Dostoyevski en el Café Comercial

Eran días de fiebre en Madrid. Estaba sentado en el Café Comercial y vino un tipo y se sentó a mi lado. Me dijo que era un agente de seguros. Me dijo que nadie quería un seguro ahora. 

     —¿Y eso le agobia? —dije.

     —No, no sé qué pensar —dijo—. Verá usted, yo he leído mucho a Dostoyevski. Empecé hace muchos años con El idiota y luego me he leído casi todos sus libros. Y me ponía a temblar con todos ellos. Era como si me pasaran años por el cuerpo cuando los leía en los bares, porque a mí me gusta leer en los bares. Toda mi vida he soñado con viajar a San Petersburgo y pisar los lugares donde se agitaban los personajes de Dostoyevski, ésos sí que tenían todos fiebre. Empezando por el príncipe Mischkin, al que todos llaman idiota pero es el único que se entera de las cosas. Es el único que palpita de verdad con lo que  palpitan los demás, y los conoce a todos porque los ama. Hasta Raskolnikov que acaba dándose cuenta de lo que vale una vieja después de infinidad de noches torturándose y pasando frío en su buhardilla, porque Sonia se lo dice. O ese hombre del subsuelo que echa pestes de la ciencia moderna, de la felicidad a la fuerza, y de todas las convenciones del progreso. Y esos borrachos que se cuentan su vida sin parar en las tabernas, o esos criminales que tienen momentos de generosidad increíbles. A todos les sale la vida entera por los ojos, vomitan un montón de experiencias como si le echaran su aliento a los demás.

Café Comercial, MadridCafé Comercial, Madrid.

     —Sí —dije—,  Dostoyevski era un exaltado.

     —Dostoyevski estaba lleno de fiebre —dijo el hombre—, deliraba sin parar. Y le chilló a la gente su angustia, su amor, sus sufrimientos, sin cortapisas, sin pararse a pensar en las buenas maneras, por eso me hace temblar con sus libros. Muchas veces he pensado en hacer yo lo mismo, en soltarle todas mis inquietudes a mi jefa, sabe, yo tengo una jefa muy estirada, pero nunca me atrevía. Y soñaba con tener fiebre y no poder controlar mis emociones, y que me saliesen las palabras como el sudor por el cuello, no darme cuenta muy bien de lo que decía, sabe, como cuando estamos chorreando de sudor por una gripe muy fuerte y nos empiezan a asaltar la cabeza muchas imágenes, y la mirada se nos deshace. Pero siempre he tenido que ser sensato, me preocupaba de mi sueldo, porque tenía una mujer y dos hijos, aunque ahora se han separado de mí, porque dicen que soy muy aburrido. Y me refugiaba muchas veces a leer en los bares, y leía en secreto a Dostoyevski, no me atrevía a confesárselo a mi mujer, me daba un poco de vergüenza, además al cabo de horas algunos domingos volvía a casa  temblando y con la mirada excitada, y ella me miraba con desconfianza, me decía: sabe Dios qué habrás hecho. Rara vez he podido ser sincero con ella, decirle todo lo que pensaba, y eso que siempre la quise de verdad, sabe usted, muchas veces cuando iba al trabajo en el Metro sentía que la quería de una forma violenta. Solo me ocurría en el Metro, o cuando estaba a punto de cerrar una póliza, rara vez me pasaba junto a ella.

     —Alguna gente —dije— cree que Dostoyevski es un peligro público.

     —Bueno —dijo—, sabe usted, también Tolstoi dice que la música es como una droga, que había que prohibirla porque  influye demasiado en las personas. Lo leí en la Sonata a Kreutzer. Y es verdad, la música nos trastorna, nos hace tener sentimientos que nunca tendríamos de otra manera. A mí por lo menos me ha pasado, por eso no me permito escuchar mucha música, es como si con ella perdiéramos pie. Y ya me basta con Dostoyevski.

     —Entonces lo lee usted con un poco de miedo —dije.

     —Sí —dijo—.  ¿Sabe usted?, es como un vértigo, es como asomarme a un abismo, tengo ganas de hacerlo pero me produce mareos. Quiero saber lo que hay debajo de nosotros pero solo lo quiero de vez en cuando. Quiero saber lo que escondemos los seres humanos, aunque sea contradictorio y absurdo, aunque no tenga nombre y parezca incomprensible, por eso me encantaba leer esas parrafadas larguísimas de los borrachos y los criminales, en que sueltan infinidad de cosas, hacen explotar sus vidas. Y me gustaba  que en pocas páginas ocurrieran infinidad de sucesos, dentro y fuera de las personas, crímenes, excesos, amores, desatinos, declaraciones, peleas. Porque en la vida real no dejamos que ocurra nada, nunca dejamos que nos pase nada, ¿no cree usted?

     —Entonces nos merecemos esta fiebre —dije.

     —Me parece que sí. Verá usted —dijo—, yo a veces veo a la gente de manera más abierta, como si pudiera asomarme a  sus pasiones, igual que me parece que la ciudad en ciertas horas del día se pone más apasionada. Solo es una sensación, en el fondo no me entero de nada, pero me parece como si la ciudad se abriera, como si todo se volviera expresivo. No sé si a usted le ha pasado.

     —Creo que le comprendo —dije.

     —Y otras veces —dijo— me viene un exceso de ésos, un infierno, me siento como un personaje de Dostoyevski. ¿Cree usted que Dostoyevski podría sacar también una historia apasionante de mí?

     —No me cabe duda —dije—, él sacaba lo apasionante de todas las personas.

     —Por eso sueño con ir a San Petersburgo —dijo—, para ver si me vuelvo yo tan interesante y tan novelesco. Ir por los canales, pasear al lado del Palacio de Invierno, creo que hay miles de ventanas azules.  

     —Bueno —dije—, Madrid también tiene sus locuras. Recuerde usted los elefantes del edificio Banesto. Y puede ver al Diablo en el parque del Retiro. Y no olvide las estatuas de los reyes godos que hay en la plaza de Oriente.

     —¿No me diga que los conoce usted a todos? —dijo.

     —Claro que los conozco —dije—, estoy harto de que los desprecien. Hace años leí en un libro de Historia larguísimo la historia detallada de cada uno, aunque a algunos pedantes les parece aburrido. Si supiera usted todo lo que vivieron.

     —Por  cierto —dijo—, ¿no querrá usted que le haga una póliza de seguros? Ahora que hay tanta inseguridad… ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies