De Idomeni a la Plaza Mayor

Las imágenes de la Europa de hoy se parecen cada vez más a las de ayer. Sobre el ayer, que fue Auschwitz —toda la barbarie del nazifascismo—, se dijo que jamás permitiríamos que volviera a ocurrir. Del hoy, que puede llamarse, entre tantos nombres, por ejemplo Idomeni, como el campo de refugiados en la frontera de Grecia con Macedonia, no sabemos qué decir, apenas maldecir. Las imágenes de los padres sirios afeitando la cabeza a sus hijos porque se los comen los piojos, chapoteando entre el fango, donde duermen en precarias tiendas de campaña, sacude el alma de cualquiera, podría asegurarse. ¿O tal vez no?

La infamia de la Unión Europea en materia de inmigración ha alcanzado su punto de clarificación política en la firma del acuerdo con Turquía para expulsar de territorio comunitario a los refugiados sirios. El portazo europeo a los inmigrantes que huyen de la guerra en su país es el último gran hecho político de este drama. El éxodo sirio se expone ante la percepción pública europea desde dos enfoques: el de la tragedia padecida, y el de la xenofobia generada. Del niño Aylan entregado sin vida por la marea, a la reportera húngara poniendo la zancadilla y pateando a un padre que corría con su hijo en brazos. La dolorosa conmiseración y la indignante ignominia. 

Quizás, después de una de las reuniones para definir la postura de la Unión de cara al debate con Turquía, los políticos de los Estados miembros se relajaron viendo alguno de los partidos de fútbol que cerraban los octavos de final de la Champions y la Europa League. Quizás bebiesen unos vinos, incluso unas cervezas, mientras cenaban viendo el partido en el reservado de un restaurante de hotel. Algo similar a lo que hacían tantos y tantos aficionados de los equipos en competición. Tan similar que la degradación de Idomeni decretada por las políticas del polo imperialista europeo tuvo su paralelo más degradante en las imágenes de los hinchas de algunos clubes de fútbol humillando a indigentes en pleno centro de varias capitales europeas.

La larga escena vivida la tarde del miércoles en la Plaza Mayor de Madrid, cuando alrededor de un centenar de hinchas del PSV Eindhoven —que jugaba esa noche contra el Atlético de Madrid— se dedicaron a humillar a unas pocas mujeres gitanas que mendigaban en la plaza, ha llevado más allá de todo lo temido el nivel de degradación de la dignidad humana. Los hinchas del PSV les tiraron monedas y mendrugos de pan a las mujeres, quemaron billetes delante de su cara, pidieron su humillación a cambio de la limosna, las insultaron y les corearon: “no crucéis la frontera”. Un día después, hinchas del Sparta de Praga, de viaje con su equipo en Roma, orinaron encima de una mendiga. Se trata de un comportamiento que pone de manifiesto que se ha llegado a los umbrales más terribles de bajeza humana. 

¿Hay forma de detener lo que está pasando? ¿Qué explicación se puede encontrar para la situación actual? No resulta sencillo cuando el problema se arraiga en la naturaleza misma del sistema. O bien resulta tan sencillo de comprender como complicado de resolver. Los delitos de odio y humillación perpetrados por infraseres como los holandeses de la Plaza Mayor tendrían corto recorrido si se les persiguiera penalmente sin posibilidad de escabullirse en el paso de la legalidad de un país a otro, si además se hiciera a los clubes de fútbol —que subvencionan sus viajes— responsables de tales actos, dejándoles automáticamente fuera de la competición, por ejemplo. Lo que ocurre es que los propios clubes y las cadenas de televisión perderían un suculento negocio. En lo mundano del fútbol todo esto resulta verdaderamente asqueroso, como la indignación simulada de los propios periodistas deportivos patrios ante los hechos de la Plaza Mayor, obviando que uno de sus principales gurús, Manolo Lama, hizo algo muy parecido en vivo y en directo de televisión en mayo de 2010, en la previa de la final de la Europa League que ganó el Atlético de Madrid, y que, a pesar de ello, Cuatro le mantiene hoy día al frente del programa deportivo más visto del país. 

El sistema ha llegado a un punto en el que necesita no solo de políticas internacionales que constituyen verdaderos delitos de lesa humanidad, sino también de una masa social anestesiada ante la barbarie, acostumbrada al comportamiento más indigno y vergonzoso, insensible y atemorizada. Dijimos que no volvería a pasar, pero está pasando.

20 de marzo, 2016.

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