Ruidos, cosas y Bresson

La mayoría somos conscientes de que en muchos de los establecimientos en los que compramos cosas utilizan la música, la radio o alguna clase de sonido, generalmente con un volumen elevado, como una técnica que promueva las compras. Es más, si lo que está sonando no nos gusta, es posible que alguien saque el móvil y, con unos auriculares, escuche otra cosa. O no. Pero lo cierto es que hoy todo suena y la combinación aleatoria de esos sonidos provoca ruido. Es una característica de nuestra vida postmoderna. Otra podría ser, la capacidad de generar basura en grandes cantidades. Nos parece lógico, hoy todo es de usar y tirar. Nuestras papeleras y contenedores son un certero ejemplo de nuestros hábitos y modos de vida.

Bresson_Un_condenado_a_muerte_se_ha_escapadoUn condenado a muerte se ha escapado (1956) / Imagen: Gaumont.

Así que, es normal que, entre tanta basura y ruido, casi se nos haya olvidado que en 2016 se cumplen sesenta años del estreno de Un condenado a muerte se ha escapado (adaptación del relato de André Devingy titulado Les leçons de l’énergie: un condamné à mort s´est échappé), escrita y dirigida por Robert Bresson. Posiblemente, la mejor película del director francés y una obra maestra del cine.

El filme nos cuenta la historia de un hombre, Fontaine (protagonizado por François Leterrier), encarcelado por las tropas nazis durante la II Guerra Mundial, y su intento de huida. Muestra perfecta de las señas de identidad del director: primeros planos, planos detalle y recogimiento.

La situación límite de una guerra, con su capacidad de destrucción, señala la idea de que no puede haber basura y que lo más nimio puede ser de una importancia vital. De este modo, en el interior de una prisión no hay posibilidad para desperdiciar nada, todo ha de ser aprovechado. Así, Fontaine, consciente de ello, al querer huir trata de sacarle el máximo partido a cualquier cosa que caiga en sus manos; y, en consecuencia, ha de cuidar de especial modo los objetos, como puede ser el caso de una cuchara.

Con los planos detalle, Bresson nos revela con un tono casi místico, la importancia de las cosas. Cosas que suenan en su utilización y que quedan insertas en el silencio sepulcral de la prisión.

Por ello, otro punto esencial en la excelente construcción narrativa es el mencionado silencio. Y en la prisión contrasta con un mundo exterior que suena a base de trenes y campanas. El director cuida con esmero el sonido de la película. Sabe de su importancia y no permite que haya ruidos innecesarios.

Ambos elementos, cuidado y silencio se articulan con una voz en off que muestra la psicología de Fontaine. Aunque su pensamiento también se conoce por su juego corporal: pausa y frialdad. Todo en consonancia con el minimalismo decorativo de los escenarios. Se aprecia, por ejemplo, en el nivel de prudencia que existe a la hora de compartir con los demás presos la idea de la fuga, que es directamente proporcional al ambiente de compañerismo que se respira entre ellos, como es en el caso de la amistad del protagonista con un sacerdote encarcelado.

La tarea no es fácil: la huida que se plantea en solitario puede ser exitosa o puede significar su muerte. Pero aparece un problema: un nuevo compañero de celda (Charles Le Clainche). Un soldado muy joven, que va a representar la vitalidad y las ganas de vivir. Pero que va a provocar que aparezca la desconfianza, en un primer momento. Se plantea la duda de compartir el plan o no. ¿Contarlo y ser delatado; o no contarlo y que las decisiones fuesen más radicales? La decisión se comparte, con lo que, si la importancia de los objetos que había era grande, ahora hay que duplicarla.

Una historia sencilla, pero con los suficientes matices como para hacer de ella una película con una cierta intriga (aunque por el título quedaría desmontada) o jugar con los planos y los silencios y hacer de ella algo trascendente. Llevar a la perfección la construcción narrativa y hacer de la sobriedad y economía de medios un sello distintivo del genio artístico del cineasta francés.

El cine de Bresson, calmado y silencioso, es propicio para la reflexión, deja siempre un hueco para la esperanza, la posibilidad de una salida. No falta nada, no sobra nada. Son otras circunstancias históricas, distintas a las nuestras, así que, quizás, hoy, después de ver la película, se nos estropee el móvil y lo tiremos a la basura en medio del ruido de la calle. 

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