Nunca dejará de llover

El disparo despertó a todo el pueblo. Eran las cinco de la mañana. Llovía, y seguiría lloviendo por muchos días. Si es que algún día dejó de llover.

El dueño del bar de la plaza fue el primero en llegar. El cadáver estaba tirado en los adoquines, boca abajo y a la luz de la única farola, con el chorro de sangre diluído en la riada de agua. La corriente roja se perdía cuesta abajo entre la oscuridad. No podía reconocer el cadáver, pero se lo imaginaba.

SPAIN. Galicia. 1955. Vigo.Fotografía de Inge Morath, Magnum Photos.

“Es él”, dijo el que llevaba la escopeta. “Está muerto, le he volado en la cabeza”, y tiró el arma al suelo. Justo antes de que llegase más gente desapareció, caminando despacio, calmado, por una de las calles estrechas que desembocan en la plaza. “Su cabeza está esparcida por el suelo, no necesito nada más”, pensaba mientras se acercaba a su casa. De sus manos colgaba un collar, y todo, las dos manos, el colgante, su camisa blanca, estaba lleno de sangre. Al llegar hizo un amago de lavarse en la pileta, pero rectificó. Dejó el colgante en un clavo que salía de la pared de su habitación y se acostó.

Cerca, en la plaza, se escuchaba el ladrido de los perros, las voces de todo el pueblo. “Mi nombre, el suyo”. Una y otra vez, una y otra vez.

Y por primera vez en mucho tiempo, pudo conciliar el sueño.

***

Se despertó al día siguiente buscado el colgante con la mirada. Allí seguía, dorado y rojo, como único adorno de una habitación que poco más que contaba con una cama. Se calzó las botas aún húmedas y salió a la calle. Al abrigo de un soportal, un grupo de hombres se callaron y le miraron fijamente mientras pasó por ellos. Él les aguantó la mirada mientras subía a su coche. “Pobres”, pensaba, “creerán que me arrepiento de algo”.

Después de una hora llegó al otro extremo de la isla, y aparcó justo enfrente de donde se hospedaba el tal inspector Carvajal.

     —¿Qué has hecho?

     —Lo que tenía que hacer —contestó el recién llegado con una mirada azul, impasible.

     —Pero…

     —Usted vino aquí a resolver su caso, ¿no? Pues aquí lo tiene. Lo he finiquitado.

Estiró los brazos y colocó la parte inferior de las muñecas boca arriba. “Aquí esta su gloria”, dijo mirando al otro hombre, casi una cabeza más pequeño, de pelo y bigote negros. “Esto es lo que has venido a buscar, espóseme”. Al momento, Carvajal sacó una pistola de su cintura y le apuntó a la cabeza.

     —¿Pero qué has hecho, desgraciado?

     —Usted no entiende nada porque no puede entenderlo. Usted no ha nacido aquí, jamás ha vivido en este lugar. Espóseme y coja su barco de vuelta al mundo, ya no tiene nada que hacer en esta isla —la expresión del otro hombre se volvía cada vez más alterada.

     —¡Tú eres un asesino, no hay nada que entender!

     —Usted no sabe nada.

Carvajal obligó al otro hombre a sentarse en una mesa mientras le apuntaba con su pistola. Él se sentó al otro lado y dejó caer el arma sobre la mesa apuntando hacia el tipo rubio. “Habla”, le dijo mientras unas sirenas lejanas ponían la música de fondo al baile.

     —Quizás no haya mucho tiempo —dijo mirando hacia la ventana—, es una historia un poco larga.

     —Me la suda, habla.

Se tomó un respiro, como si estuviese recapitulando toda su información, y comenzó. “¿Se acuerda del día que llegó aquí? Usted piensa que solo cruzó un pedacito de mar, pero en realidad es algo más. Algo que ni usted ni yo podemos ver, ni tocar, no es nada físico, pero que separa esta isla del resto del mundo… yo lo sé porque he vivido aquí y allá, en el otro mundo de donde viene usted. Y sé que éste usted no lo puede entender.

     »Cuando llegó al entierro de mi hermana Rosa, yo supe al momento que usted no era de aquí. Era el único de todo el lugar que llevaba paraguas, y aquí nadie lleva paraguas, ¿sabía eso? Estamos tan acostumbrados a la lluvia que no lo necesitamos. Pero usted no sabe nada, y necesita un paraguas, porque no es de aquí —sacó un cigarrilo, pidió permiso con la mirada, lo encendió y prosiguió.

     »Cuando lo vi a usted se lo señalé a mi hermano, poco antes de cargar la tumba de Rosa. Él me advirtió de que tuviese cuidado con usted, que la gente de tierra firme es diferente, impredecible, falsa. Y que usted solo estaba aquí por su propio interés… Él, mi  hermano, nunca ha salido de esta isla, pero piensa que… bueno, pensaba que tenía más idea de la vida, de las cosas importantes, como él decía. Pero en realidad era un ignorante, no tenía idea de nada, solo de trabajar la tierra, el mar…”

     —Alberto, ¿por qué me estás contando esto?

     —¿Usted quiere saber no? —dio una calada a su cigarrillo mientras miraba a Carvajal—. Pues yo le voy a contar.

     »Mi hermano… —continuó—, mi hermano era un estúpido, era demasiada buena persona para vivir en esta mierda de isla. Algún día le iba a costar la vida y así fue… eso, por cierto, fue algo que aprendí allí en el mundo de donde viene usted: la bondad no es más que una máscara de la ignorancia”

     —Todo eso no te da derecho a pegarle un tiro en la cabeza y dejarlo tirado en medio del pueblo, como un animal.

     —Ya se lo he dicho —su mirada, su rostro eran inalterables—, usted no sabe nada

     —¿Qué es lo que no sé, aparte de por qué has matado a tu hermano?

     —Se lo estoy diciendo, él simplemente era demasiado bueno. De tan bueno que era, tuvo la culpa de todo lo que le pasó a Rosa, a nuestra hermana. 

La mirada de Carvajal se quedó perdida durante unos segundos. Por su cabeza pasaron las fotografías que llegaron a su despacho cuando le fue asignado el caso. Cortes, hematomas por todo el cuerpo, desnuda tirada en medio de un bosque, el pelo rapado por partes y un colgante dorado en la mano, como si fuese lo último a lo que se pudo agarrar. Un colgante del que Carvajal no había vuelto a saber nada.

     —Es imposible que él le hiciese algo así a tu hermana.

     —Claro que él no lo hizo. La quería más que a nada en este mundo. Pero fue su culpa, él la condenó.

Alberto apagó el cigarro en el suelo con sus botas y prosiguió sin apartar un segundo su mirada azul, fría como aquella lluviosa mañana norteña, de los ojos de Carvajal:

     —¿Usted se debe acordar de los Pereira verdad? Dos hermanos altos, de barba, que pasaron el funeral de mi hermana sentados en el muro de fuera de la iglesia —Carvajal negó con la cabeza, confuso. El caso, las fotos, la lluvia… aquella isla estaban pudiendo con él. 

     »Probablemente ya lo sepa, pero ellos son los hijos de la familia más poderosa del pueblo, son dueños de toda la isla… y lo que no sea de ellos, lo acabará siendo. Le ofrecieron a mi hermano un dinero por una finca que tenemos cerca de su casa, ellos la necesitan para ampliar su plantación. Mi hermano se negó, claro. Decía que aquellas tierras habían pertenecido a nuestra familia desde siempre… el muy idiota.

     —¿Y qué?

     —Serían como las cuatro de la mañana. A mí me despertaron con una pistola apuntándome a la cabeza. Cuando me sacaron de la habitación, mi hermana y mi hermano ya estaban de rodillas en el salón. Había como tres o cuatro hombres más, todos con máscaras. Le dijeron a mi hermano que iba aprender a hacer caso cuando tenía que hacerlo. Se llevaron a mi hermana, que nos la devolverían cuando les vendiésemos el terreno a los Pereira.

     —¿Por qué no hablaron conmigo, con la Policía?

     —Su placa, amigo, no es nada en esta isla, importa una mierda. Aquí, nunca se olvide, mandan las sombras. Un cacho de metal, un nombre de fuera, esa pistola… no me joda, eso no asusta a nadie aquí.

     —¿De qué estás hablando?

Albertó sonrió mientras fumaba de un nuevo cigarrillo, como compadeciéndose de Carvajal, y continuó sin borrar esa expresión de fría superioridad. “Yo ya sabía lo que iba a pasar luego. Probablemente él también. Al día siguiente de firmar el contrato con el abogado de los Pereira nos llegó una carta con un mapa, marcaba un camino que llegaba hasta el monte. Allí la encontramos, muerta, violada”, explicó sin que la más mínima expresión atravesase su rostro.

     —Le repito que usted no puede entender esta isla, esto no es su mundo. Acéptelo ya. ¿Sabe por qué mi hermano nunca habló con la policía? Por miedo. Porque es pobre, y el pobre es ignorante, y la ignorancia lleva al miedo. Y mi hermano tenía mucho de las tres, como el resto de la isla. ¿Y sabe a qué le tienen miedo todos? A los Pereira. Muchos creen que son brujos, meigos. ¿Sabe usted lo que es eso? Dicen que cualquiera que se mete con ellos acaba muerto de formas extrañas, como le pasó a mi hermana.

Carvajal no reaccionaba.

     »Pero lo único que ellos tienen es dinero. Y el dinero te da el poder de hacer pensar a la gente lo que quieras. Que eres brujo, incluso. Y como le dije: mi hermano, todo este pueblo, es ignorante.

     —¿Y los vas a matar a todos, como a tu hermano?

     —Yo no maté a mi hermano por que él fuera un ignorante —dijo Alberto repitiendo su sonrisa de compasión.

     —¿Por qué lo has hecho entonces?

La sirena sonaba cada vez más cerca. Alberto pudo ver el reflejo de las luces en el agua que se deslizaba a chorros por la ventana. No paraba de sonreír.

     —Espóseme antes de que otro se lleve el mérito, ande.

     —¡Por qué lo has hecho! —desquiciado, Carvajal le apuntó con la pistola y sacó el seguro.

     —Esta noche la pasaré en el calabozo. Quizás la de mañana también. Pero un día de estos los Pereira van a pagar mi fianza y no voy a volver a estar entre rejas en mi vida.

     —Todo el pueblo te ha visto matar a tu hermano.

     —Y todo el pueblo me verá pasear con los Pereira por la plaza en dos días. Nadie se va a atrever a decir nada en contra de mí. Como le he dicho, la gente del pueblo es demasiado ignorante como para no tenerle pavor a esa familia. La única diferencia entre nosotros dos, Carvajal, es que usted parece que no puede ver la línea que separa a esta isla del resto del mundo.

     —Pero…

     —¿Pero qué? ¿Qué por qué lo hice? Pues por dinero, porque los Pereira lo querían muerto y me han pagado por hacerlo. Y para el pueblo yo no seré más que otro embrujado, otro más al que han vuelto loco sabe Dios cómo. ¿Y sabe qué? A mí me importa una mierda, porque yo ya no pertenezco a esta isla de necios, no me importa nada de lo que le importaba a mi hermano, su estúpido romanticismo, sus leyes no escritas, toda su honor y su puta mierda que lo llevó directo a la tumba. 

Acabó otro cigarro, lo tiro al suelo y, poco a poco, fue echando el humo, como disfrutando de la cara pálida, desencajada de su interlocutor.

     »Y no se equivoque, Carvajal, yo soy igual que usted, los dos buscamos lo mismo: el dinero, el éxito, la fama… —fijó la vista en un periódico doblado que hablaba de los asesinatos de la isla. Sonrió. Desde la calle llegaba el sonido de las sirenas. Alberto le volvió a ofrecer las muñecas a Carvajal.

     »Ande, no sea estúpido, no se quede sin su pedacito de gloria. ♦︎

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