Godzilla y los monstruos de la bomba

Antes, mucho antes de Takeshi Kitano, Hayao Miyazaki o Naomi Kawase, el cine japonés triunfaba en España. Era común ver las coloridas marquesinas de aquellos cines de sesión continua setenteros exhibir carteles anunciando títulos de indudable factura nipona como Gorgo y Superman se citan en Tokio, La batalla de los simios gigantesKing Kong contra Godzilla. Era otro siglo, el siglo atómico de la guerra fría marcado irremediablemente por el viento de fuego de Hiroshima y la psicosis nuclear. Un mundo enfermo por el terror a la destrucción total que conjuraba los fantasmas del apocalipsis a través de la crítica erudita, pero también por medio de la ficción y de la fantasía más desbocada.

MCDGODZ EC052Godzilla (1954) / Imagen: Toho Company.

Japón sufre en sus propias carnes la sangrienta inauguración de la era de los bloques antagónicos que marcará toda la segunda parte del siglo XX. Aquel aciago agosto de 1945 el vientre del bombardero tipo B-29 bautizado como Enola Gay dio a luz a un hongo monstruoso sobre Hiroshima que quedará para siempre como la iconografía del fin de los tiempos. Unos días después la ciudad portuaria de Nagasaki es igualmente borrada del mapa forzando la rendición de las armas niponas y subrayando el aviso a los nuevos enemigos potenciales de los Estados Unidos, la Unión Soviética. Pero el inconsciente colectivo japonés acarreará desde ese verano el miedo irracional a la destrucción total y sobrenatural a la que ninguna fuerza humana puede hacer frente. Ese trauma se traducirá en los años cincuenta en un nuevo género cinematográfico protagonizado por monstruos gigantes, a menudo especies mutantes por la radioactividad de las armas nucleares, cuya ira se traduce en no dejar piedra sobre piedra de las ciudades del sufrido archipiélago. Son las películas del saurio Godzilla —la primera y original estrenada en 1954—, y de sus pintorescos sucesores, que no tienen por qué ser lagartos, puesto que militan en el elenco desde tortugas, hasta polillas y cefalópodos gigantes tipo sepia, como el horripilante Dogora de Uchū Daikaijū Dogora de 1964.

Pero todo este aparente carnaval de criaturas destructivas tiene su correspondiente etiqueta dentro de los cánones de la cultura popular, el género se denomina ‘kaiju eiga’, que en japonés quiere decir previsiblemente ‘película de monstruos’, aunque con un acento especial, difícil de traducir al castellano, en las características sobrenaturales, y en ocasiones casi divinas, de los ejemplares protagonistas.

Nuestro monstruo de cabecera, el inmenso Godzilla, surge de la mente y del buen hacer de Ishiro Honda —al que se sumó en entregas posteriores el no menos grande Jun Fukuda—, trabajando para una productora, Toho, empresa que nació en los años 30 financiada por una compañía de ferrocarriles para poner en escena obras de ‘kabuki’, un género de teatro japonés. Ya en la misma década se convierte en un potente ariete del cine nipón que, después de la guerra mundial, exporta filmes a Estados Unidos. Sin embargo, la producción en la primera mitad de los cincuenta de Gojira, que es como se llama en japonés Godzilla, abre la puerta a la especialización de la compañía en el género de las grandes criaturas con manías demoledoras. Y todo este rosario de filmes disparatados que abarca varias décadas es obra en gran medida de estos dos hombres, Honda y Fukuda, que firman casi entera la saga monstruosa.

godzilla honda toho studiosIshiro Honda con su criatura, 1954 / Foto: Toho Company.

A principios de los 70 José Luis Garci definía con gracia en un artículo sobre cine fantástico la estructura de las películas de monstruos gigantes: “1) Una explosión atómica despierta al monstruo o bien esa explosión produce una mutación: un reptil insignificante se transforma en un animal de mastodónticas proporciones. 2) La criatura hace su aparición, ataca y destruye varios pueblos; todavía poca cosa. 3) El monstruo ataca Tokio: es la gran secuencia de trucaje del film, donde se lucen los especialistas. 4) Las fuerzas del ejército utilizan todos los medios posibles, todos los adelantos bélicos, para destruir al animal, sin ningún resultado. 5) Momento de abatimiento general; vemos la huella del monstruo, la destrucción de las ciudades, el éxodo de las masas. Ya, para entonces, la actriz se ha enamorado del protagonista y comparten las calamidades. 6) Alguien, el científico joven, apunta la última posibilidad y… efectivamente, el monstruo se desploma entre grandes alaridos, destruido. Algo de amor y fin”.

Esa es precisamente la trama de Godzilla y para la gestación de su protagonista, el primero de los monstruos de la bomba, el equipo de producción de Toho se inspiró en los grandes dinosaurios del Cretácico y del Jurásico, como el Plateosaurio o el Estegosaurio, en las placas dorsales, si bien supone un diseño lo suficientemente ajeno al rigor paleontológico para permitirle a los guionistas asumir todo tipo de  licencias. En cuanto al nombre del bicho, parece ser que es una conjunción del vocablo gorila con la palabra japonesa ‘kijura’, que significa ‘ballena’, y según cuentan las malas lenguas, era el mote de un orondo empleado de la empresa. Para la animación de la bestia se tomó la decisión de no utilizar la técnica de stop-motion (rodar fotograma a fotograma con muñecos articulados), como había hecho Eugène Lourié un año antes en la producción norteamericana El monstruo de los tiempos remotos, y en cambio utilizar a un actor disfrazado desplazándose sobre maquetas a escala.

El éxito inmenso de Godzilla en Japón y las buenas cifras de taquilla trajeron una secuela al año siguiente del estreno, conocida en España como Godzilla contraataca (El rey de los monstruos). A pesar de haber sido destruido en la entrega precedente, Godzilla reaparece en escena enfrentándose a otro saurio que se estrena en las pantallas, llamado Anguirus, con quien entabla un combate con el consecuente daño a la propiedad, esta vez en Osaka, a diferencia de la primera entrega que centraba el cataclismo en la capital japonesa. La introducción de un nuevo personaje colosal supone variantes en el ‘kaiju eiga’, como muy bien explica Ángel Sala en su libro Godzilla y compañía (1998), ramificando el género en: 

Kaiju eiga Puro: el elemento primordial es un ser destructor al que se combate hasta que es derrotado, como en el Godzilla original.

El enfrentamiento entre Monstruo A y Monstruo B, en el que uno puede ser benefactor y el otro malvado, los dos malvados o sencillamente indiferentes. Godzilla contraataca es un ejemplo de ello.

Monster mash: reunión de más de dos monstruos que se zurran en grupos o todos contra uno de ellos.

Godzilla-Vs-Mothra-Godzilla contra Mothra (1964) / Imagen: Toho Company.

Pero no sólo de saurios vive el ‘kaiju’: la producción de Toho de 1956 Rodan (Los hijos del volcán) tiene por protagonista a una especie de libélula gigante primitiva cuya larva se encuentra en una mina. Y la verdadera estrella después de Godzilla es Mothra, la polilla gigante, que tras su debut en la producción de Inoshiro Honda del mismo nombre de 1961 es el bicho más popular del género y el que más películas ha protagonizado. Mothra es la deidad de una isla perdida que viaja a la civilización para vengar un robo en sus dominios, dos pequeñas hadas, primero manifestándose como larva y luego como mariposa colosal.

El mayor éxito económico del ‘kaiju eiga’ es King Kong contra Godzilla, cuyo estreno en Japón lo vieron más de once millones de espectadores y supone uno de los mayores pelotazos videográficos de la historia del país del sol naciente. Como el propio nombre de la cinta indica, el eje de la trama enfrenta al popular monstruo nipón contra el simio gigante que en la producción americana de RKO de 1933 era ametrallado, zarandeado y despeñado desde el Empire State Building de Nueva York (por supuesto nadie explica cómo ha resucitado el primate y su retorno a la isla, ni falta que hace).

kingkong vs godzillaKing Kong contra Godzilla (1962) / Imagen: RKO General Pictures/Toho Company/Universal International Pictures (UI)/John Beck.

Otro de los personajes destacables del cine japonés de destrucción es el pintoresco King Ghidorah, un ser multicéfalo en la más pura tradición mitológica, que protagonizó la producción de 1964 Ghidorah, el dragón de tres cabezas. El film constituye un hito en la saga pues es la primera ocasión en que Godzilla se pone del lado del bien para combatir, junto a Mothra en versión oruga y a la libélula Rodan, al recién llegado, que coincide que es un ser extraterrestre que ha caído a la Tierra dentro de un meteorito. Este título fue otro importante éxito cuyo estreno vieron más de cuatro millones de japoneses.

La nómina de bestias destructivas siguió ampliándose durante las décadas de los sesenta y setenta, que ven nacer criaturas (tanto de Toho como de otras productoras) como la tortuga Gamera, la langosta Ebirah, el ser de polución Hedorah o el robot asesino Gigan, de 1972. En muchos casos las cintas incluían simultáneamente a varios miembros del bestiario, que asciende a más de cincuenta seres, luchando entre sí. Tras un bajón de actividad monstruosa durante los ochenta, en los noventa reaparecen con fuerza las películas de Godzilla y de sus colegas King Ghidorah, Mothra y Gamera. En 1995 Toho decide matar a Godzilla en un enfrentamiento con Destroyer (Gojira Tai Desutoroia), no tanto por la fatiga del personaje como por el suculento negocio que supuso la venta de los derechos del monstruo a Tri-Star, lo que dio lugar a la versión americana de Roland Emmerich, estrenada en el verano de 1998 (logradísima en el tema de efectos especiales, pero muy sosa para mi gusto, sin el encanto kitsch de las producciones niponas).

Gorgo y Superman en Tokio - GodzillaA los de más edad siempre nos quedará el grato recuerdo de haber disfrutado esas películas de monstruos acartonados en los cines de barrio, con sus personajes imposibles y sus situaciones grotescas, cuyos títulos recibían en nuestro país el toque surrealista de los traductores españoles. Véase el ejemplo de Godzilla contra Megalón (1973), aquí rebautizada como Gorgo y Superman se citan en Tokio, un título ortopédico donde los haya, pero que alcanza la cumbre de lo ridículo cuando descubrimos que el citado Gorgo no sale en el film (es realmente el nombre de un monstruo de una producción americana de Eugène Lourié), y que al que llaman Superman no es otro que un robot que responde al nombre de Jet Jaguar. Para matarlos…

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