Compañeros de castellanas

Hoy he visto a una mujer en el metro leyendo el libro de Aldo Montenegro. Llevaba tiempo sin pensar en él. Pero hoy he visto a esa mujer leyendo su libro y me he acordado de la tarde que Aldo murió. Y mi memoria ha resucitado la mirada cortante y la voz grave y con aristas del “falso poeta”. 

Durante casi un año viví en un pequeño apartamento en la Corredera Baja de San Pablo, en el barrio de Malasaña. Fue por entonces cuando conocí a Aldo Montenegro, un “poeta, libertario y yonqui” —según se podía leer en su tarjeta de visita— que vivía sólo unas cuadras más arriba. En realidad, apenas en un par de ocasiones llegué a cruzar unas palabras con él, pero fueron suficientes para que Aldo impresionase como un fogonazo la película de mi memoria. No pasa mucho tiempo sin que vuelva a mí su imagen de maldito, su estampa rockera y decadente, que imagino complicada en aventuras suburbiales y de aire caballeresco. También tengo un vivo recuerdo de su voz, una voz gótica y profunda que se esculpía en palabras que sonaban brillantes y duras, exactas como cinceladas en losa de mármol. Lo que sé de él, lo poco que sé de Aldo Montenegro, lo sé por Musa, mi camello de entonces. Durante el año entero que viví en Malasaña, Musa no cesó de relatarme las desventuras de su amigo “el falso poeta”, como él lo llamaba. Pero eso no me sirvió de mucho para indagar el auténtico Aldo: diferenciar la realidad de la ficción, los acontecimientos de la cosecha propia, era tarea casi imposible cuando quien hablaba, quien narraba, era Musa; su verborrea palabrera lo envolvía todo en mentira; y envuelto en esa mentira ha permanecido para mí el misterio de Aldo.

Collection “Espectros”. Malasaña (Madrid , Spain) All images © Alex PellicerMalasaña, Madrid, fotografía de Alex Pellicer.

Musa era un camello madrileño y nigeriano, un madrileño negro hijo de nigeriana nacido en Malasaña que había husmeado en la basura del barrio desde que comenzó a gatear. Cada día del año recorría las mismas veinte calles en el rojo deslumbrante de su chándal espacial, calzado con sus zapatillas de astronauta enebeá, contoneándose como un pandillero del Bronx que hace cascabelear sus pulseras y collares dorados por las esquinas orinadas del barrio. Sentado en el bar de la Julia frente a mí, veo a Musa bajar la vista y hurgar la riñonera de cuero como un brujo su saquillo, veo su calva rapada de buda negro y oigo ese deje bravucón raspando la pasta de su voz estimulada, diciéndome “humareda de primera recién llegadita de Holanda”, y me daba la bolsita de marihuana a cambio de los cinco talegos, “esssúnn placer”. Pero Musa vendía más que marihuana; a excepción del caballo, Musa lo movía todo, y todo de calidad. Y por eso su número de móvil era el más popular entre el lumpen putero y la facción canalla malasañeros. La tarde que Aldo Montenegro murió, Musa y yo estábamos en el bar que había debajo de casa, La Braña de la Julia. Y después de cerrar nuestro negocio semanal —con esa frecuencia me visitaba por entonces el mago negro de oriente—, Musa me estaba hablando de su amigo Aldo, el falso poeta.

     —… Ese es un coplillas creído que se las da de poeta —me dijo con su voz de asfalto reciente— y no pasa de ripiar piropos a los conejos más desgomados de la Calle del Desengaño. Que para qué negarlo tiene su gracia, sí, pero que si él es poeta yo soy secreta, blanco y cabrón. Y si no voy yo derecho que enseñe el nombre y el verso escritos en algún libro, o en algún periódico, ¡o en algún lao! —y sus brazos hicieron la cruz con las palmas mirando al techo del bar, dejando claro que las pruebas de la poesía de Aldo no existían porque no llovían sobre nosotros como un milagro en aquel preciso instante.

Por entonces Musa debía tener veintiséis o veintisiete años. Y ya sabía más que el hambre que le había tocado pasar a su madre en las nigerias. Llevaba tiempo subsistiendo por medios propios —traficaba desde los catorce, cuando acabó la EGB— y sabía bien lo que se hacía. En el barrio la gente respetaba y quería a Musa, que era un vecino más. Como Luisa la costurera, como la puta de la Milagros, como Pablo el Ventosa, como yo mismo. O como el misterioso Aldo.

     —Ya sabes tú que todos los miércoles se va de jarana. Es mañanitas el Aldo y a las nueve ya pisa la calle, siempre de negro de pies a cabeza, con el abrigo largo, los guantes, la gorra… Si tú ya lo has visto y sabes cómo le gusta darse el punto al Aldo. Y cuando rula el tío vestido de sombra ya sabes que ese día toca darse el homenaje…

Nervioso, eléctrico, Musa no dejaba nunca de hablar, aguijoneado sin tregua por los calambres que descargaban en su cerebro las rayas de cocaína y las copas de anís “La Castellana” que no paraba de beber en todo el día. A mí me gustaba, cuando nos veíamos, escucharle repasar con gracia y mala hostia las anécdotas más suculentas del vecindario, sin cesar, sin parar de hablar. Tanto hablaba que nadie, en el barrio, estaba a salvo. Pero aquella tarde, aquella tarde cualquiera que después fue diferente a todas las demás, le había vuelto a tocar a Aldo.

     —Ya sabes tú lo que le gusta al Aldo intimar y ponerse a gustito de todo con las putas, cuando dice “me voy a que me llamen guapo”, con esa voz de tumba, “me voy a que me llamen guapo” y enfila la del Desengaño a primera hora del día y se va a darle al palique y a ponerse ciego con las putas más arrastradas de todo Madriz. Pero sólo a eso, faltaría, que a esas no se las folla, y ahí le asoma por debajo del talego de poeta la capa de señorito, mucha labia tiene el Aldo —boqueó la mano de Musa a modo de marioneta y habló, tintineando, el oro de sus pulseras—, mucho pico para llamarlas “mis putas compañeras” pero el caso es que a las del Desengaño no se las folla, no. A follar se va a un chalé de rusas de La Moraleja porque dice que ahí uno folla y aprende algo. Y dice también el Aldo que en la del Desengaño lo que hay que aprender se aprende sin meterla a remojo, no te jode…

La Milagros, la Moni, la Maña, la Tati, la Sandra, la Turca… Así se llamaban las prostitutas gastadas que por entonces tentaban la suerte a diario en la acera de la Calle del Desengaño. Una suerte jubilada y cerrada como un puño que sólo se abre para dejar caer unas pocas monedas a primeros de mes. Durante las muchas y largas horas que duraba su jornada, las prostitutas del barrio acudían a refugiarse varias veces en La Braña de la Julia, el bar de vinos y menús que quedaba justo debajo de casa. Allí, bajo la luz amarillenta de los fluorescentes apagados en mugre, se juntaba a diario la florinata politoxicómana y multiétnica de la zona: de prostitutas rumanas a camellos moros, de alcohólicos jubilados a cocainómanos chandaleros. Varias generaciones diferentes igualadas en lo incierto del futuro bebían y comían, fumaban y discutían, convivían girando compulsivamente en el tiovivo despintado de la rutina miserable, que los sacaba del tiempo acunándolos en el canto de sirena de las máquinas tragaperras. “Los compañeros y compañeras supervivientes, que diría el Aldo”, que diría Musa. Y allí estábamos, en el ambiente cargado del bar, Musa el camello y yo, charlando casi a gritos entre las discusiones decibélicas de la clientela, sentados a la mesa que había junto a la cristalera que miraba a la calle del Desengaño, la tarde que murió Aldo Montenegro. 

     —Total que está el Aldo a las diez de la mañana con tres carajas a cuestas pegando la hebra con la Pinreles, los dos guardándose del frío en la entrada de la Pensión Salomé y fumando a esa hora ya el primer chinito, cuando va y dobla la esquina una cuarentona fetén. Imagínatela: en traje y chaqueta de color celeste, morena la melena y los ojos verdes como un semáforo. Guapa, elegante y cara, con el cuerpo de diosa de puntas en los tacones y con una nariz eterna, eso dijo el Aldo, “con una nariz eterna”, así de serio como lo dice él, que mira que le gusta fijarse en gilipolleces al Aldo —Musa calló un segundo para lubricar su garganta con un trago de “castellana” y continuó—. Así que aparece la perica, ya te digo, una de esas que dejan el carro en el Parking de la Luna y se bajan pateando a currar a los edificios de oficinas de la Gran Vía, que gira la esquina de la del Desengaño y se viene para donde están de palique el Aldo en su talego negro y la Pinreles en sus zapatos como fosas. El Aldo que ya va ciego y la ve venir, y cuando se les llega la tronca se saca un fajo así de taco de billetes de cinco y la dice: “Eh, tú, búlgara, si te doy cien, ¿te dejas por el culo?”, que hijoputa el Aldo, si te doy cien te dejas por el culo y esta es de ley y no uno de sus fantasmazos de yonko que me lo ha contrastao la Pinreles. Y a la pija oficinista se la caen las bragas de la impresión y no se pone a correr porque lleva unos tacones más largos y peligrosos que una hipodérmica. Y esta es mía y no del Aldo, mira, aquí, que la tengo escrita, los tacones más largos y peligrosos que una hipodérmica.

Musa llevaba siempre encima una libreta para apuntar sus frases hechas del tipo “más esto que lo otro”, un cuaderno tamaño cuartilla de Miquelrius como los que también gastaba, por cierto, Aldo. Y además acarreaba en la mochila un ejemplar de El Buscón, una edición valiosa y antigua que Aldo le había regalado cuando acabó la EGB. A la menor ocasión, el negro lo mostraba sacándolo de la tela vieja en que lo envolvía como un tesoro dejando clarito que “lo he leído entero, aunque sea a cachos, y es mi libro favorito, aunque no sea el único que tengo ni el único que me mola ni el único que he leído, ¿eh?”, con esa voz dejada de días y días de calle, que a cada poco hundía en la caja del pecho para hacerla resonar grave y cavernosa como la de su amigo Aldo. 

     —“El poeta moderno no puede salir a la calle sin billetes pequeños, Musa”, eso me dice el puto Aldo, “el poeta moderno debe llevar siempre encima billetes pequeños y el cuchillo automático, Musa, que está muy sospechosa la capital”, me dice siempre, y un fajo así de taco de billetes de cinco —la mano enjoyada de Musa atenazó en el aire un buen fajo de dinero imaginario— es lo que la puso aquella mañana en la cara a la pija esa oficinista diciéndola, “¿si te doy cien te dejas por el culo?”, y a la tía que la dan rubores y se las pira ligera de paso para la Gran Vía mirando al suelo y sin abrir la boca. Y el Aldo se ríe y la mira escapar, que está buena la perica y los ojos y los deseos se le van detrás. Espera, no te descojones, espera, que lo bueno viene ahora.

“Musa Muni. Cronista popular del barrio de Malasaña”, rezaba la tarjeta de visita de Musa, que fue un día a una copistería de la Calle de los Libreros a que se la imprimieran, acompañado de Aldo, que también se hizo la suya. “Que si el yonqui ése se pone poeta en la ésta de visita, yo me pongo cronista, y popular, no te jode”, me dijo una vez, y andaba el negro de cabeza de buda repartiendo su tarjeta entre negocio y negocio, con el chándal rojo y luciente, abriendo la libreta y apuntando en ella ocurrencias propias y ajenas, sin parar de hablar, incapaz de contener su verborrea de “castellana” y rayas sisadas a los gramos de la clientela, esa verborrea imparable que cosía miserias con hazañas, verdades con mentiras para pregonar los trapos sucios y rotos de la gente del barrio. 

     —Total que yo vi al Aldo el mismo día justo después de que la tomase el pelo a la pija y ya me dijo, como oliéndose algo, que no estaría mal benefeciarse a una señora, follar con una señora “después de tanto amor de billete pequeño y tanta carne de locutorio”, eso dijo, “amor de billete pequeño y carne de locutorio”, así de serio, como si ya supiese el Aldo lo que luego iba a pasar con la tronca —Musa sacó una papela de la riñonera, metió en ella el índice y se lo llevó a su nariz chata de negro para esnifar sonoramente el polvo con rapidez y sin disimulo—. Aunque ya puede largar carne de locutorio y lo que coño quiera el Aldo, que te digo yo que con las del Desengaño no copula ni hasta arriba de “castellanas” —echó Musa otro trago y percutió como un martillo de vidrio la copa vacía sobre la mesa de formica—. Que a ése como a todos los yonkos no hay que creerle ni esto…— y señaló con el pulgar, a un palmo de mi nariz, la última falange de su índice ya limpio de coca.

Aquella tarde hacía frío en Madrid, y se había cobijado en La Braña la plana mayor. La Coja —una lisiada miserable y setentona—, estaba, como siempre, sentada en un taburete frente a las tragaperras. Raptada por la melodía de belleza ruletera, con el rostro cautivo en las luces de colores, La Coja echaba monedas al estómago de la máquina como migas de pan a las palomas del parque. Nicola el Gitano, un rumano veinteañero y sin papeles que vendía La Farola en San Bernardo, aguardaba en una esquina que la Coja se levantara a pedir cambio para abordar la máquina ya calentita y hurtarle por enésima vez a la vieja el jackpot. “Anda, Milagros, tómate uno con leche bien calentito que te se va a congelar la billetera como no pilles cacho pronto”, gritó la Julia a la Milagros cuando esta entró y aparcó sus sesenta primaveras ateridas de invierno madrileño en una esquina de la barra. La Milagros entró en el bar barriendo el serrín del piso con ese visón desgreñado en que las ladillas se morían de puro frío. Tenía el rostro de putón veterano sepultado en manos y manos de maquillaje azulón, que se escarchaba en gotelé sobre la tez grumosa. Sus ojos, invisibles bajo el pellizco arrugado de los párpados, eran ombligos mustios en cara de tripa vieja. Aquella tarde la Milagros recibió el café con leche calentito en las palmas bien abiertas, soplando de puro gusto, comunicando al resto del bar su peluca rubia en alta voz que “un cafelito, un cigarrito… esto es vida”, y después brindó al público con un trofeo en cada mano. Musa, que se hacía querer, no perdía ripio y dirigía el cotarro: “al loro Nicola que si la vuelves a fundir el premio a la Coja te arranco las manos”, dijo Musa y le apestó la frase a anís.

     —¡Al loro Nicola que si la vuelves a fundir el premio a la Coja te arranco las manos! —puso orden Musa y volvió a lo suyo, a lo nuestro—. Pues eso, que pasa una semana o así desde que el Aldo hizo como que tomaba a la pija oficinista por una lumi búlgara, cuando entra una tarde en La Braña y se la encuentra aquí, esperándole, que la tía ha preguntao en la calle por el Aldo y le han dicho que tarde o temprano arrastrará su espíritu por el bar. Y cuando llega él está sentada la tía en esta mismita mesa controlando la calle desde la cristalera y bebiéndose un cortadito con el dedo pequeño de la mano más tieso que el índice de Colón cuando guipó América. Y la tía lo llama de ustez, “oiga, perdone”. Niquelada como una reina, elegantona, con un abrigo largo de paño color tabaco y la melena negra en una cola, perlas en las orejas y pañuelo de seda al cuello. ¡Otra “castellana”, Julia! —levantó el negro la copa y continuó.— Morenaza, con la nariz eterna esa que dijo el Aldo y los ojos verdes como un semáforo que lo digo yo. Y va él y la saluda levantándose el sombrero, y la señora lo invita a que se siente. Y se dicen los nombres, aquí el Aldo, poeta, aquí la Ana, periodista. Y el Aldo, que barrunta carne magra, se pone a enredar a la perica con sus palabras, que ya sabes tú como lamen a las chavalas las sentencias del Aldo. Y le dice que si es escritor, y le ripia algún piropo, seguro, hablando en parsimonia como habla él para darse el tono. Y a la perica se le hace el chocho pepsicola escuchándolo, y da qué pensar qué coño hace, el puto Aldo, arreglándose de jaco en los poblaos cuando tiene tablas para alternar con pericas de traje y chaqueta, porque el Aldo toca todos los palos y te digo yo que al Aldo le sobra carnaval, a pie y a caballo, ¡pa´eso y pa´más! —Musa golpeó, definitivo y con violencia, con la palma en la superficie de la mesa. Y llegó, inmediata, su copa de “castellana”.— Gracias Julia, me la apuntas.

El único día que llegué a cruzar unas palabras con Aldo fue en la calle, frente a la puerta de casa. A la luz del mediodía su figura negra y alta descendiendo por la acera resaltaba en el río de transeúntes. Aldo era un hombre enjuto que debía frisar la cuarentena. Iba vestido completamente de negro, con un traje ceñido de corte sixties, y tocado con gorra de visera. Los botines de tacón cubano y el fular de gasa le daban un aspecto entre romántico y rockero, un dandy de callejón a medio camino entre el bohemio de principios de siglo y el loser maldito de la generación beat. Su rostro demasiado pálido era inquietante y bello, de facciones finas y angulosas, y la nariz aguileña le daba un aire superior y distinguido. Bajo la gorra negra que le hacía aparentar un Oliverio Twist de rostro curtido, Aldo peinaba hacia atrás los cabellos crecidos y crespos, despejando la frente amplia y labrada de arrugas prematuras. Los ojos, negros y pequeños bajo las cejas severas, eran de esos que malician y escrutan sin tregua. 

Aquel día Musa y yo estábamos hablando de negocios cuando llegó Aldo castigando la acera con los botines de cuero. Nos saludó y se quedó unos minutos con nosotros, plantado a la chula con el cuello alzado y los puños en los bolsillos de la chaqueta. Y recuerdo que enseguida comenzaron a pelearse, a discutir, y que Aldo le dijo a Musa, con esa voz grave que él tenía: “Tú has venido al mundo sin padre porque a la negra insensata de tu madre no se le ocurrió otro sitio para hacer el molinete con el bolso que la puta Calle del Espíritu Santo, apunta eso en la libreta, mamón”. Y Musa le respondió picado: “Y tú eres un puto yonqui que quiere más al caballo que a su puta madre, que en el taco de años que te conozco no la has mentao en la boca”. Viéndolos juntos pensé que parecían hermanos, que su competición parecía la de dos hermanos; Aldo, el mayor, y Musa, el menor, que lo miraba con los ojos y la boca bien abiertos. Eso pensé entonces, pocas semanas antes de que muriera Aldo aquella tarde que Musa y yo estábamos en La Braña charlando, bebiendo, pasando el rato como tantas otras tardes. 

     —Total que están sentaos el Aldo y la chavala juntos en esta mesa, en esta mismita mesa y ¿a que no sabes lo que le soltó la perica? La tía le dijo —Musa leyó la frase anotada en su cuaderno— “Aquel día, después de que me abordara usted en la calle, esa misma noche… le fui infiel por primera vez a mi marido”, así con acento de reina, dice el Aldo que la tía dijo “le fui infiel”, que no es lo mismo que meter cuernos, entendámonos, o sí es lo mismo, el caso es que después que el Aldo hiciera como si la tomara por una puta búlgara la señorita pepis se benefició por la noche a otro, a uno que no era su marido, sin más. 

     —¿Cómo que sin más?

     —¡Como que sin más te digo y que me dejes seguir! —me señaló amenazante con el dedo, en silencio por un segundo, pero Musa no me dio, Musa no daba miedo—. La tía le dijo, “le fui infiel por primera vez a mi marido”, y luego la perica le sonrió, con caramelo, muy fina ella, y siguió y le dijo: “Usted me hizo un favor… Y hoy he venido a pagárselo, a pagártelo”, y dice que luego la perica apeó debajo de la mesa el pie de los tacones y se lo apoyó desnudo y tibio en el paquete al Aldo —Musa se irguió en la silla y dibujó media sonrisa en su cara de negro estimulado y rijoso—.  ¿Y a que no sabes lo que la contestó el Aldo? Espera, espera, que me dejes acabar. La dijo…: “Hay algo que sabéis hasta las putas búlgaras” —Musa memorizó de un vistazo rápido lo escrito en el cuaderno y continuó— “Hay algo que sabéis hasta las putas búlgaras… Que no hay dos sin tres”, ya veeeeeeees, eso dice el Aldo que la dijo y que la tía se descojonó, el puto Aldo que miente más que habla, que no hay dos sin tres y que eso lo saben hasta las putas búlgaras, venga ya. Y dice el Aldo que luego sacó la automática —chasqueó la navaja automática de Musa en el aire y destelló el filo a un palmo de mi nariz— y que la desabotonó a la pija la blusa color de crema con la punta del bardeo y que, espera que aquí lo tengo, y que “unos pétalos de encaje negro afloraron como una promesa en el delicado marfil de su escote”, eso hizo el Aldo y así lo cuenta. O eso dice el Aldo que hizo, que no hay nadie en La Braña que pueda a fe contrastármelo, que dice la Julia que de ahí de la barra no se los escuchaba, que ese día había jaleo y que no les tenía atención.

Merche la Gallega abrió la puerta del bar de un empujón, y una bofetada de aire frío nos sacudió en el interior.

     —¡Musa! El Aldo. ¡Que la Antoñita ha subido pedirle el alquiler y se lo ha encontrao tieso, en el suelo! ¡Que dice la Antoñita que le han pegao un tiro!

Musa se levantó y salió disparado, gritando “¡que nadie lo toque, que nadie lo toque me cago en la puta!”, y tras él corrió el resto de la clientela. Recuerdo que me quedé solo, sentado en la mesa que había junto a la cristalera y que después abrí mi cartera y busqué la tarjeta de Aldo, la que me dio aquella vez que crucé unas palabras con él: “Aldo Montenegro. Poeta, libertario y yonqui” en letra inglesa de palo fino. 

Los primeros días los periódicos especularon con varias posibilidades. Escribieron que pudo ser un ajuste de cuentas: Aldo era el correo de una pequeña partida de heroína y se había quedado con ella. También se dijo, simplemente, que debía dinero. Con menos fuerza sonó la hipótesis del asunto de faldas: tal vez una mujer o marido despechados. Inevitablemente, semanas después el asesinato de Aldo dejó de ser noticia. Los periodistas no consiguieron resolver el misterio. Tampoco la policía.

Meses más tarde, cuando yo ya no vivía en Malasaña, oí decir a alguien que Musa recopiló los papeles de Aldo y costeó de su bolsillo la edición de un librito con unas cuantas poesías. No había vuelto a pensar en ello. Hasta que hoy, en el metro, he visto a una mujer leyéndolo, y mi memoria ha vuelto a hablarme de la tarde que murió Aldo. Tacones como hipodérmicas, rezaba en la portada el título. Por Aldo Montenegro. Y he vuelto a escuchar a Musa, he vuelto a escuchar a las putas del Desengaño, y también la voz grave y dura de Aldo. Aquel dandy  que recibía visitas inesperadas de mujeres hermosas, dispuestas a devolverle en especie sus favores impagables. Aquel canalla que se decía poeta, libertario y yonqui, y que Musa el camello quería como a un hermano: “Qué hermanos ni qué ocho coños en hilera, negro. Lo que tú y yo somos es compañeros, compañeros de castellanas, que diría el Aldo” que diría Musa. ♦︎

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