Caza de brujas

España va camino de convertirse en una democracia tan avanzada que, dentro de poco, podrá presumir de haber desarrollado un ejemplar programa de fomento cultural incluso en sus prisiones. Será así porque, al ritmo de imputaciones por cuestiones ideológicas sobre tantos artistas, pronto habrá más cultura dentro de las cárceles que fuera de ellas.

El caso de los dos titiriteros encarcelados durante el carnaval en Madrid por representar la obra La bruja y Don Cristobal, una sátira para adultos sobre el poder del Estado como herramienta de opresión, es el máximo ejemplo del grado de persecucion inquisitorial al que ha llegado el sistema. Se da la paradoja de que el mensaje de la propia obra de estos dos jóvenes de Granada, por el que han pasado cinco días y cinco noches en prisión incondicional bajo acusación de enaltecimiento del terrorismo, denuncia precisamente lo que les ha ocurrido. Pretender convertir el contenido de una ficción en materia susceptible de ser juzgada penalmente como si lo narrado fuera un suceso real, pone de manifiesto el nivel intelectual y cultural de la Fiscalia y la Audencia Nacional, pero sobre todo su carácter y labor plenamente dictatorial. Si los jóvenes granadinos querían denunciar que, bajo los ropajes de la democracia parlamentaria, vivía una dictadura, desde luego lo han conseguido.

Su caso no es el único. Esta misma semana, el artista Abel Azcona era imputado por un delito de “profanación”, por la exposición de una obra en la Sala Conde de Rodezno, en Pamplona, el pasado mes de diciembre, que consistía en la formación de la palabra ‘PEDERASTIA’ sobre el suelo con supuestas hostias consagradas. El Tribunal Superior de Justicia de Navarra, demostrando que su forma de entender la cultural puede ser medieval, pero que para otras cosas están puestos al día, comunicó al artista su imputación no directamente a él ni a su abogado, sino publicándolo en la cuenta oficial de Twitter del Tribunal.

También esta semana, la Audiencia Nacional dictó la apertura de juicio oral al cantante Cesar Strawberry, del famoso grupo madrileño Def con Dos, para el que solicita veinte meses de prisión, ocho años de inhabilitación absoluta y dos de libertad vigilada por un supuesto delito de enaltecimiento del terrorismo. El cuerpo del delito son seis tweets y un retuit. Aún calientes, las palabras del músico en la red social fueron acordonadas, quedando salvaguardadas a la vista de curiosos apolíticos y fascistas indignados, que abandonaron el lugar de los hechos tranquilos una vez que la Ley y el Orden anunciaron que el culpable había sido detenido. 

Ciertamente, el espectáculo está cada vez más en la realidad que en la ficción. Es ya una tragicomedia sin ninguna gracia. Los dos titiriteros de Granada, sacados de prisión, siguen imputados por graves delitos y sus derechos más básicos conculcados, teniendo que personarse diariamente en juzgado o comisaría. 

El clima de persecución es el que corresponde a un sistema que se descompone. Será necesario recordar otros tiempos en los que las hogueras se pusieron a echar humo de manera creciente, para comprender que solo mediante la solidaridad y la defensa más tajante de la libertad de expresión será posible combatir los malos tiempos para la lírica que vienen. Y el mundo del arte y la cultura debe tomar conciencia y partido, ser solidario y valiente. No ayuda, en este sentido, la falta de valor y principios de quienes (como el Ayuntamiento de la capital, sumándose a la denuncia contra los titiriteros) se pliegan a la menor amenaza ante los censores, y se suman a su persecución. Pero habrá que asumir, también, que cuando vienen nubarrones solo las brujas se atreven a salir de casa. Esta vez, no nos dejemos cazar. 

14 de febrero, 2016.

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