El sueño de una noche con Janis Joplin

He estado más de un año con el tocadiscos roto. Perdí la cuenta del dinero que habré gastado a lo largo de las décadas en agujas y otros elementos para reparar averías. El caso es que, cuando se estropeó una vez más el último tocadiscos que compré —el ático de una de esas flamantes cadenas musicales que se pusieron de moda a principios de los años 90—, no hice nada. Mis queridos discos de vinilo quedaron condenados a un triste, injusto e incomprensible silencio. Yo sé que fue una duda eminentemente práctica la que me ha tenido tanto tiempo sin reproductor. Mis allegados no entendían la parálisis que me aquejaba, especialmente porque nunca, en más de cincuenta años, he dejado de afirmar que el único aparato fundamental en una casa es un tocadiscos. Mi duda era entre tratar de reparar o comprar uno nuevo. Qué cosa más mundana, ¿verdad? Es incomprensible, lo sé, pero a veces las decisiones más tontas son las más complicadas de tomar. No es que tuviera ningún apego al viejo tocadiscos, al contrario, se trataba simplemente de pereza por calcular qué podría ser más beneficioso económicamente. Fue tanta la pereza que, al final, decidió el sentido de comodidad: opté por comprar un nuevo tocadiscos, pero conservar en el desván el viejo aparato, definitivamente convertido en reliquia —que es el estado cadáver de las cosas—. El último renacer del disco vinilo ha vuelto a poner en los estantes de los comercios estos preciosos aparatos. Una suerte con su contrapartida. La moda de lo retro nos ha convertido a quienes ya somos viejos en un sujeto extraño, nos ha maniatado y negado la posibilidad de echarle ciertas cosas en cara al presente, de afearle la identidad en comparación con el pasado, nos ha impedido quejarnos por la desaparición de algo tan mágico como los discos de vinilo y sus reproductores. A los viejos ya no nos dejan ni decir a gusto y siempre que queramos eso de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Es una jodienda. Pero la verdad, qué gusto poder poner la aguja de mi nuevo tocadiscos sobre, por ejemplo (pero no por casualidad), el Pearl de Janis Joplin.

Janis Joplin, Newport Folk Festival, Newport, Rhode Island, 1968.Janis Joplin, Newport Folk Festival, 1968 / Foto: Elliott Landy/Magnum Photos.

De entre todos los discos de mi colección, hubo uno que se apoderó de mi mente para estrenar el nuevo tocadiscos: la última obra de Janis. De camino a casa no podía pensar en otra cosa que en escuchar la voz de la pequeña bruja triste dar vueltas delante de mi. De entre todas las músicas, había echado una de menos especialmente, la de esta mujer eternamente joven con una voz tan vieja. Una voz rota, milenaria. Una voz negra en el cuerpo de una chica blanca de Texas. La voz de una experiencia acelerada. Una voz de blues como han existido pocas. Puse el disco —que compré por segunda vez en los años 80, después de perder el original— y fue como viajar en el tiempo. En cuanto comenzó a sonar la rockanrolera batería del Move Over sentí la tristeza del tiempo perdido. Para el segundo corte, el inmortal Cry Baby, caí por completo rendido, una vez más, ante una mujer que existió pero nunca de la manera que la imaginamos quienes escuchábamos su música. Para el tercer tema, A Woman Left Lonely, ya estaba locamente enamorado de la Janis que cada uno imagina en su fuero interno, aquella con la que nos hubiera gustado pasar una noche en el Chelsea Hotel de Nueva York, aquella con la que, aún más, nos hubiera gustado pasar esa noche que no superó en el Landmark Hotel de Los Angeles, y amanecer juntos. 

Cuando el Pearl salió a la luz Janis llevaba tres meses muerta. Se había ido en la más absoluta soledad, la que se experimenta cuando se espera a alguien que no aparecerá. La noche del 4 de octubre de 1970, después de un día satisfactorio de grabación, Janis se fue a su habitación del Landmark Motor Hotel, aparcó su porsche descapotable tuneado con flores y otros motivos hippies en la puerta, y se puso a esperar a su último novio y a su novia de más tiempo. No aparecieron. Se quedó como más temía, como más odiaba, sola, con alcohol y drogas. Vietnam conectó muerte y juventud y puso esta relación en primera línea del inconsciente colectivo norteamericano durante mucho tiempo. Vietnam estaba en todas partes, también en la habitación de Janis. La guerra que quemaba los bosques y a las gentes vietnamitas con napalm mandaba a la patria no solo miles de cajas de pino con un joven soldado dentro y una bandera fuera, sino toneladas de heroína de una pureza nunca vista en las calles de las grandes ciudades norteamericanas. 

Cuando se fue, a los terribles 27 del rock, había dejado una manera de pisar el mundo y cantar al amor verdaderamente estremecedoras. Porque si a algo le cantaba Janis Joplin era al amor, libre de todo tipo de convencionalismos, tanto los de la tradición conservadora y machista, como los de la posmodernidad supuestamente transgresora —quizás hoy muchos (y muchas) se tendrían que rasgar las vestiduras—. Y por esa forma de cantarle al amor, nosotros amábamos a Janis. Y porque, además,  ella iba en contra de todo, incluso de quienes iban en contra. Representaba como nadie una bipolaridad norteamericana clásica, la de la América profunda frente a las ciudades de la contracultura. Texas versus San Francisco. Janis gritaba ajustando cuentas a la Texas reaccionaria que le había arruinado la infancia, convirtiéndola en una marginada; y susurraba poniendo en su sitio a todos aquellos salvadores del mundo que resultaron salvadores de su propia cuenta bancaria, viviendo como a ella se le antojaba, derrochando dinero, que para eso se lo había ganado haciendo algo que nadie más hacía, por haber vivido cosas que no todo el mundo tiene que aguantar.

Dejó solo cuatro discos de estudio —que no está mal yéndose con 27—, la mayoría con canciones de otros. Janis apenas compuso, no le hacía falta para expresar lo que quería, para hacer su propia música. El primer éxito que cosechó fue una versión del Ball and Chain de Big Mama Thornton, otra outsider maravillosa. Janis no necesitaba más que una melodía y una letra sencilla para hacer el blues, la música popular por excelencia para cantarle al amor, es decir, al dolor y la tristeza, al desengaño. Las canciones en manos de Janis eran como habitaciones. Sobre la partitura, antes de su llegada, podían estar perfectamente ordenadas, asépticas, pero una vez pasaba Janis por ellas quedaban revueltas, llenas de vida, de sexo, de lágrimas, de alcohol. Sus canciones son como habitaciones puestas patas arriba, porque en ellas se ha vivido intensamente, sitios donde no se ha estado de paso, descansando disciplinadamente, sino haciendo el amor con locura, llamando a viejos amantes por el teléfono y luego a gritos desde la ventana. Sus canciones son los lugares a los que nos gusta volver, aunque duela.

Al lleguar al final de Pearl aún seguía pensando en algunas de las frases de Me and Bobby McGee —la segunda canción de la cara B—, cuando Janis dice “cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer”, o que “sentirse bien era suficiente” para ella. Y pensé en todas las personas que una vez estuvieron en mi vida y ya no están, sobre todo en aquellas a quienes conocí de joven y que se fueron en noches tan solitarias como las de Janis, pero en sitios menos glamourosos que el Landmark Motor Hotel. Tal vez fuera por eso, y no por otra cosa, que dejé al tocadiscos callado por un tiempo. No nos engañemos, nos hacemos viejos y los viajes en el tiempo comienzan a darnos miedo. Qué bella fuiste Janis Joplin, qué bella serás por siempre, pero qué triste.

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