El Zika, Rockefeller y el agente Mulder

El 1 de febrero, la Organización Mundial de la Salud comunicó que la epidemia del virus del Zika, que se “propaga de manera explosiva” por América Latina, era suficiente para declarar la emergencia sanitaria. Los medios informativos del mundo entero se hicieron eco de la noticia. Si en países como Brasil, el principal afectado, el Zika no es un desconocido, en la mayor parte del planeta se escuchó su nombre por primera vez. 

La opinión publica, después de la crisis del Ébola, se muestra especialmente sensible ante riesgos para la salud de carácter epidémico y grave enfermedad. Pero el temor al contagio, la atávica preocupación ante una hipotética situación de crisis sanitaria por causas víricas ha estado en el subconsciente colectivo desde antaño, como un vestigio de experiencias históricas más recientes de lo que pudieran parecer, como la epidemia de gripe española de comienzos del siglo XX, o la propagación del SIDA. Cabe decir que las consecuencias del contagio del Zika no son, en términos generales, graves. Los síntomas de la enfermedad suelen ser los de una gripe, salvo en algunos sectores de riesgo, como las mujeres embarazadas, entre quienes el virus, si contagia al feto, podría hacerle llegar a padecer serios daños. Se ha relacionado —estadísticamente, a falta de investigaciones que lo corroboren— casos de niños nacidos con microcefalia en madres contagiadas del virus. El virus se transmite por la picadura de mosquitos Aedes, y se aisló en monos en los bosques Zika, de Uganda —de ahí su nombre—, en 1947.

La bomba informativa explotó en España después de confirmarse los primeros casos de enfermos por Zika en nuestro suelo. A la preocupación sanitaria siguió la calma por el conocimiento de riesgo bajo para la salud. Y la cadena de sensaciones racionales se completó con la desconfianza sobre la información y la sospecha de sombras en el origen del problema. A buen seguro, una parte considerable de quienes escucharon la noticia, no pudieron evitar pensar que el Zika era un nuevo caso de conspiración de las élites del poder económico y político mundial. La mirada aviesa ante tales informaciones no se puede evitar. Son numerosos los casos de alarmas que se han apagado generando enormes gastos estatales, en beneficio de las empresas farmacéuticas que han contado con las panaceas a cada emergencia sanitaria. Solo recordemos el famoso caso de la gripe aviar y los 37 millones de vacunas adquiridos por el gobierno de Zapatero en 2009, por 266 millones de euros. 

El caso es que la repetición de la fórmula del virus cual ‘lobo que viene’, la expansión del pánico y la oferta de solución es un negocio que comienza a resultar burdamente fraudulento. Tanto es así que cada vez es más habitual perder la vergüenza de reconocer que se cae preso de las llamadas conspiraciones. Y eso puede ser un problema, porque contrarrestar con sensacionalismo y falta de rigor informativo el pánico y la mentira, incluso cuando se tiene razón, no es la solución. Pero lo cierto es que, en ocasiones, en muchas ocasiones, hay realidades perfectamente contrastables que incitan a sospechar de los intereses que subyacen detrás de determinadas tragedias. Y el caso del Zika es uno de esos.

No tardó demasiado en crecer en Google, a continuación del tecleo de ‘virus Zika’, una coletilla de nombre propio: ‘Rockefeller’. Un dato misterioso salía a la luz, se trataba del registro en el archivo de la empresa de patentes LGC Standards-ATCC, de la propiedad del virus, a nombre de J. Casals, de la Fundación Rockefeller. El dato, comprobable con el acceso libre al registro, sin confusión alguna, dio pie a poner en marcha la máquina de las sospechas, en este caso de fundada lógica. No menos sorpresivo, pero sí igual de combustible para avivar la llama de la conspiración empresarial, fue la confirmación por parte de dos importantes laboratorios, el estadounidense Mybiosource y el canadiense Biocan Diagnostics, de que estaban listos para comercializar un test de diagnóstico de la enfermedad. El mismo día —28 de enero— que la OMS lanzó el globo sonda sobre la posibilidad de considerar al Zika como emergencia sanitaria mundial, la farmacéutica Invio Pharmaceuticals informó que comenzaba una “fase de ensayos clínicos” para lograr vacuna. Sus acciones subieron un 15%. 

Las explicaciones sobre la propagación del virus por Latinoamérica han encontrado razones y presentado conjeturas varias. La más extendida habla del foco originario de expansión, en la zona de Juazeiro, el extremo oriental de Brasil, vinculando otra probada iniciativa para paliar las plagas de mosquitos Aedes en la zona, que consistió en la liberación de millones de mosquitos modificados genéticamente para impedir su reproducción y los numerosos casos de dengue que provocaban. La empresa Oxford Insect Technologies fue la encargada del proyecto, cuyos efectos, hay quien considera, tuvieron que ver con la expansión del Zika, aun a costa de la del dengue.

El problema, llegados a este punto de la discusión, es que resulta imposible saber si conocemos la verdad. La información masiva se ha convertido en una dudosa portadora de veracidad. Y la sociedad ha llegado a un punto de desconfianza tan grande de las ‘verdades oficiales’ que ya no duda de que, detrás de todo, hay intereses ocultos. Los hechos constatan que tras cada tragedia hay unos mismos nombres para quienes las malas noticias, incluidas las que avisan de un riesgo grave para la vida humana, son síntoma de beneficios económicos. Las noticias sobre el Zika han coincidido con las de la vuelta a la parrilla televisiva de una de las series más seguidas de la historia, Expediente X, la ficción por antonomasia que rendía tributo a las teorías de la conspiración. Quién iba a predecir que el agente Mulder se iba a convertir, de cara al público del siglo XXI, en una figura más realista, en su actitud, de lo que pudiéramos haber imaginado jamás. 

7 de febrero, 2016.

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