antes, no desvalida. Una mujer activa y que sabe defenderse en un mundo masculino, personaje nada frecuente en la literatura que se hacía en la época. Su enamorado es, una vez más, un joven que se hace hombre. Y que para ello ha de entender, o intentar entender, la contradicción de haber sido criado y educado con el mayor cariño por los asesinos de su padre. El jefe de éstos, sir Daniel, es otro de los villanos de Stevenson en los que se mezclan el bien y el mal, sin que el autor nos dé pistas para interpretar qué es lo que, en su opinión, predomina. Es singular que, bajo la cobertura de novelas de aventuras, el autor haga trabajar tanto al lector, y que éste se sienta tan agradecido a ello.

A pesar de lo corta que fue su vida, la obra de Stevenson es inabordable tanto por su extensión como por su diversidad. Por algo los nativos de las islas del Sur en que se refugió le llamaban “el que cuenta cuentos”. Ciertamente lo era, con una imaginación infinita y una capacidad pocas veces igualada para crear escenarios, situaciones y personajes. Se dice que una obra tan redonda como La isla del tesoro la escribió en no muchos días para entretener a su hijastro. No sé si es cierto, pero, si lo es, muestra las características de la verdadera genialidad, aquella cuyo sello resplandece en las actividades consideradas cotidianas y normales. 

Pero si algo es común a tan innumerables libros y cuentos es la permanente presencia del bien y el mal, que no hay que confundir con la de personas buenas y malas. Quizá por su origen familiar, en la Escocia puritana, era muy sensible a esta cuestión que se convierte en el eje de cuanto escribió. Y quizá hay algo de rechazo al puritanismo respirado en la niñez en su empeño de mostrar esa complejidad real que hace a los humanos ser capaces de lo mejor y de lo peor. Naturalmente, y aunque sea una vulgaridad decirlo por tantas veces como se ha dicho, todo se resume en la historia del Doctor Jekyll y Mister Hyde. Obra maestra donde las haya, con tal cantidad de matices que la prudencia aconseja terminar aquí.

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