De leyendas y crepúsculos

Cuentan que cuando cae el sol puede oírse una voz dulce de hombre saliendo por algunas ventanas de Madrid, cantando. Cuentan que son canciones que no existen más que en el recuerdo de unos pocos que reclamaron la presencia del trovador, canciones nunca grabadas que solo se dejan escuchar a la luz del día muriéndose, de la noche naciendo, a la luz cambiante de una ventana que ilumina una habitación intensamente poblada por unas pocas personas que acudieron expresamente a escuchar un disco que solo suena en vivo y en directo cantado por su autor. Un disco con sus dos caras, que se titula A, como la primera letra del apellido de Javier Álvarez.

Javier ÁlvarezJavier Álvarez / Foto: JA.

Hoy, los más jóvenes, no sabrán quién es Javier Álvarez, seguramente. Pero allá por los primeros años de la última década del siglo veinte, cuando comenzó la carrera del cantautor madrileño, era imposible encender la radio y no escuchar alguna de sus canciones. En el 94 grabó su primer disco, temas como La edad del porvenir, Piel de pantera o Uno, dos, tres, cuatro se convirtieron en himnos generacionales. En el 95 se llevó el Premio Ondas al artista revelación. Fue también número 1 de los 40 Principales. Su éxito venía precedido de una cierta aura legendaria, la del músico que había rondado las calles con su guitarra. Llegó un momento en el que todo el mundo había visto alguna vez a Javier Álvarez cantando en el metro de Madrid o en el Retiro, antes de hacerse famoso. Todos lo habíamos visto. Algunos, incluso, nos habíamos detenido, solos junto a él —también solo—, y habíamos escuchado Credo, o Si cierro los ojos, o Padre, canciones que posiblemente aún no había compuesto. Qué más da que no fuera cierto, era tan hermoso imaginar, como hermosa es la leyenda actual de su etéreo y crepuscular A.

El final de siglo fue convulso en la historia de Javier Álvarez: del extraño caso del cantautor comprometido que pasa de las profundidades del metro a las alturas de la radiofórmula, a las polémicas del artista haciendo chirriar el aparato industrial de la música pop —el “Si haces pop ya no hay stop”—. Y luego, la desaparición. Otra leyenda. Porque Javier Álvarez, después de poner fin a su etapa grabando con EMI-Chrysalis no desapareció. En todo caso, si lo hizo fue tan solo de ciertos barrios multinacionales. Siguió presente y haciendo música, grabando LPs, para esa inmensa minoría de jóvenes y veteranos que habían guardado su recuerdo de los locos años 90. De la etapa con EMI había dejado un álbum debut plagado de himnos; se había despedido con un ejercicio de libertad titulado Tres, que resultó una prueba de la hipocresía de la industria musical; y entre medias una joya intimista, abrumadora y lírica, como Dos, su segundo álbum y, sin duda, una de las cotas más altas del pop español de los últimos decenios. Tras la salida de EMI, el tiempo de la desaparición que no fue tal, Javier Álvarez volvió a hacer lo que mejor sabía, sorprender con algo tan original como un Grandes Éxitos que no era un ‘grandes éxitos’, sino un LP de versiones de sus canciones favoritas. Y consiguió eso que está al alcance de no muchos, que es hacer suyo algo que no lo es, y de esa manera, hacerlo de todos. En 2003, en su quinto álbum, Tiempodespacio, una versión del Michelangelo de Emmylou Harris vino a corroborar —para esa inmensa minoría ante la que no desapareció nunca— que tenía el mismo don que otro joven de aquellos años 90, el Jeff Buckley que elevó el Hallelujah de Leonard Cohen a la perfección. La versión del Por qué te vas de Jeanette o la del With or without you de U2, en su Grandes Éxitos, son ejemplos de ello. Si tratáramos de definir a Javier recurriendo a uno de esos ejercicios de mezcla de influencias, diríamos que era —y es— algo así como una mezcla de Jeff Buckley con Aute y Antonio Vega

Han pasado más de veinte años, en los que el ‘muchacho’ ha sacado una decena de discos. La leyenda del chico del metro ha evolucionado hasta convertirse en lo que es hoy, una realidad tan poderosa como la aparente fragilidad de quienes son capaces de construir cosas indestructibles, sean canciones o sean cualquier otra cosa, tangible o no. La leyenda de su último disco, A, crece cuando se dice que en esas ocasiones en las que Javier lo interpreta en pequeñas habitaciones mientras la tarde cae sobre una ventana, lo hace sin dinero de por medio, tan solo por el gusto de demostrar que un sueño tan hermoso que acaso resulta imposible, se hace realidad, que la música triunfa sobre todos los pesares y las mundanas tristes reglas que mueven el mundo, negándolas, al menos, durante el tiempo de un crepúsculo. 

Se trata de una leyenda, pero cuentan que hay una página en internet —www.alvarezjavier.com— donde se explica en verso cómo se accede a ese mundo breve como la caída del sol, pero eterno como el recuerdo de uno de esos ocasos secretos.

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