Reservoir Dogs, el estilo de los perros shakesperianos

Eran los inicios de los años 90 y al cine le hacía falta algo. Una vuelta de tuerca que mostrara una forma nueva de contar historias. Un revulsivo. No es que no se hicieran buenas películas, especialmente de género negro, la década había empezado con Godfellas y Muerte entre las flores. En el 91 llegó un thriller como El silencio de los corderos, el definitivo western crepuscular, Sin perdón, y una rareza más que negra, oscura, Barton Fink. Estamos hablando de gente como Scorsese, Eastwood y los Coen, maestros sin paliativos, que demostraban estar en buena forma. Pero faltaba algo que rompiera el signo de los tiempos, que acabara con esa desidia del no poder esperar otra cosa que buenas películas o malas películas, pero no películas diferentes. Y entonces llegó un director novel, un joven de rasgos difíciles de encajar llamado Quentin Tarantino, con un guión perfecto bajo el brazo y una imaginación visual que definía un estilo por completo original, construido sobre un sinfín de referencias clásicas diversas, no todas emanadas del arte sobre celuloide. Y filmó un atraco sin ver el atraco. Filmó Reservoir Dogs y todo el mundo comprendió que estaba viendo algo nuevo, la obra que iba a condicionar todo el cine que estuviese por venir. Se seguirían haciendo pelis buenas y malas, dentro de los cánones clásicos, pero a la postre, una nueva narrativa había triunfado y se iría imponiendo de manera incontenible, hasta borrar todo vestigio de un cine anterior. Sería una transición progresiva, que todavía no está ni mucho menos acabada, pero irrefrenable. Porque la historia no da marcha atrás.

Reservoir Dogs - Live Entertainment - Dog Eat Dog ProductionsReservoir Dogs (1992) / Imagen: Live Entertainment/Dog Eat Dog Productions.

Las primeras noticias que muchos espectadores tuvimos sobre Quentin Tarantino llegaron antes de ver Reservoir Dogs, pero como consecuencia de ella. El hueco ganado con su opera prima en el mundo de la industria le valió para vender rápidamente dos de sus guiones guardados en el cajón: la historia de Amor a quemarropa, que hizo que Tony Scott diera lo mejor de sí, y Asesinos natos, que hizo que Oliver Stone diera lo peor de él. Muchos de nosotros vimos antes estos dos films, dirigidos por directores de renombre en el circuito más comercial, que Reservoir Dogs. En ellos ya estaban muchas de las pulsiones tarantinianas más reconocibles, la reflexión sobre la violencia, los guiños a la cultura popular de las sociedades de consumo, el mundo del crimen, la cinefilia, la música de los 60 y 70, o los diálogos plagados de subtexto y voces chandlerianas adaptadas a una particular pseudojerga urbanita de actualidad. Amor a quemarropa se disfruta con gusto, Asesinos natos se padece. Ambas son el ejemplo de esas buenas y malas películas que comentamos se podían esperar por aquella época. Reservoir Dogs, sin embargo, se instaló donde solo su creador podía hacerlo, en una nueva escena cinematográfica.

Las películas, como las casas, tienen que cimentarse bien si quieren resistir la construcción. Reservoir Dogs puso un guión que aseguraba un edificio precioso y seguro. No tiene demasiadas secuencias, pero se vale para armar una emocionante escalera de caracol por la que sube y baja el espectador a lo largo de 99 minutos. Son un grupo de tíos, impecablemente vestidos de traje negro con corbata negra sobre camisa blanca, que van a atracar una joyería donde se espera un millonario recibo de diamantes. El atraco no lo vamos a ver. A ellos los conoceremos desayunando en una cafetería antes de dirigirse a dar el palo. Y luego los vamos a ir viendo cayendo y desangrarse en un almacén abandonado, después de que el robo se haya convertido en una locura con muertos y heridos de bala por todas partes, polis, ladrones y pobre gente que pasaba por allí. Tarantino escribió eso que siempre se ha llamado un ‘guión de personajes’, única manera de rodar una peli de suspense criminal con el exiguo presupuesto que contaba, 30.000 dólares. La idea era rodar con un equipo de amigos, protagonizándola ellos mismo, en 16 milímetros. Presupuesto de guerra. Hasta que uno de esos amigos, el productor Lawrence Bender consiguió hacerle llegar el guión a Harvey Keitel, que de inmediato se embarco en el proyecto, para capitanearlo a nivel de producción e interpretación. De esta manera llegó el elenco de actores magistrales que componen el reparto, los Tim Roth, Steve Buscemi, Michael Madsen o Chris Penn, y el dinero mínimo necesario para convertirla en un película ‘de verdad’. Con un presupuesto final de 1’2 millones de dólares —algo verdaderamente ínfimo en Hollywood—, Tarantino pudo hacer una película ‘independiente’, pero profesional. Lo más importante: con posibilidades de lograr una distribución fuera de lo marginal. El acierto, no obstante, estuvo en mantener ese guión inalterado, y destinar el presupuesto a ejecutar una factura exquisita.

La primera secuencia de Reservoir Dogs, la conversación grupal del conjunto de criminales que desayunan antes de dar uno de los golpes de su vida, bromeando y pseudofilosofando sobre el sentido de las letras de Madonna o sobre lo correcto de dejar propina o no a las camareras, es un perfecto prólogo que dibuja el ambiente y la temática con los que nos vamos a tener que entender. Se trata de una película sobre el terreno confuso de lo justo y lo correcto, moralmente hablando, sobre los puntos de vista de cada individuo a la hora de actuar de acuerdo a unos principios en una situación u otra. Es decir, a pesar del tono irreprimiblemente cómico de la conversación y del carácter de los personajes, estamos ante algo serio, ante personas caminando por los límites morales de su tiempo, quizás inconscientemente, pero que van a dejar un reguero de preguntas de suma trascendencia.

La llegada al almacén, punto de encuentro de la banda de malhechores, con el drama desatado, presenta el escenario fundamental e icónico de la película. Un lugar frío y de paso, un limbo entre la salvación o la caída al fuego eterno. La construcción de cada uno de los planos allí dentro, minimalistas y solemnes los encuadres, sin apenas planos medios, pasando de los primeros planos al general, abundando los contrapicados, regalan un puñado de imágenes de imperiosa fuerza, de las que refuerzan el discurso del hecho. El plano general del señor Rosa y el señor Blanco apuntándose con sus pistolas, uno en el suelo, el otro de pie, quedará en los anales de las representaciones de seres pisando el terreno de las sombras en el límite de la vida, junto con la partida de ajedrez del guerrero medieval Max von Sydow en una playa del norte de Europa.

La muestra de una violencia descarnada, cruda pero no vista, extrema, al ritmo del Stuck in the Middle with You, se acerca al nivel de psicopatía del que los telediarios —especialmente los estadounidenses— dan cuenta cada día. El señor Rubio quedará para siempre como uno de los malvados más terribles de la historia del cine, pero sobre todo, de los más escalofriantes, por su vena de realismo. El señor Rubio no es un villano increíble. A pesar de demostrar un salvajismo fuera de lo común, un gusto bizarro por la violencia, resulta perfectamente verosímil. Es un psicópata, pero no el psicópata traumatizado o alucinado que el cine acostumbra a narrar, sino sencillamente un producto social llevado al extremo de la insensibilidad y la falta de empatía, un individualista militante y radical, un terrorista sin causa, o sin más causa que la de satisfacer sus apetitos y sus intereses más íntimos. La secuencia de la tortura del policía no fue brutal por el rebanar una oreja, sino por demostrar que existía un tipo de gente que era capaz de ello, y que podía parecer perfectamente normal.

Los flashback de Reservoir Dogs fueron otro de sus puntos de elogio. La muestra del camino recorrido por cada uno de los personajes principales —Blanco, Rubio y Naranja— antes de verse unidos en el proyecto del robo de diamantes, se concentra en lo justo y necesario para volver al presente con una renovada expectativa por saber lo que va a pasar. El recurso narrativo es magnífico y valiente, Tarantino consigue mantener la intriga y el suspense ofreciendo más información, en lugar de esconderla. Es un juego sin trampas. Y lo resuelve con una demostración de estilo y de saber hacer para quitarse el sombrero, especialmente en el último de los flashback, el que nos descubre la historia del señor Naranja, en realidad un policía infiltrado. El montaje en canon, avanzando en el tiempo, de la secuencia sobre la anécdota inventada es una exquisita floritura. El viaje del personaje a través de su habitación y los lugares de encuentro de poli encubierto, ensayando la mentira, en el bar donde la escenifica ante los criminales cuya confianza tiene que ganarse, contándola, hasta el baño imaginado narrándoles a sus propios personajes inventados algo que nunca sucedió es una perfecta e insuperable muestra de utilización de todos los recursos narrativos: tiempo, espacio, figuración, realidad, voz en off, out e in. Tarantino había visto mucho cine, y sabía perfectamente lo que estaba haciendo: algo aún no visto.

Todo lo que deparó Quentin Tarantino después de su opera prima es habitual motivo de debate. No suele haber mucha discusión sobre Pulp Fiction, confirmación del talento de un autor que había hecho historia del cine. Lo que vino después… es otra historia. Por mucho que se quiera, jamás llegó a las cotas alcanzadas con sus dos primeros films, y sobre todo con Reservoir Dogs, cuando llevó lo shakesperiano al desayuno del hampa en una cafetería, o a un almacén donde las intrigas y los príncipes que dudan llevan traje negro de gángster y gafas de sol.

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