¿Aceptamos ‘populismo’ como categoría científica?

Una de las coletillas más machaconas y categóricas utilizadas durante los últimos tiempos en el debate político ha sido la calificación de ‘populista’ de tal o cual partido, o de tal o cual comportamiento en el ámbito de la esfera política. Utilizada como arma arrojadiza, no dejó de sobrevolar las tertulias en tiempos de campaña electoral. Después, cuando se dan situaciones de obligado pacto entre contendientes, desaparece, como es lógico. Ya nadie es ‘populista’, como nadie es ‘casta’. Las categorías políticas son complejas, como todo término, están sujetas a un proceso de envejecimiento histórico, y además de diversa significación en la impulsividad del fragor ideológico. Véase, por ejemplo, el término ‘socialdemócrata’, no es lo mismo utilizarlo en clave historiográfica que  en términos políticos actuales, porque socialdemócrata fue Lenin –era el término con que se identificaban según su ideología los revolucionarios–, pero después de la bancarrota de la II Internacional y de la Primera Guerra Mundial el término se revistió de un carácter peyorativo, ya no era sinónimo de revolucionario, sino al contrario, y hoy en día la misma palabra sirve para abanderar a los líderes socialistas de Europa, como Hollande o como se le consideró a Zapatero, y las diferencias de ambos con Lenin son notorias. El uso de la terminología política en la vulgarización del debate, para conducir la opinión pública hacia decisiones simplificadas, dicotómicas y generalmente confusas obligan a pensar en ello desde un óptica científica. Sí, científica, porque el estudio de las sociedades y la Historia es una ciencia; lo que quiere decir que puede llegar a conclusiones perfectamente objetivas. El término ‘populismo’, en debate desde hace más de unos pocos años, ha sido una de las cuestiones más interesantes y significativas para reflejar la naturaleza política de la época.

En mayo de 1967, la Escuela de Economía de Londres organizó una gran conferencia para tratar de definir aquello –término y fenómeno– del ‘populismo’. Desde entonces han sido muchos los teóricos que han dado vueltas alrededor del vocablo, sin conseguir una definición consensuada. Entre divergencias y confusiones, el análisis más concreto se ha dado sobre el fenómeno, a un nivel de identificación de modelos y ejemplos históricos, siendo asumidas por la politología y la historiografía dominantes en el diseño de los currículos educativos unas llamadas ‘tres olas populistas latinoamericanas’, como ejemplos que pretenden ayudar a un acercamiento comprensivo del concepto. 

A la hora de definir el término, la única conclusión en que los académicos han caído es en la dificultad para hacerlo y en la aún persistente tarea pendiente. Gita Ionesco y Ernest Gellner renunciaron ante la “penumbra de significados que rodea a este vocablo”. Diversas perspectivas han mantenido tantas diversas teorías. Torcuato S. Di Tella lo califica como un subproducto “desdeñoso” de la sociedad industrial “sustentador de una ideología anti statu quo”. Margaret Canovan, que también lo consideraba uno de los términos menos precisos de las ciencias políticas, apunta que es básicamente una forma de acción política polémica centrada en el pueblo. El argentino Ernesto Laclau centra su acercamiento sobre el discurso, en la interpelación constante a ‘los otros’, con el pueblo como referente básico del ‘nosotros’. Flavia Freidenberg –quien más recientemente se atreve con una definición muy concreta del término– sintetiza las distintas formas de entender el populismo: “como un movimiento social (Germani, 1968), un discurso ideológico (Laclau, 2005, Panizza, 2008, De Ipola, 1991), una manifestación de cultura política (Worsley, 1970), una forma de intervención social del Estado (Touraine, 1999), una estrategia política (Weyland, 2004) o un estilo de liderazgo (Knight, 1998, Freidenberg, 2007)”.

En el terreno histórico, la teoría de las tres olas populistas en América Latina disecciona el fenómeno en un primer período clásico, bajo los ejemplos dispares de Cárdenas en México, Perón en Argentina y Vargas en Brasil, diferentes en lo ideológico y particulares y explicables en sus políticas según la realidad histórica de cada uno de ellos, únicamente unidos por un tipo de liderazgo carismático sobre amplias masas populares. Una segunda oleada viene a denominarse simplemente ‘neopopulismo’, en la que nos encontramos con casos igualmente divergentes, como los de Menem y Fujimori. Para al fin llegar al estadio actual del término, en que se hace referencia a una tercera ola populista de corte izquierdista, que quedaría inaugurada por Hugo Chávez, como pretendido ejemplo paradigmático.

El término es polémico y su utilización más allá del mundo académico con cierta profusión no ayuda a encontrarle una utilidad lo más universal posible. Hay quien se postula abiertamente en contra de otorgar todo carácter científico al término, como es el caso de Vincenç Navarro, que lo considera irremisiblemente raptado por un discurso ideológico. Otros, como el caso que mencionamos de Freidenberg, se atreven con una definición de ‘populismo’, que sería: “un estilo de liderazgo, caracterizado por la relación directa, carismática, personalista y paternalista entre líder–seguidor, que no reconoce mediaciones organizativas o institucionales, que habla en nombre del pueblo y potencia la oposición de éste a los ‘otros’, donde los seguidores están convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y creen que gracias a ellas, a los métodos redistributivos y/o al intercambio clientelar que tienen con el líder (tanto material como simbólico), conseguirán mejorar su situación personal o la de su entorno”.

Lo cierto es que el término, que puede llegar a ser utilizado, incluso en un contexto de debate político, con acertada idoneidad, a veces, surge de una parte de la intelligentsia consolidada como establishment desde los años 60 del siglo XX, que llega a sus formulaciones actuales en función de la necesidad histórica de contrarrestar unos determinados procesos de avance en países que no se encontraban aún entre los eslabones más avanzados del capitalismo internacional. Así pues, como preguntaríamos si estuviésemos en una partida del viejo juego de mesa: ¿aceptamos ‘populismo’ como categoría científica? Pues… solo si aceptamos pulpo como animal de compañía.

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