‘Spotlight’, el valor de contar la verdad

Los nombres de los periodistas que protagonizan Spotlight son reales. Los hechos  también son reales. El escándalo de los abusos sexuales a menores por parte de decenas de sacerdotes en el área de Boston —centenares en todo el estado—, con la protección de su Archidiócesis, que el Boston Globe destapó en enero de 2002 supuso un seísmo social y periodístico, que a la postre mereció un Premio Pulitzer. El film que narra la odisea del equipo de investigación del diario —Spotlight— en la investigación de uno de los mayores casos de pederastia en el seno de la Iglesia Católica, ha merecido nuevos premios, a la altura del Pulitzer, como son el Oscar 2016 a la mejor película y al mejor guión original. 

SpotlightSpotlight (2015) / Imagen: Open Road Films/Participant Media/First Look/Anonymous Content/Rocklin/Faust.

Marty Baron acababa de asumir el puesto de editor jefe del Globe cuando dio luz verde al equipo Spotlight para investigar los casos de abusos a menores por parte de sacerdotes en el área de Boston. Se trataba de seguir la pista de, al menos, trece religiosos. El real Marty Baron —interpretado en el film por Liev Schreiber— se convertiría en una leyenda viva del periodismo después de aquello. Hoy día, tras algo más de diez años al frente del Globe, se encuentra dirigiendo al emérito The Washington Post, y ha conseguido hacer emerger una de las grandes portadas periodísticas del mundo. El reportaje de investigación, cocinado a fuego lento, es el sello distintivo de un periodismo tristemente inusual. 

Con el mismo objetivo y método que guiaron los hechos reales que el film narra, Spotlight es una rara avis en el mundo del celuloide, una obra que decide huir de todo aquello que es superficial, y que incide hasta el hueso mismo de la historia. Si la premisa que guió a los periodistas del Globe en su investigación en 2001, incluso durante el shock del 11 de septiembre, fue la de no apresurarse y ceder a una narración sobre la parte, el supuesto caso aislado, el individuo, sino la de ir directos a la denuncia del sistema, la película hace lo mismo. El guión se concentra en el trabajo periodístico en su contexto histórico y social, sin sentimentalismos ni concesiones melodramáticas. De los personajes protagonistas todo lo que sabemos es sobre su trabajo, apenas unas lineas de sus vidas personales. No es necesario, porque lo que importa es lo que hicieron cuando hicieron ese algo excepcional que fue denunciar a la más vieja y poderosa institución de la humanidad. Lo que Spotlight muestra es el allí y entonces. La redacción del Globe filmada es casi anodina, no la habitual vorágine de imaginación, sobrevolada por diálogos chispeantes y miradas inteligentes entre litros de café y bourbon, corbatas torcidas y mangas de camisa arremangadas para escribir impulsivamente una crónica demoledora sobre una primicia cualquiera. No, lo que se muestra en Spotlight es un sitio de trabajo, como cualquier otro, ordenado y con la exclusiva agitación que requiere el desempeño de la tarea que ocupa a sus trabajadores. Lo que la película narra y cómo lo narra es algo que parece imposible hasta que se ponen manos a la obra. Es una ficción sobre la realidad, una ficción demostrando respeto y valentía. 

Thomas McCarthy, el director de Spotlight, debutó en 2003 con una preciosa película de amor y amistad entre extraños singulares, titulada Vías cruzadas —en España—. Con Spotlight ha logrado consagrarse como un maestro narrador. Spotlight se coloca a la altura de las mejores películas sobre periodismo y del thriller de investigación. La elegancia de su cámara y de su guión viste a unos actores tan contenidos y acertados como toda la obra. Pero, más allá del estilo, el film es un ejercicio de valentía moral, política y social. El escándalo de los abusos a menores del clero de Boston en 2002 quedó, lógicamente, en parte eclipsado por los atentados del 11 de septiembre y el clima posterior. Es por eso que, pasada más de una década, el caso merecía ponerse al alcance de la opinión pública en la medida de su importancia. La Iglesia debe ser acusada de una vez por todas de la más terrible de sus muchas vergüenzas. Y debe exigirse responsabilidad penal por la organización sistemática de una práctica criminal, los abusos sexuales a menores. La valentía que demostraron los periodistas del Boston Globe la ha emulado la película. Muchos no creímos que pudiera alzarse con el Oscar. Nos equivocamos. Tal vez es que la Iglesia es tan poderosa, que ya no teme ni a Hollywood, o que el efecto de una película, por cruda y verídica que sea, es el que es. Lo cierto es que el oprobio público no implica necesariamente que se haga justicia, otro de los signos fatales de nuestro tiempo. Sea como sea, es un triunfo necesario la mera existencia de películas como Spotlight.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies