La carrera imposible de Steve Prefontaine

Era el día, 30 de julio de 1976, viernes tarde. Y era el lugar, Montreal, el Estadio Olímpico. Durante cuatro años, Steve Prefontaine no había hecho otra cosa que pensar en aquella cita, la final de los 5000 metros de los Juegos Olímpicos de 1976. Había estado preparándose para aquella ocasión hasta cuando parecía que no lo hacía, los meses que estuvo ‘perdido’ y vagando por las playas de Oregon, pensando en el fracaso y en el éxito, en todo lo que había experimentado aquella otra tarde de hacía casi cuatro años, en septiembre de 1972, en Munich, cuando descubrió para sí mismo y para el mundo que uno puede hacerlo todo bien, que puede poner toda la carne en el asador, arriesgarlo todo, ir franco y valeroso al combate… y perder. Porque el mundo es así, y la justicia poética no rige el curso de las cosas. Pensaba en todo eso y en que, quizás, había llegado el momento de que la justicia y la poesía le correspondieran. Ya no era el más joven de la carrera, no era el chiquillo de apenas 21 años de Munich. Ahora había otros, pocos, pero dos o tres corredores más jóvenes que él, incluido un compatriota y amigo, el bueno de Paul Geis. Steve lo sabía: estaba en su mejor momento, la mejor edad y con experiencia, los músculos mas fuertes y la sangre más fría. Con la sensación de que no era imbatible, la mirada fija en el tartán en la línea de salida, tranquilo, sabiendo que podía perder, pero que esta vez no sería por falta de cabeza. Tenía a su gran rival, Lasse Virén, justo al lado. Ambos con la cabeza gacha, pegados a la cuerda, entre las calles uno y dos. El juez dio el pistoletazo de salida. Estaba en marcha.

Steve-Prefontaine-OregonNada más comenzar la carrera tuvo que afrontar su primera encrucijada. Los corredores de las calles exteriores se hicieron en seguida con la cabeza del grupo, y Virén, el hombre de hielo, les dejó tranquilamente que lo hicieran. Su modus operandi habitual. Se quedó casi al final, en las últimas posiciones. Pero ¿qué hacía él? Su naturaleza mandaba a Pre hacia delante, donde había ido siempre, a cabeza de carrera, el único puesto donde corría a gusto, poniendo desde el inicio un ritmo frenético. Eso supondría perder de vista a Virén, ese maldito finlandés que corría mejor que él y al que no parecía perturbarle nada. Y Pre decidió. Si Virén iba tan confiado en sus fuerzas que se quedaba esas primeras vueltas a fin de grupo, él no iba a ponerse nervioso ni a ser menos. Se quedó detrás de él. El ritmo no era malo en general, así que no había motivo para irse gratuitamente hacia delante. Esperaría a ver la prisa que el finlandés tenía por marcar el ritmo. Y el momento llegó a falta de ocho vueltas, justo las dos últimas millas. Virén se salió a la segunda calle y avanzó desde la novena posición a la tercera, tomó posición y unos segundos después volvió a estirar el grupo, poniéndose a la cabeza. En la recta por el paso de meta, Pre pudo echar una mirada rápida a la grada, a Bill, su entrenador, que sabía que Pre estaba sufriendo, no por el ritmo, sino por controlar sus impulsos. Virén acababa de poner sobre el tartán un ‘aquí estoy yo’. Y Steve no pudo contenerse al poder de sus instintos. Nada más comenzar la séptima vuelta lanzó un ataque y se puso el primero. No pretendía romper la carrera, tan solo dejarse ver y demostrar que no tenía por qué seguir el ritmo de nadie. Hizo doscientos metros en 32 segundos. Ahí estaba él. 

Al paso de la segunda milla, cuando solo restaban cuatro vueltas, la carrera se animó. Era como si, de repente, todos los corredores se hubieran convertido en él hace cuatro años. Ingleses, neozelandeses y alemanes se pusieron a tirar y pasarse unos a otros. Virén cayó hasta el octavo puesto en apenas media vuelta. Pre le miró de reojo y vio que seguía con su gesto esforzado pero imperturbable, cogido a la cuerda como si  tuviera vértigo de moverse de un sitio seguro en un puente precario. Todo era nuevo para él, porque jamás tuvo que estar pendiente de ningún rival. Los demás eran quienes le miraban a él de soslayo, si es que podían ponerse a su lado. Y no lo pudo soportar más, pero lo hizo, se quedó junto a Virén y volvió a esperar la reacción de éste. El campeón olímpico no se hizo esperar, se abrió lo justo para pasar al resto de locos raudos y ponerse de nuevo en cabeza. Dos vueltas para el final. Virén pasaba en primer lugar y él en segundo, muy pegados. 

Steve PrefontaineCuatro años atrás, en la final de Munich, Pre corrió las últimas cuatro vueltas marcando un ritmo alto. Al paso por meta en las dos últimas vueltas, Virén le pasaba, pero él no le cedía la posición más de unos segundos, y volvía a atacar en la contrarrecta para ponerse al frente de la carrera. Entonces tenía 21 años y pensaba que era imbatible. Ahora tenía 25 y sabía que las fuerzas se pueden acabar en el último momento, y de forma fatal. Tenía todo eso claro en su mente. Había estado cuatro años preparándose para afrontar la situación que entonces le ocupaba. Por eso, todo su entorno se echó las manos a la cabeza cuando vio que Pre pasaba al frente y que corría la penúltima vuelta a la ofensiva. Las manos a la cabeza porque el Pre loco, el fanático del espectáculo, el de las demostraciones de fuerza y orgullo, el temerario, se estaba imponiendo una vez más. 

Al toque de campana ocurrió algo imprevisto. Pre cedió, pero no por falta de fuerzas, sino tras una fugaz mirada a su derecha. Virén le adelantó, y a Virén le siguieron Dixon, Quax, Foster y un alemán cuyo nombre no sabía. La carrera se había vuelto loca. Y preciosa. Entraron en la curva final seis corredores dando el máximo de sus fuerzas. Pre fue consciente de que estaba participando en la carrera más hermosa que había visto en su vida. Virén seguía en cabeza, esprintando, sin soltar la cuerda. Él se mantenía a su espalda. Por el exterior Dic Quax, el rubio neozelandés avanzaba y avanzaba, y Virén parecía que le aguantaría, pero tuvo que abrirse un poco, y fue entonces cuando Pre lo vio claro. Tenía medio metro para colarse por el interior. Y no cerró los ojos como en la recta final de Munich, cuando estuvo a punto de ser el campeón olímpico más joven de la historia en la prueba, y finalmente las fuerzas le abandonaron, cuando en los últimos quince metros perdió incluso la medalla de bronce, que parecía asegurada, y entró en meta completamente desequilibrado por el esfuerzo extenuante e impotente. No cerró los ojos, al contrario, los abrió todo lo que pudo para adelantar a Virén por ese hueco, nacido de la paciencia y la inteligencia, posibilitado por la fuerza propia y la de sus rivales. Pre alcanzó a Virén, se puso par a par, ganó su espacio, estaban parejos a veinte metros de meta. Pre apretó y apretó, y apretó más y…

Y nada. Porque Pre, el eternamente joven Steve Prefontaine, el corredor más valiente que se había presentado por primera vez en una final olímpica, no corrió nunca aquella carrera de Montreal 76. Hubiera podido hacerlo. Y posiblemente hubiera actuado como quien esto escribe lo imagina. Se hubiera mostrado igual de fuerte pero más maduro. Y, quién sabe, tal vez hubiera ganado a Lasse Virén. Sólo él era capaz. Pero Virén ganó, revalidó su título de 5000 y también el de 10000, dejando escrita una de las mayores gestas del fondo de todos los tiempos. Pre no corrió jamás aquella magnífica final de los 5000 metros de los juegos de Montreal porque un año antes, el 30 de mayo de 1975, estrelló su descapotable naranja de madrugada, cerca del campus de la Universidad de Oregon, donde había erigido su leyenda rompiendo uno detrás de otro todos los records del fondo norteamericano.

Prefontaine MunichSteve Prefontaine, liderando la final de 5000 en Munich 72, con Virén detrás / Imagen: Getty.

Siempre se escribe sobre Steve Prefontaine sobre lo que hizo y lo que significó. No fue poco. Su fallecimiento, cuando se encontraba en el mejor momento de su carrera y se postulaba como la futura gran figura mundial de las carreras de fondo, sumado a la consagración de su personalidad rebelde como atracción de masas, le convirtió en mito. Todo está dicho. Las estadísticas de sus carreras son incontestables. Se han hecho películas que recogen lo atractivo de su personalidad, la del ‘James Dean del atletismo’, hasta coincidir en su trágico final. Es innumerable el merchandising decorado con su imagen de hipster de primera hora y algunas de sus frases, convertidas en lemas: “Mucha gente corre para ver quién es el más rápido. Yo lo hago para ver quién tiene más agallas”. “Alguien me puede vencer, pero va a tener que sangrar para conseguirlo”. “Dar algo menos que lo mejor de ti, es sacrificar un don”. “El mejor ritmo, es un ritmo suicida, y hoy es un gran día para morir”. De lo dicho, hecho y corrido por Steve Prefontaine, todo se ha narrado. Para algunos aficionados lo más bello es observar a Pre desde una óptica diferente a la del recuerdo, desde la de la imaginación de lo que pudo ser.

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