La eterna dignidad de Buster Keaton

El primer recuerdo que tengo de Buster Keaton es de niño. En algún momento de los primeros 60 vi Siete ocasiones. La secuencia de la persecución de las novias al pobre heredero que ha de casarse antes de que acabe el día se instaló en mi memoria con un halo de misterio, como el sueño de un lugar o una vivencia personal que no se acierta a ubicar, pero que se reconoce como algo propio. Se trataba, ahora lo sé, del poder de una imagen. Así de simple, y de complicado. Todas esas mujeres por una calle, corriendo hacia la cámara, a la que se acerca el angustiado hombre de gesto rígido, hierático. Me fascinó la imagen, sin más, sin necesidad de asignarle ningún significado. Cuando años después, en la edad adulta, volví a ver aquella película, disfruté igualmente, pero de otra manera. La inventiva y el talento de Buster Keaton, el genio de la imagen, el más expresivo de los cineastas mudos, el hombre de cine más de cine que ninguno, me ganaba desde la nostalgia y la fantasía del desaparecido, del mito. Entonces sabía algo ya de la vida real de ‘Pamplinas’, su caída en desgracia, profesional y personal, las semejanzas del hombre real con el personaje, la bancarrota financiera y la rabia íntima por haber sido devorado por la gran industria cinematográfica, el alcoholismo como consecuencia. Y sabía de sus apariciones furtivas en el celuloide de viejos amigos, como el destello mágico de un tiempo pasado, algo así como la persistencia de una conciencia antigua. Me convertí en un cazador de avistamientos de Keaton después de Keaton, de esa sombra avejentada de sí mismo, reconocible en su gesto duro y digno, en una mirada expresiva como ninguna, en la ausencia de un gesto hecho para otros mundos, para otros hombres: el de la sonrisa. Me fascina verlo hoy en esos cameos suyos, en El crepúsculo de los dioses, jugando a las cartas —cómo no—, en La vuelta al mundo en 80 días —haciendo de maquinista de una locomotora, de nuevo—, y por supuesto, en Candilejas, con su amigo Charlie Chaplin, en uno de los momentos cumbres de la historia del cine, una venganza de justicia histórica y poética por todo lo que fue el nacimiento de un arte nuevo, después de tres milenios de civilización concentrando la expresión y el placer estético en seis bellas artes. 

Buster KeatonBuster Keaton en Nido de amor (The love nest, 1923)

Buster Keaton tiene ese papel de mito. El futuro fue para él posteridad. Sobrevivió al tiempo de la historia porque sucumbió al suyo propio, al presente de su vida. Tiene esa facultad de ser una misma cosa que se comprende de manera diferente en un momento y otro de la vida. Está el Buster Keaton de la infancia y el de la edad adulta. Y los dos son necesarios, representación de una maduración personal. Me atrevería a decir que los niños del siglo XXI, expertos en tecnología desde los tres años —o antes—, reirían con la misma carcajada que sus abuelos ante las arriesgadas desventuras de Buster Keaton, sus persecuciones y caídas, los golpazos de imposible supervivencia a los que él sobrevivía, apuesto a que los niños de hoy quedarían maravillados por la inteligencia de un personaje que consigue escabullirse del peligro en el último instante, retándolo, engañándolo, con una picardía de excelso pragmatismo. Apostaría, también, a que los niños, de cualquier época, se quedarían inevitablemente hipnotizados por la quietud de la mirada al infinito de Buster Keaton, por su embobamiento reflexivo. Porque si algo no cambiarán todos los videojuegos y aplicaciones de telefonía móvil del mundo, serán los momentos de evasión de un niño, esas miradas al vacío en las que los pequeños se zambullen con toda su imaginación, al galope, soñando, sufriendo, comenzando a amar, a huir, imaginando qué pasará mañana, qué es el mañana, qué será de ellos, si siempre serán, o dejarán de ser, fantaseando con volar, literalmente, o con saltar y correr más que nadie, con desaparecer… como lo hacía Buster Keaton. 

Y está el adulto que recuerda esos silencios suyos de niño. El mismo adulto que conoce la historia de las cosas, que sabe que Buster Keaton se convirtió por derecho propio en una estrella del cine, y que luego desapareció, o lo desaparecieron. El adulto se asombra de que el propio Keaton llegara a viejo. Eso lo primero. Volver a ver las películas de ‘cara de palo’ con consciencia de lo grabado produce una sensación de incredulidad. No había entonces efectos especiales como ahora los conocemos. Y uno se pregunta cómo es que Buster Keaton, que no utilizaba figurantes ni dobles, fue capaz de hacer las cosas que hizo. ¿Cómo no murió en un rodaje? En serio. Solo hay que verle correr para darse cuenta de que era un hombre extraordinariamente atlético, corría como los profesionales, rápido y con estilo depuradísimo —algo casi imposible de encontrar en un actor hoy día, saben montar a caballo, hacer malabares, jugar al billar y boxear como los mejores, pero no les pongan a correr, quedará en evidencia que son gente torpe—. Buster Keaton contaba con una agilidad maravillosa. A fin de cuentas, debutó sobre los escenarios con 4 años, en un espectáculo de vodevil con sus padres, en el que era zarandeado y expuesto a tales riesgos que la sociedad de protección a la infancia de Nueva York llegó a prohibir el show y dejar a la familia sin licencia para actuar. Tal vez por esa experiencia temprana el elástico Keaton era capaz de colgarse de cualquier cosa, saltar desde alturas imposibles, y llevar a cabo destrezas al alcance de unos pocos elegidos. Y es por esa agilidad y fortaleza, real pero también elemento distintivo de sus personajes, que el adulto que recuerda a Keaton lo hace con tristeza, con la mirada compasiva hacia el héroe que parecía imbatible y que se ve derrotado. 

Después de filmar sus mejores películas, en los años 20, entre 1923 y 1928, teniendo el control absoluto sobre todas las decisiones artísticas de los rodajes, la unidad de Buster Keaton fue asumida por la Metro. Había rodado ya su obra maestra, El maquinista de La General, y arrancaría en la MGM con The cameraman, donde un operador de cámara sueña con ser contratado, precisamente, por la Metro, para poder estar cerca de la chica a la que ama. El sueño de pertencer al gran estudio nunca fue real, y de hecho, constituyó el final como cineasta de Keaton. No fue, como se suele decir, el paso del mudo al sonoro lo que acabó con su carrera, sino el paso de la independencia creativa de los años 20 al sistema de los grandes estudios, que asfixiaron al artista hasta apagar su chispa. 

Cuando veo hoy las películas de Buster Keaton pienso en el pasado y llego a las mismas conclusiones que en mis días de niñez. Aquel hombre de gesto adusto sigue proyectando una forma de ser admirada, deseada para mí mismo. De pequeño quería vivir sus aventuras, o más exactamente, demostrar que era capaz de salir de ellas como él lo hacía, siendo más listo y más rápido que nadie. Y hacerlo con ese halo imperturbable, con esa suficiencia humilde, con esa seriedad de los hombres duros y elegantes que encierran tiernos corazones. De mayor, de viejo, por qué no decirlo, admiro y deseo la dignidad con la que Buster Keaton se enfrentaba a enemigos mil veces mayores que él. Y vencía.

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