Violencia machista: ¿pacto de Estado o cambio de sistema?

En 2015 fueron 57 las mujeres asesinadas en casos de violencia machista. Más que en 2014, cuando ya fueron más, también, que en 2013. Durante la reciente campaña electoral del 20D el gravísimo problema de la violencia contra las mujeres centró gran parte de las polémicas. Desde entonces se redoblaron las voces venidas de la institucionalidad política proponiendo lo que han venido en llamar un “pacto de Estado” contra la violencia de género. ¿Pero qué es un “pacto de Estado”? ¿Qué pacta? ¿Para qué sirve?

Se intuye frase hueca. Otra propuesta de solemne nombre para revestir de preocupación y solución institucional un problema endémico. Porque ese “pacto de Estado” significaría, a buen seguro, algo así como una unidad de acción parlamentaria para aprobar un ligero aumento presupuestario en “actuaciones para la prevención integral de la violencia de género”. Este 2015 han sido 24 millones de euros los destinados a este cometido, la misma partida que en 2011. En 2016 se prevé que la cifra suba solamente a 25 millones. Tal vez el “pacto de Estado” signifique el aumento de esta cifra hasta superar los 30 millones. Desde luego, no se puede decir que sea una mala noticia, claro. Cuantos más recursos se pongan a disposición de las mujeres víctimas de maltrato, en cuanto a vigilancia policial o centros de acogida, por ejemplo, mejor será. Pero no es suficiente para acabar con la lacra. Son recursos paliativos, absolutamente necesarios, pero a posteriori. Es necesario también abundar en prevención, y para eso es fundamental comprender de manera integral la situación de violencia sistemática que las mujeres padecen en la sociedad actual.

El machismo es una aberración ideológica fruto de un sistema social. El machismo y la violencia sobre la mujer tienen una base material. La sobreexplotación de la mujer y la generación de una superestructura ideológica machista nacen de la vieja división sexual del trabajo, no basada sobre condiciones biológicas, sino sobre las relaciones de propiedad de las sociedades clasistas. La desigualdad de la mujer con respecto del hombre a nivel social parte de esta base, y sobre ella se levanta todo el edificio ignominioso que ahonda el papel subsidario de la mujer respecto al hombre, y que genera los roles de dominación, poder y propiedad del uno sobre la otra, de cuyas consecuencias la violencia en el seno de la familia es el caso más extremo.

Para caminar hacia una verdadera erradicación de la violencia machista habría que generar, en efecto, políticas de Estado, pero no de mero parche y maquillaje, sino de cambio de la base material del sistema que sobreexplota y oprime a la mujer. En primer lugar, sería necesario acabar con la desigualdad laboral de la mujer trabajadora; en España al comienzo de la crisis la diferencia salarial entre un hombre y una mujer en el mismo puesto era de un 17%, en la actualidad el porcentaje de desigualdad salarial ha crecido hasta cerca del 25%. Pero además, la mujer tiene que hacer frente a la mayoría de los trabajos reproductivos, desde el cuidado de mayores, niños y familiares dependientes al conjunto de las tareas domésticas cotidianas. Sobreexplotada en el trabajo y oprimida en casa, esa es la base material de la situación de la mujer trabajadora.

Sobre esas condiciones objetivas de degradación social caen las fuerzas ideológicas de una sociedad construida económicamente sobre eso. La televisión y los medios de comunicación con su mensaje alienante y machista, que utiliza sistemáticamente a la mujer como objeto sexual. O la Iglesia, la institución más machista de cuantas forman parte del bloque de poder en España, con su discurso de postergación de la mujer al servicio del hombre.

Cambiar toda esta estructura histórica infame es la tarea que la sociedad debería exigir y emprender por el bien de la mujer. Acceso en igualdad de condiciones al trabajo. Dotación no solo de 30, 50 ó 100 millones de euros para vigilancia policial, sino de un porcentaje sustancial de los Presupuestos Generales del Estado para la construcción de una infraestructura de dotaciones públicas que socialicen el trabajo doméstico —guarderías, centros para la tercera edad y para personas dependientes, comedores escolares, lavanderías, y un largo etcétera—. Implantación de un sistema educativo que combata la mentalidad machista de manera tajante, y que comience por sacar de sus aulas a la Iglesia Católica. Y el control sobre los contenidos mediáticos que hagan apología y afiancen los roles de dominación machista.

Solo atajando de raíz y con pleno conocimiento de causa el problema de la situación de la mujer en la sociedad es posible ir revirtiendo una de las facetas más denigrantes de la Humanidad. La lacra de la violencia contra las mujeres no requiere simplemente de un “pacto de Estado”, sino de un cambio de sistema. De esta manera podremos comenzar a decir “ni una más”, ni una mujer más asesinada, y que sea una posibilidad real y no un lema imposible. “We can do it”, decía el viejo cartel de la mujer proletaria. Podemos hacerlo, es posible acabar con la lacra de la violencia machista, conociendo y atacando el problema de raíz.

3 de enero, 2016.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies