Estallidos literarios: Chéjov y ‘La dama del perrito’

De la Santísima Trinidad del realismo ruso, Tolstoi es el dogmático entrañable que pregona las grandes verdades desde el púlpito de sus novelas y Dostoievski el iluminado que se retuerce y se abisma en lo  más profundo de nuestras miserias. El tercero en discordia, Chéjov, carece de la tensión dramática de sus compañeros, no grita consignas ni escarba en las entrañas. Él solo es un humilde cronista que observa el mundo y nos cuenta qué pasa, una suerte de entomólogo capaz de captar la extraordinaria textura oculta en el gesto más ordinario, desde la violencia que late en el batir de alas de una mariposa a la tensión trágica que atenaza a una dama mientras pasea a su perrito de lanas. Los cataclismos de sus cuentos lucen vaporosos y los gritos se revisten de silencio, porque cada palabra suya equivale exactamente a un trozo de vida, ingrávida como el lenguaje, densa como la realidad. ¿Con cuál de los tres novelistas nos quedaríamos? Más allá de la impertinencia de la pregunta, yo no tengo dudas; como emisario político elijo a Tolstoi, como psiquiatra a Dostoievski, como amigo a Chéjov. 

La dama del perrito es un ejemplo más de cómo transforma Chéjov la literatura en vida. Una joven casada (Anna), conoce en un balneario a un viejo galán, también casado, por supuesto. No tardan en intimar y en mantener una relación clandestina. Para él es una aventura más, crepuscular y rutinaria, acaso la última; para ella, en cambio, es la primera y se entrega con el ardor romántico y culpable de la mujer que busca desesperadamente el amor negado por el matrimonio. Después de su primer encuentro en un hotel de San Petersburgo, él abandona la cama en calzoncillos y comienza a degustar glotonamente una rodaja de sandía. Todo está en orden, le ha regalado ternura, han disfrutado del sexo, aún les quedan unos días sin testigos para pasear de la mano, ver atardeceres, cenar juntos y volver a amarse. Maravilloso. Por eso no entiende la reacción de Anna, sus lloriqueos sobre la almohada, su necesidad de hablar sin parar, de todo, de su vestido arrugado, de la culpa infinita, del futuro incierto, del presente vaporoso, del dulce dolor, de la excitante mentira, del vergonzoso gozo, bla, bla, bla… Ella necesita explicarse el tamaño de su contradicción, de ahí que tampoco entienda que tras un encuentro tan colosal a él no se le ocurra otra cosa que roer una sandía con las canillas al aire, agotado por el esfuerzo, como el atleta que repone los niveles de azúcar al alcanzar la meta. 



Se han acoplado, sí, han viajado juntos unos minutos, pero la unión no ha facilitado el entendimiento. Al cabo, siguen siendo dos barquitos a la deriva que chocan y luego se alejan. Ella lo ve protector, pero frívolo y perezoso, él la ve (bastante) hermosa, pero algo histérica y sobreactuada. Ese deseo satisfecho que para él supone un remanso de paz corporal y espiritual, para ella es el comienzo de una tormenta perfecta que le permitirá, por fin, transformarse en una heroína trágica. Son dos seres humanos, pero así, uno en la cocina escupiendo pepitas sobre el cenicero, y la otra en la cama, manchando de rímel el embozo de la sábana, parecen individuos de especies distintas, chimpancé y sapiens, por ejemplo.

También Rojas, Flaubert, el mismo Tolstoi o Clarín nos contaron historias similares de comunicación horizontal e incomunicación vertical entre amantes. Sin embargo, a diferencia de sus compañeros, Chéjov no necesitó de una novela para ir un paso más allá, para superar la tentación de la parodia y mostrarnos la profunda sencillez que mueve a estos dos seres casi primigenios. Y es en este instante cuando asistimos al estallido literario del cuento. 

Una semana después cada cual regresa a su casa. Entonces él empieza a sentir una extraña zozobra. La echa de menos, quizá porque se nota ya viejo y necesitado de cariño. No puede dejar de pensar en ella mientras ejerce de marido atento y de amigote burgués. Advierte que está viviendo dos vidas, una auténtica en la clandestinidad, y otra falsa, aceptada socialmente. En una ocasión incluso pretende confiarle a su mejor amigo el peso de su angustia, pero este se protege de la confidencia hablándole de lo fresco que estaba el besugo.

Y el viejo amante entonces comprende que toda su vida ha sido una impostura, la ha malgastado al lado de una mujer que no ama y de unos amigos del todo intrascendentes. Se hace viejo, sí, el tiempo apremia, urge separar lo accesorio de lo necesario. Accesorias son sus fiestas, su trabajo gris y su matrimonio acartonado, necesarios son sus días en el balneario, comiendo sandía después de haber amado a una mujer (bastante) hermosa, la primera que ha descubierto en él a ese ser excepcional que nunca fue. No sabe qué le ocurre, cuanto le rodea se le antoja distante y desvaído, todo le llega distorsionado e informe, le cuesta desplazarse, sonreír, comer (la sandía ya no le sabe igual). Sólo cuando recuerda a Anna y a su perrito o cuando imagina el reencuentro, su cuerpo se recupera de la parálisis. Tarda en reconocer lo que le sucede, acaso porque nunca antes experimentó los síntomas del amor. Los mismos que ella padece en la distancia.

Él solo es un viejo chimpancé que huye de la soledad; ella, una joven sapiens que huye de la soledad. Dos mediocres soledades unidas en su destino que toman la decisión, tan poco heroica como humana, de consolarse con nuevos encuentros secretos. Chéjov pudo hacerlo, pero no nos engañó con la crónica adulterada de un final deslumbrante de fugas, raptos o suicidios. No, sencillamente los amantes se reencuentran una vez al mes, una vez al mes se encasquillan en el diálogo, se aman.  Y una vez al mes él come sandía y ella llora sobre el embozo de la sábana pensando ya en la nueva cita. Todo resulta un poco claustrofóbico, un poco sórdido, pero también de una ternura sobrecogedora, porque esos dos individuos, algo cobardes y algo valientes, algo mezquinos y algo generosos, se parecen tanto a nosotros que cerrando los ojos, cualquier hombre-chimpancé podría degustar el sabor dulce de su sandía y cualquier mujer-sapiens el salado sabor de sus lágrimas impregnadas de rímel. 

Así es como Chéjov obra el milagro de convertir la literatura en vida. Si no lo  creen, pasen y lean.       

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