Yo tuve un amigo que se parecía a Wilson Pickett

Una vez tuve un amigo que se parecía enormemente a Wilson Pickett, y no me refiero solo en el aspecto físico, sino sobre todo en la forma de ser. Tenía su misma piel negra y el mismo tipo de sonrisa descomunal y contagiosa. Y por dentro, un algo salvaje, incontenible, una furia y una gracia imposibles de domar. Era un loco peligroso, especialmente para sí mismo, exactamente igual que Mr. Pickett.

Wilson-Pickett-and-Duane-Allman_Michael OchsWilson Pickett y Duane Allman, con quien grabó la versión del Hey Jude / Imagen: Michael Ochs Archive.

Con mi amigo viví muchas noches de un tiempo de juventud que ya pasó. Noches de borrachera que a menudo acababan con el patético espectáculo de arrastrar al amigo salvaje a la cama, y dejarlo durmiendo la mona boca abajo, para que no se asfixiara con su vómito mientras dormía. Es triste. Y por más que se le decía que la noche no podía acabar como casi todas, como casi todas acababa. Era indomable. Y aunque lo lamentáramos, a quienes estábamos alrededor nos gustaba que fuera así. Era divertido, endiabladamente divertido. Una de esas noches, en un garito del centro de Madrid, pincharon In the midnight hour —justo a la medianoche, como era de recibo—, y entonces le dije a mi amigo que me recordaba al tipo que cantaba esa canción. Que él era como Wilson Pickett, una versión latinoamericana del rugiente cantante nacido en Alabama. Mi amigo no sabía quién era Wilson Pickett. Así que se lo expliqué y le pedí al pinchadiscos que me dejara la funda del vinilo. Cuando mi amigo la vio, me miró seriamente y me dijo que todos los negros no se parecían por el mero hecho de ser negros, y qué como podíamos ser los blancos tan estúpidos como para no verlo. El dj sacó otro disco y nos lo pasó, y entonces mi amigo volvió a mirarme, en silencio, muy seriamente, con sus ojos de pelea, y se echó a reír estentóreamente, con su carcajada loca, ruidosa, y a dar palmadas. “¡Sí que se parece a mi!”, dijo, “¡pero yo soy más guapo!”. Wilson Pickett se parecía a él, no al revés, que quede claro. Y se puso a bailar con su estilo pícaro y desvergonzado, olvidándose de todo el mundo a su alrededor, pero sabiendo que llamaba la atención. Así era él, como Pickett, una fuerza de la naturaleza con el ritmo en la sangre y un carisma arrollador en medio de la fiesta, en medio de la noche.

Pasados los días, volví al tema y le expliqué algunas cosas más a mi amigo sobre el cantante soul, y eché un par de cd’s al coche para enseñarle su música. Él no solía escuchar soul ni nada de música negra norteamericana, pero le gustó. Se sintió identificado con la historia del chico negro de familia pobre que había nacido en la sureña Alabama, y que había tenido que emigrar al norte industrial, a Detroit, la ciudad del motor, en busca de trabajo. Pickett, como mi amigo, había tenido una infancia de educación religiosa, ambos tenían esas creencias y eran respetuosos de sus tradiciones, hasta cierto punto. Wilson Pickett, como la mayoría de estrellas del soul habían sido paridos por la madre gospel. Fue con 20 años cuando el joven Pickett, que actuaba en iglesias con un grupo llamado The Violinaires, se unió a los Falcons, la banda que le sacó de la iglesia y le alejó, aun a pesar de la culpa, definitivamente de ella. “Quería hacer gospel, pero también algo de dinero”, dijo la estrella en ciernes, con una razón incontestable. Con los Falcons grabó su primer éxito, I found a love. Era el año 1962, y la determinación del muchacho y la confianza en sus dotes le harían poner rumbo en solitario. El camino fue agridulce, porque firmó hits, pero fueron vendidos a otros, como el If you need me que popularizó Solomon Burke. En el verano del 63, al fin, coló en los primeros puestos de las listas de éxitos un tema de su propia cosecha y con su voz, It’s too late. Parecía que no, que no era demasiado tarde. Aunque a las personas como él, con un ritmo impaciente, siempre a más revoluciones que el resto de los mortales, podía parecérselo.

Wilson Pickett fue a parar después de su aparición en escena con lo más auténtico de la música negra, a Stax —némesis de la edulcorada Motown— y finalmente exclusivamente a Atlantic, la gran matriz. Los años de Stax y Atlantic fueron los de los grandes triunfos de Pickett. In the midnight hour, Land of 1000 dances, Mustang Sally, Don’t fight it, 634-5789, Everybody needs somebody to love, Funky Broadway, She’s looking good, A man and half, por solo mencionar algunos de los himnos eternos que dejó el más ardiente, rugiente e incontrolable de los músicos que por aquel entonces se codeaban en lo alto de las listas de éxitos. Él era del equipo de los Otis Redding, Eddie Floyd o Aretha Franklin, los negros que aullaban y sudaban, y susurraban, los que no dejaban que las grandes discográficas les ‘educasen’ para vender discos a los blancos y sonreír apaciblemente en sus televisiones. 

En los años 70 las cosas comenzaron a torcerse para Pickett. Dejó Atlantic por RCA, montón incluso su propio sello, de nombre maravilloso e inspiradísimo, tomando uno de sus apodos: Wicked, que significa “malvado, travieso, perverso, mordaz”. Con todo, las ventas de discos fueron cayendo. Sin embargo, mantenía el embrujo en directo, como hacen los grandes músicos. En concierto conservaba la facultad de conectar con el público y llevarlo a un aquelarre de sentimientos y energía que solo él podía gobernar. Dominaba. Y era, tal vez, en ese caos que él dirigía con su voz de leon desmelenado, en el único lugar donde todo entraba en orden para él. Porque una vez fuera, el diablo Pickett se descontrolaba. Había sido siempre así, y los años, ya se sabe, hacen que los reflejos dejen de salvarnos de la quema. Sus problemas con el alcohol y las drogas le fueron llevando de un callejón sin salida a otro, de un calabozo a otro. Fue condenado por múltiples delitos, conducir borracho, amenazar pistola en mano o destrozar con el coche el jardín de su vecino, que daba la casualidad de ser el alcalde de la ciudad. El colmo de su deriva criminal ocurrió en 1992, cuando atropelló borracho a un anciano de 86 años, y dio de nuevo, pero esta vez por un año, con sus huesos en la cárcel. 

Wilson Pickett murió de un ataque al corazón el 19 de enero de 2006, con solo 64 años, pero sin duda con muchos más de los que cualquiera que le hubiera conocido hubiese apostado que llegaría a contar. Recuerdo que al escuchar la noticia llamé a mi amigo. “Se ha muerto el tío al que te dije que te parecías”, le comenté. “¿Pero estaba vivo?”, me respondió tranquilo y sorprendido. “Sí, tenía 64 años”, contesté. “Ya los firmaba yo”, dijo él. Y no recuerdo de qué más pudimos hablar después de eso. Hace tiempo que no se de él más que por lo que me cuentan algunos otros amigos en común, pero parece que sigue pareciéndose a Wilson Pickett, por desgracia, más que nunca. Qué felices que nos hacen los seres incontrolables a veces, pero qué triste a la vez.

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