‘Maus’, el tiempo de lo personal y lo universal

Es, lo que se diría, un perfecto neoyorquino, en su sentido prototípico. Judío, intelectual, progresista acomodado —más que eso— del Soho, carne de diván, underground, ganador de un Pulitzer, vaya… un atípico hombre normal, al que se le pueden presuponer rarezas como la inquina hacia los gatos o el pasar humildemente desapercibido por cualquier parte del mundo siendo uno de los mitos vivientes del arte contemporáneo. Se trata de Art Spiegelman, autor del más famoso cómic —o eso que se ha acordado llamar ‘novela gráfica’— jamás publicado: Maus, la historia sobre un superviviente del holocausto y la difícil relación con su hijo. La historia del propio Spiegelman y de su padre, Vladek Spiegelman, contada en un ejercicio precioso de franqueza y de brillantez narrativa, un relato de ‘no-ficción’ en blanco y negro, trescientas páginas de dibujos sazonados por palabras concisas, reales, viñetas conmovedoras, de una sinceridad que rasga el alma.

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Art Spiegelman, hijo de dos supervivientes de Auschwitz, judíos polacos emigrados a los Estados Unidos, nació en 1948 en Estocolmo, pero creció en Queens, Nueva York. Y desde que tuvo uso de razón se empeñó en hacer lo que fuera que le hiciese diferente a su padre. Fue por eso que se hizo ‘artista’. En los años 60 formó parte del movimiento de comic underground que impulsó y lideró Robert Crumb desde San Francisco, la misma ciudad a donde se había mudado el joven Spiegelman. A finales de esos años, en 1968, ocurrió algo determinante en la vida del joven Artie, su madre, Anja, se suicidó. La cariñosa mujer que le decía a los niños del colegio de su hijo que el número que llevaba en el brazo era un número de teléfono que se había apuntado para no olvidarlo, se quitó la vida. Sobrevivió al holocausto, pero no a su recuerdo. En 1972, Art Spiegelman comenzó a dibujar una historia diferente, algo distinto, íntimo, en blanco y negro, de fúnebre seriedad, con personajes que tenían cuerpos humanos pero cabezas de animales, ratones en su mayoría, y gatos terribles, cerdos, perros y alguna rana preciosa convertida después en ratón. Comenzó a escribir Maus, la historia de su padre, Vladek, durante los años de la guerra y el paso de él y de Anja por Auschwitz. Aquella tira protagonizada por ratones supuso el inicio de un largo proceso de maduración personal y profesional, el germen de la obra maestra. 

maus p201En 1980, Spiegelman fundó, junto a su esposa Françoise Mouly, su propia revista: ‘Raw’. En ella comenzó a publicar periódicamente la historia extendida de aquella tira sobre judíos polacos en Auschwitz con cabezas de ratón. Fueron seis entregas, los seis capítulos de la primera parte de Maus, subtitulada ‘Mi padre sangra historia’, y dedicada a Anja. El relato de esos seis capítulos finaliza en 1944, con sus padres llegando a Auschwitz, y con el descubrimiento de que, años después, su padre había quemado todos los diarios que su madre había dejado escritos. La relación de Art con su padre, un hombre insufrible, avaro patológico con principios de senilidad, autoritario e intransigente, es el elemento que hace de Maus tan estremecedor documento de reflexión. La contradicción entre el amor al padre, a un padre al que además se le debe la piedad por todo ser humano que ha sufrido una experiencia especialmente dolorosa, como pasar por un campo de concentración, y el odio a la figura castrante, opresiva y malhumorada que condicionó la vida de todos los que estuvieron a su alrededor, es el eje que equilibra y refuerza el relato del pasado. La historia personal entra directamente en conexión con la historia universal. Y se produce el milagro de las grandes narraciones.

La rendición de cuentas personal que hubo de sacar adelante Spiegelman requirió de más años. Maus estaba por terminar. Su padre había fallecido en 1982, y de él solo le quedaban las cintas con horas y horas de conversación entre ambos sobre los años del holocausto y la odisea de su supervivencia. Faltaba eso, y gestionar la conversión de su memoria personal a ficción, a viñetas. “Ni siquiera consigo dar sentido a la relación con mi padre… ¿Cómo voy a dárselo a Auschwitz?”, se pregunta el dibujante con máscara de ratón Spiegelman en las primeras páginas de la segunda parte de Maus, subtitulada ‘Y aquí comenzaron mis problemas (de Auschwitz a los Catskills y más allá)’, y dedicada al pequeño Richie —el hermano que jamás lo fue, porque murió antes de que él naciera— y a sus hijos, Nadja y Dashiell. La continuación y culminación definitva de Maus llegó en 1991, consumando un proceso que se había gestado durante casi dos décadas en el interior del dibujante. En 1992, Spiegelman recibió por Maus el premio Pulitzer; fue la primera vez —y hasta el momento la última— que un cómic lo recibe. En la segunda parte del libro, sin duda, florece todo el potencial dramático que la primera había cosechado. El drama del artista se enlaza con el del hijo y ambos a su vez con el del prisionero de Auschwitz. En su conjunto ofrece uno de los relatos más hermosos, tierno y terrible, que se hayan contado sobre la barbarie nazi y las relaciones entre padre e hijo. 

Después de Maus, Spiegelman se convirtió en una leyenda. No es demasiado prolífico, al menos si se cuentan sus títulos en una misma disciplina. Durante años abandonó el comic, abandonó también The New Yorker, donde desarrolló durante bastante tiempo un trabajo que hoy es icónico —su mujer, de hecho, continúa siendo  editora artística del magazine—, y solo volvió al dibujo para dejar otra obra maestra,  diez planchas tituladas Sin la sombra de las Torres, acerada crítica de los Estados Unidos post 11 de septiembre y del gobierno Bush. No obstante, es uno de esos creadores de obras de larga gestación, porque nacen de su interior más íntimo, un mecanismo raudo pero callado, como un ratón observando un mundo enorme y hostil. Merece la pena esperar su cosecha.

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