Aún repican campanadas de muerte en Vitoria

El 3 de marzo de 1976 venía precedido de dos días de huelga general en Vitoria-Gasteiz y de más de dos meses de huelga indefinida en diversas empresas de la ciudad. El paro general convocado para ese día acabaría con cinco obreros asesinados por la policía armada y más de cien heridos de bala. La convocatoria de huelga había sido apoyada masivamente por el pueblo vitoriano, que llenó las calles en manifestación desde primera hora de la mañana. La policía, ya entonces, comenzó la represión y a sumar heridos de bala. A las cinco de la tarde, en la iglesia de San Francisco de Asís, en el barrio de Zaramaga, se convocó una asamblea obrera. En poco tiempo la iglesia estaba a rebosar de gente, no solo de obreros, sino de estudiantes, familias con niños, del pueblo en su conjunto. Cinco mil personas se congregaron allí. La policía rodeó la iglesia, luego dio orden de desalojar: “en un minuto”. Era imposible que cinco mil personas salieran a tal velocidad. Y más cuando resultaba evidente que fuera les esperaban cargas policiales y detenciones. “Si desalojan por las buenas, vale; si no, a palo limpio. Sacarlos como sea” —se escucha por el canal de radio de la policía, unas grabaciones que han quedado para la historia—. La policía, cumpliendo su palabra, asaltó la iglesia. “Gasear la iglesia. Cambio”. Y así fue, se dispararon los botes de gas lacrimógeno al interior de la iglesia de Zaramaga. La gente salió huyendo despavorida. “Ya tenemos dos camiones de munición, ¿eh? O sea que a actuar a mansalva, y a limpiar, nosotros que tenemos las armas; a mansalva y sin duelo de ninguna clase” —se espeta por la emisora policial—. La policía abrió fuego indiscriminadamente sobre la muchedumbre. “Hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. ­Aquí ha habido una masacre”.

vitoriaVitoria-Gasteiz, después del 3 de marzo de 1976.

El 3 de marzo Manuel Fraga, máximo responsable de las fuerzas policiales, se encontraba de viaje en Alemania. Adolfo Suárez era el designado como ‘ministro de jornada’, encargado de cubrir las ausencias de cargos que, como Fraga entonces, se hallaran sin poder desempeñar de manera presente sus funciones. Rodolfo Martín Villa era el ministro de Relaciones Sindicales, y Alfonso Osorio el ministro de Presidencia. Los cuatro eran los más altos cargos políticos con responsabilidad sobre los sucesos ocurridos en Vitoria. La jueza argentina María Servini, cursó en 2014 orden de detención sobre los dos altos cargos políticos que quedan vivos —Martín Villa y Osorio— que tuvieron que ver con los sucesos de Vitoria —Fraga y Suárez murieron recibiendo todos los honores de la democracia—, y del entonces capitán de la policía Jesús Quintana Saracíbar. La magistrada argentina reclama su extradición para hacerlos declarar por crímenes de lesa humanidad. España, desoyendo las indicaciones de la ONU, denegó la extradición, como era de esperar. Cuarenta años después nadie ha sido, ya no condenado, sino ni siquiera juzgado por la masacre de Vitoria. Fraga pudo vivir y morirse con todos los honores del Estado, decretándose luto oficial en Galicia, donde gobernó casi dos décadas. Adolfo Suárez tiene el principal aeropuerto de España tomando su nombre en homenaje. Martín Villa, después de Vitoria, llegó a ser ministro de Gobernación y ministro de Administración Territorial con Suárez, Vicepresidente del gobierno con Calvo Sotelo, y posteriormente presidente de Endesa y de Sogecable. Alfonso Osorio, después de ministro de la Presidencia, fue diputado en Cortes hasta 1986 y presidente de Petromed. 

El 3 de marzo fueron asesinados por la policía de la Transición: Pedro María Martínez Ocio, obrero de Forjas Alavesas, de 27 años de edad; Francisco Aznar Clemente, estudiante de 17 años que trabajaba en una panadería; Romualdo Barroso Chaparro, de 19 años; José Castillo, obrero de una empresa del Grupo Arregui, de 32 años; y Bienvenido Pereda, obrero de Grupos Diferenciales, que murió dos meses después en el hospital, tenía 30 años. Los sucesos de Vitoria son uno de los crímenes mayores cometidos contra la clase obrera en España, y de los más atroces en la memoria. Campanades a morts, el famoso himno que compuso Lluís Llach aquella noche del 3 al 4 de marzo de 1976, cuando aún las noticias solo reportaban la muerte de tres jóvenes obreros, dice en una de sus estrofas: “Asesinos de razones, asesinos de vidas, que nunca tengáis reposo en ninguno de vuestros días, y que hasta la muerte os persigan nuestras memorias”. Es terrible. Porque han tenido reposo los culpables. Porque nuestras memorias no pueden contra el olvido que los criminales imponen. Porque seguirán repicando campanadas de muerte mientras no vuelvan los obreros a las calles. 

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