Chubasqueros amarillos o el cine de Theo Angelópoulos

Pintar con una cámara. Combinar planos y colores; personajes y estados de ánimo. Eso es lo que hace Thódoros Angelópoulos (1935 – 2012) con su cine.

Si los pintores tienen unos colores preferidos que se reflejan en sus obras, por qué no lo va a hacer un cineasta –el término “director de cine”, para este griego fallecido tras un atropello cuando buscaba exteriores para una película, se queda corto–, se preguntaba a sí mismo Angelópoulos. Y lo cierto es que en sus películas, con esa mirada pausada y profunda, priman los colores azulados, en todos sus matices, hacia un lado y otro, hasta llegar a los múltiples grises. Un juego perfectamente articulado y pensado con la cámara que susurra al espectador un “mira” que solamente se puede sentir comprendiendo. 

Angelopoulos Paisaje en la nieblaPaisaje en la niebla (1988) / Imagen: Theo Angelopoulos/Paradis Films.

Esa cámara que juega con el Tiempo, saboreándolo, y más adecuado al ritmo vital, como afirmaba Theo. Un juego ético y estético que ahonda en la vida. Paisaje en la niebla (1988) es un ejemplo de ello. Dos hermanos, un niño y una niña que buscan a su padre. Un niño y una niña que se encuentran con la vida: con toda su belleza y toda su brutalidad… y con un árbol. Nos muestra un viaje, al igual que hizo el maestro Homero: donde lo que importa es el viaje y no Ítaca.

De la cámara también se sirve Angelópoulos para hacer un cine de conceptos, como el de frontera. Un concepto límite que casi parece remitirnos a Kant. El paso suspendido de la cigüeña (1991). Y mostrar cómo las barreras ficticias barren, y han barrido, vidas. Dar un paso y no poder dar más, nos dispara Angelópoulos pertrechado tras la cámara. Un cine incómodo. Y ¿cómo hemos llegado a ese límite? Echemos la mirada atrás y reconstruyamos el pasado de Grecia y de los Balcanes, y en definitiva, de Europa. Theo rompe con la idea de la Grecia en la que coloca Platón su Filebo: la saca del sol y del sonido pacífico de los insectos. Ahora ya sólo queda barro, cemento y agua. Reconstruir los fragmentos de la Historia examinando cada pedazo como insinuó Walter Benjamin. Ahora bien, ¿se puede reconstruir? Un grupo de teatro aficionado que aparece en la ya citada Paisaje en la niebla repasa su diálogo y cada uno recita un fragmento de la historia de (¿su?) país. 

Angelopoulos La mirada de UlisesLa mirada de Ulises (1995) / Imagen: Paradis Films.

Esa Historia, que en su origen, ha de tener una primera mirada. Exactamente lo que busca el personaje principal de La mirada de Ulises (1995), un director interpretado por Harvey Keitel (en uno de sus mejores trabajos), que regresa a su país –destrozado, ¿cómo no?–. La búsqueda de la inocencia de una primera película (las tres bobinas), la primera mirada. Fragmentos grises y azules, en formas de estatuas rotas como las grandes ideologías que marcaron el siglo XX. Las que han caído y las que habrán de caer en el XXI.

Pero la Historia no es otra cosa que Tiempo. Otra de las inevitables obsesiones de Angelópoulos. En La eternidad y un día (1998) un escritor, que ayuda a un niño que escapa, intenta cerrar su obra. Y en ese intento, pasado, presente y futuro coexisten a la vez. Theo ha leído, entre otros muchos autores, a Heidegger –al cual solía citar. Y lo ha comprendido a la perfección. Todo se encuentra, como ha sido siempre, en “la eternidad y un día”.

Angelopoulos Eternidad y un díaLa eternidad y un día (1998) / Imagen: Paradis Films/Intermedias/La Sept Cinema.

Pero ¿hay eskathon? ¿Algún tipo de salida? Un fotograma de Eleni (2004) –quizás uno de los más duros de las historia del cine– muestra un árbol con ovejas muertas colgando de sus ramas. El cordero de Dios no sólo ha sido abandonado, sino que también ha sido colgado. La respuesta a la pregunta –si es que es ya posible plantearla– recuerda a la obra de Samuel Beckett

Así –ayudado entre otros, por algún ilustre como el ya fallecido Tonino Guerra (1920-2012) en el desarrollo del guion, y por Eleni Karaindrou en el apartado musical– el cine hecho con paleta y pincel, con literatura y conceptos filosóficos, se revela en arte. Hay muchos ejemplos. Los planos hablan por sí solos. 

Existen momentos de una inmensa belleza y reflexión. Como en Eleni, en una secuencia en la que gente huye de algún lugar y llega a un nuevo territorio a través del mar. En La mirada de Ulises, en donde una estatua de Lenin en pedazos es transportada en barco. Existe en su cine una reflexión sobre el papel de la tradición, como por ejemplo, el peso de las canciones populares. Sobre las ceremonias también reflexiona, como en una boda que se celebra en las dos orillas del río: en una el novio y, en la otra, la novia. Todo ello salpicado de algún hombre con un chubasquero amarillo. Porque a estas alturas, llueve y hace frío.

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