Un sistema al servicio del 1%

El 18 de enero la confederación internacional de ONGs Oxfam publicó un informe titulado Una economía al servicio del 1%. Los datos que ponía a la luz, incontrovertibles, generaron un amplio clima (temporal) de indignación en la opinión pública mundial (sea eso lo que sea). Los efectos prácticos de la publicación de dicho informe podrán valorarse sobre los hechos con el paso del tiempo, pero la propia Oxfam reconoce que los valores presentados en este inicio de 2016 se han adelantado un año a lo que ellos mismos previeron. Y que en el lapso del último lustro la concentración de riqueza en unas pocas manos se ha incrementado un 44%, sin recuerdo alguno de lo que pudieran decir sus informes, o los de cualquier otra institución, hace cinco años.

En cualquier caso, merece la pena destacar algunos de los datos que Oxfam pone a disposición. El informe, de 52 páginas, comienza poniendo negro sobre blanco cinco puntos que dibujan, en cifras, la terrible desigualdad sobre la que se organiza el mundo: “En 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones […] La riqueza en manos de las 62 personas más ricas del mundo se ha incrementado en un 44% en apenas cinco años […] Mientras tanto, la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares en el mismo periodo, un desplome del 41% […] Desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial sólo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa “nueva riqueza” ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico […] Los ingresos medios anuales del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de tres dólares al año en casi un cuarto de siglo”. 

Los datos son demoledores. El informe, además de éstos, presenta otros sumamente gráficos, como el hecho de que “a pesar de que la mitad más pobre de la población mundial tan sólo genera alrededor del 10% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero a nivel mundial”, es la que vive “en las zonas más vulnerables al cambio climático”. Ese 1% privilegiado genera 175 veces más contaminación que el 10% de la población mundial más  pobre. Ofrece más ejemplos del poder del capital en el mundo: “La privatización de la tierra (como ocurrió en Rusia tras la desaparición de la Unión Soviética, por ejemplo) favorece el surgimiento repentino de enormes fortunas en manos de unos pocos muy poderosos”. Y de la necesidad de los monopolios internacionales de recortar derechos al trabajo: “Entre 2001 y 2011, los salarios de los trabajadores del sector textil disminuyeron en términos reales en la mayoría de los 15 principales países exportadores de productos textiles”.

“¿Cómo hemos llegado a esta situación?”, se plantea Oxfam en su informe. Y prosigue con un análisis parcialmente acertado de algunas realidades económicas, pero carente de conclusiones políticas igualmente acertadas. Algunos de los motivos que la ONG encuentra como motivo de la desigualdad mundial siguen siendo consecuencias o efectos colaterales del problema raíz, que sí resulta apuntado de manera indirecta: el poder del capital frente al trabajo. En el informe de Oxfam, llamativamente, no aparece ni una sola vez la palabra ‘capitalismo’. Sí aparece, por contra, en más de una ocasión, la expresión “los dueños del capital”, y se contrapone el poder de éstos —el 1%— frente a las rentas del trabajo, y la manera en que el sistema económico está organizado en favor de dicha minoría. 

Para Oxfam, el problema de la evasión y elusión fiscal es una de las cuestiones más gravosas que genera la brecha de desigualdad. En efecto, el análisis de “200 empresas, entre ellas las más grandes del mundo y las socias estratégicas del Foro Económico Mundial de Davos” revela “que 9 de cada 10 tienen presencia en paraísos fiscales”. Las fortunas evadidas dejan situaciones tan grotescas como la de África, donde “un tercio de la fortuna de los africanos más ricos, un total de 500.000 millones de dólares, se encuentra en paraísos fiscales”, una “cantidad que permitiría financiar la atención sanitaria que podría salvar la vida de cuatro millones de niños y niñas, y contratar a profesores suficientes para escolarizar a todos los niños y niñas africanos”. La evasión fiscal de los más ricos del planeta es un problema, no cabe duda. ¿Pero cabe esperar un cambio, jurídico, que lo resuelva? La propia ONG llega a la siguiente conclusión: “Este sistema florece gracias a un enjambre de profesionales muy bien remunerados de la banca privada y de inversión, despachos de abogados o auditores. Solo las personas con más recursos y las grandes empresas pueden permitirse económicamente utilizar estos servicios y toda esta arquitectura mundial, para evitar tributar lo que en realidad les corresponde”. Es decir, que la ley está hecha para favorecer los intereses del 1%. ¿Cómo se cambia el mundo entonces?

Para Oxfam existe “la oportunidad de construir una economía más humana que anteponga los intereses de la mayoría”. Es cierto, existe esa posibilidad. Pero no dentro de este sistema, el innombrable, no dentro del capitalismo. En el mundo dominado por un 1%, por “los dueños del capital”, la lógica que manda es la de éste. Y el capital, como llega a reconocer el informe de la ONG, se concentra a pasos agigantados, destruye derechos a toda velocidad en una huída competitiva hacia delante que solo puede conducir a la destrucción del planeta, si no se le pone freno. Al final no es algo tan sencillo como la evasión fiscal, una de las vergüenzas al aire de este sistema, sino la explotación de una clase por otra lo que está en la base del problema. La salida humana en economía no es dentro del capitalismo, eso no es posible. La única salida pasa por quitarle a ese 1% lo que nos han quitado, y a partir de entonces, construir. Acabar con un sistema socioeconómico regido por la obtención de beneficio para la oligarquía capitalista, y construir uno que planifique en función de los intereses de la gran mayoría de la sociedad, de ese 99% que genera toda la riqueza del mundo. ¿Será posible? Tiene que serlo. Más nos vale.

24 de enero, 2016.

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