Ross Macdonald, al rescate de la novela negra

Si fuera preguntando a lectores empedernidos si conocen a Ross Macdonald, ¿qué porcentaje habría de respuestas positivas? Probablemente baja. A un servidor no le amedrenta confesar que lo desconocía, por ejemplo. Sin embargo, he tenido la gran suerte de cruzarme con él a través de uno de sus libros: La Wycherly. ¿A alguien le suena susodicha obra, por cierto?

Ross Macdonald - Photograph- Bettmann-CorbisRoss Macdonald / Foto: Bettmann/Corbis.

Mi colaboración como crítico literario me brindó la oportunidad de dar con esta novela. Metida dentro de un sobre junto con otros libros que leer y reseñar, mi primera impresión fue la de pensar que era un libro un tanto grueso y que tardaría en acabármelo. Sabía que se trataba de una novela negra, pero no estaba muy entusiasmado. Tras leerlo y reseñarlo, mis auspicios resultaron completamente erróneos. Lo devoré; me absorbió con su historia, un hecho que no me había ocurrido en cierto tiempo. Como anécdota, mientras me estaba leyendo las últimas páginas del libro en una sala de espera, alguien de allí comentó jocosamente que mis ojos se iban a comer las páginas.

No albergaba mucha esperanza de que el libro fuese de mi gusto ya que había leído anteriormente otras novelas negras actuales y éstas me habían parecido livianas o “con poca chica literaria” o sin ese ingrediente de suspense. Hasta que no lo abrí no me percaté de que se había publicado en los años sesenta, por lo que ya mis sensaciones cambiaron. No me juzguéis mal por decir esto, pero uno tiene el pálpito de que años atrás el arte producía piezas más enriquecedoras y mejor elaboradas. Me pasa con la música, también. Mas ése no es el tema que nos incumbe hoy. Abrí el libro y descubrí que no era actual. Sin embargo, no tenía pinta de clásico: jamás había oído hablar de ese autor antes ni había visto ninguno de sus libros mientras trabajaba  en una librería grande de Barcelona.

Pues bien, debería considerarse en España un clásico de la novela negra. Encontrarse a la altura de Dashiell Hammet o Raymond Chandler.

A lo mejor habría primero que plantear qué es la novela negra. O filtrar algo sobre La Wycherly. Unámoslo. La Wycherly narra un nuevo caso de Lew Archer, un detective privado taimado, avispado, cínico y atractivo (si bien no es un detective que alardee de belleza o busque el contacto sexual con las mujeres). En esta ocasión es contratado por Homer Wycherly para que encuentre el paradero de su única hija, que parece llevar dos meses desaparecida. Homer Wycherly es un hombre más que rico, con muchas posesiones y negocios, de aquellos que viajan por el mundo y que tienen poco tiempo para sentimentalismos o muchos lazos familiares. De hecho, está separado de su mujer, de quien no quiere saber nada pero a la que, a la vez, intenta proteger de la investigación. Lew Archer, pues, se embarcará en una investigación que –con humor, cinismo y no mucha amabilidad– le llevará a descubrir embrollos y secretos familiares, se encontrará con personajes mentirosos, impulsivos, atacados por algún elemento enfermizo de la sociedad. A lo largo de la novela el lector será testigo de técnicas, estilos o situaciones que le transportarán hacia aquel inicio de la novela negra estadounidense, allá para cuando Hollywood ya despuntaba. ¿No os acordáis? Películas en blanco y negro, revelando un detective con gabardina, manos en los bolsillos, sombrero. Un fumador empedernido, que se enfrenta a un caso de aquellos familiares. Disputas, enfrentamientos, herencia, celos… Con una rubia explosiva o una morena con malas intenciones. Pistolas pequeñas, Magnum negras apareciendo detrás de un arbusto o asomando por una puerta en medio de la noche. Pero, sobre todo, con un argumento que te mantiene en vilo hasta el final.

En esto me gustaría centrar. En tramas que te mantienen en vilo. He leído unos cuantos libros actuales y me han defraudado sobremanera, incluso autores consagrados en la actualidad. Pero ha venido La Wycherly y me ha hecho creer de nuevo que la vida me puede sorprender. Quizá soy muy exigente, demasiado. Independientemente de eso, hay que subrayar que el final de la historia no surge hasta prácticamente las últimas cinco páginas, de las trescientas y pico que tiene. Además, los cambios de tuerca son bastante constantes, con mentiras que ponen repentinamente una pieza al puzzle desbocado. Con personajes variopintos, todos tienen sus secretos e intentan no revelar toda la verdad al detective, quien, suspicaz, sabrá poco a poco desenmarañar el embrollo. Secretos sobre su presente y su pasado.

Aparte, no abundan las descripciones exhaustivas ni esa información que uno se salta por considerarla insustancial o aburrida. Las palabras parecen no estar elegidas al azar, y mantienen un ritmo constante de idas y venidas, sin que en ningún momento el lector se sienta perdido (no hay un exceso de personajes). El detective, al moverse de aquí para allá, dará un dinamismo muy acertado para este tipo de obra. ¿Y el final? Impactante y sorprendente. Pues nada es lo que aparenta ser.

Las descripciones psicológicas están bastante logradas, algo que diferencia a Ross Macdonald de los anteriores grandes escritores de novela negra, no centrados tanto en el aspecto psicológico y sí por los motivos de los asesinatos. Lew Archer busca no sólo un motivo para desaparecer de un padre rico, sino que también se plantea todo aquello que ha rodeado ese motivo y que han impulsado a la chica a desaparecer del mapa. 

En definitiva, una joya literaria, para mí. Obviamente, aquí entramos en el mundo de la subjetividad. Y yo mismo no soy muy propenso a leerme todo aquello que los críticos quieren venderme. Sin embargo, creo que vale la pena resucitar de la tumba a este escritor norteamericano que sacó dieciocho novelas con Lew Archer de protagonista. La Wycherly fue su novena aparición, en 1961.

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