La mirada de Sorrentino

Me imagino a Paolo Sorrentino mirando un vaso de agua mediado. Observando su quietud y pensando en la línea que divide el aire del líquido elemento, reflexionando cómo se puede contar con imágenes el límite. De igual modo que ha hecho con los problemas de sus personajes.

En Youth (2015) da una vuelta de tuerca más a lo planteado en La Grande Bellezza (2013). Lo que antes planteaba como una vida de exceso, en una incansable relectura de La dolce vita (1960) de Federico Fellini, se presenta ahora como una especie de barroco recogimiento. Un juego de sístole y diástole que se necesitan y se compenetran.

juventud sorrentinoLa juventud (2015) /Imagen: Indigo Film/Medusa Film/C-Films/Bis Films/Pathé/Number 9 Films.

La Grande Bellezza pone sobre la mesa el problema del paso del tiempo en una clase social alta y el sentido de todo aquel teatro en una aguda lectura de la postmodernidad. El inimitable personaje Jep Gambardella, interpretado por un genial Toni Servillo, cumple 65 años y ve que su juventud empieza a quedar lejos. El tiempo que tiene por delante intentará aprovecharlo, quizás escribiendo, aunque sin romper claramente con la nada flaubertiana que había reinado su vida y la cual representa su obsesión. “Una vida devastada” como llega a decir el esteta Gambardella en una reunión con sus amigos. Pero,  ¿cómo aprovecharlo? Tratando de ser consciente de los fogonazos de belleza que muestra la vida y que se escapan sin poder remediarlo (y en muchos casos, sin ser consciente de ellos).

El paso del tiempo, el arte, la muerte y el sentido aparecen retratados en el filme del 2013. Pero también en Youth. Los personajes protagonistas ya son más mayores que Jep Gambardella. Ahora rondan los ochenta años. Y también han tenido una vida acomodada, incluso de éxito. Pero a esa edad, las cosas se acumulan en la memoria y el comienzo del camino queda lejos. Tanto que casi ni se recuerda.

Mick Boyle (interpretado por Harvey Keitel), un director de cine, representa la vitalidad. Está inmerso en la preparación de su última película. Mientras tanto, Fred Ballinger (interpretado por un gran Michael Caine), compositor, representa la renuncia. Ambos son amigos. Son acción y espera. Todo ello representado en un lujoso hotel de los Alpes suizos, en el que, inevitablemente, la sombra de La montaña mágica de Thomas Mann se pasea por los pasillos.

La pregunta fundamental vuelve a ser cómo vivir el presente, redimir el pasado y afrontar el (poco) futuro que queda. ¿Actuar o esperar? Pero Sorrentino complica más el personaje Fred Ballinger y ahora, a diferencia de Gambardella, tiene familia. Una hija, Lena (interpretada por Rachel Weisz), que casi no conoce y una esposa abandonada en Venecia. Con su mujer no hay trato; con su hija, distancia, como le hace ver la propia Lena. Echar la mirada atrás y ver que han pasado desapercibidas cosas fundamentales para la vida es lo que representa la renuncia. Hay cosas que se han perdido absolutamente.

Mientras que Mick Boyle, la vitalidad, sumergido en su cine, lo cual representa toda su vida, su sentido, tras un encuentro con su actriz fetiche, Brenda Morel (Jane Fonda), ve la imagen que proyecta a estas alturas de la vida. Las actrices a las que ha dirigido se lo muestran fellinianamente. Y estos dos hechos le hacen girar.

Para la vida “nadie está preparado”, como dice la niña que se encuentra el actor  con vocación artística Jimmy Tree (Paul Dano) y que le repite la frase de un personaje que ha interpretado en una película fracasada. Cómo hablar de la vida y cómo ser consciente de cuándo hay un rumbo que tomar, si es que hay un rumbo que tomar.

Hablar del sentido, del tiempo y de lo que representa la muerte en la vida propia y las ajenas, es lo que hace Sorrentino con su habitual propuesta estética en un constante homenaje a Fellini. Al igual que el director de Rimini, Sorrentino nos plantea sus inquietudes. Las cosas importantes en la vida, parece decirnos, son pocas pero complejas, aunque nos distraiga el ruido del mundo, incluso en lo que parece casi un cementerio como el hotel de los Alpes.

Quizás, aunque suene arriesgado, Youth representa para La Grande Bellezza el cierre que representa en James Joyce el Finnegans Wake para el Ulysses. Como la vida: riesgo y desmesura.

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