Los suicidas del rock and roll viven para siempre

Hace unos cuatro años, en 2012, se filtró como si de un avistamiento del monstruo del Lago Ness se tratase, una fotografía de David Bowie caminando tranquilamente por las calles de Manhattan. Vestía unos vaqueros, una sudadera con capucha, gafas de sol y una gorra. Tenía todo el aspecto de una persona normal. La instantanea llamó la atención no solo por el ‘travestismo’ a lo común de la más estrafalaria y elegante estrella del rock jamás habida, sino por el hecho de que el veterano músico llevaba casi una década sumido en el más tranquilo de los silencios. Después de cuarenta años de carrera, en 2004 su corazón dijo basta, y todo el pasado de excesos se hizo definitivamente pasado. Hace tan solo unas semanas, el periodista Julián Ruiz publicaba una columna titulada La vida secreta de David Bowie. Julián Ruiz es el mayor experto en Bowie de España, la persona que más cerca ha estado de él por estos lares, entrevistándole en más de veinte ocasiones, desde los inicios de su carrera. En su artículo narraba una de esas caminatas matinales —“por prescripción médica”— que el músico se dedicaba cada día, desde su casa en la calle Lafayette hasta St. Marks Place, durante la cual sería ‘cazado’ por una cámara indiscreta en 2012. El relato que hace el periodista español es el del día a día no de David Bowie, sino de David Jones, aquel chico nacido en Brixton en 1947, que aprendió a tocar casi todos los instrumentos del mundo y que terminó por ser la personalidad más influyente de la música pop de las décadas finales del siglo XX. David Jones, el alter ego de Ziggy Stardust, de Arnold Corns, de Hunky Dory, de Aladdin Sane, del Delgado Duque Blanco, de David Bowie. David, la personalidad más singular y poderosa de la música popular.

David Bowie en 1978. HULTON-DEUTSCH COLLECTION:CORBISDavid Bowie, en 1978 / Imagen: Corbis.

Todo lo que se escriba sobre David Bowie será vergonzosamente nimio ante sus méritos. Medio siglo de creación en varias disciplinas, no solo la música, le consagran como una figura determinante del imaginario cultural de la contemporaneidad. Es imposible decir que alguien no escuchara su música, porque su música, con una infinidad de temas convertidos en himnos, ha poblado las ondas sonoras y las imágenes televisivas y cinematográficas de una infinidad de obras. Todo el mundo ha escuchado a Bowie, disfrutado a Bowie, aunque no lo haya sabido. Los amantes del rock sabrán además que gran parte de todo lo que pasó después de 1972 tiene que ver con el genio de Brixton. Porque fue en ese año cuando, con 25 añitos, tuvo la feliz y compleja idea de traerse del espacio exterior —que sería su interior más íntimo— al alienígena Ziggy. 

El álbum The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars supuso una forma nueva de concebir el rock, un cambio de concepto, una nueva visión integral de hacer una obra de arte y contar una historia a través de un disco de música, de un grupo y de sus actuaciones. Identidad. Esa fue la clave. E imaginación. La historia de un alienígena andrógino, Ziggy, una especie de redentor que llega a la Tierra para, en la piel de una estrella del rock, liberar de todo lo infame a un planeta al que le quedan tan solo cinco años de vida. La historia será contada en once maravillosas canciones, y terminará con la incomprensión del enviado y su martirio suicida. La música, las letras de las canciones y la puesta en escena del grupo sirvieron para conmocionar a la tradicional opinión pública inglesa y seducir a la juventud británica. Aquellos hombres —¿lo eran realmente?— travestidos, liderados por ese joven incuestionablemente enajenado, con un ojo de cada color, iban a traer el final del tiempo presente, y a inaugurar el futuro. Durante algo más de un año, la odisea terrestre de Ziggy Stardust sacudió todos los estamentos culturales de la sociedad de la época, incluido el del propio rock and roll. Hasta el 3 de julio de 1973, cuando en un épico y embriagador concierto en el Hammersmith Odeon de Londres, Ziggy se despidió del planeta Tierra. Antes de arrancar con los acordes iniciales de Rock and Roll Suicide, Ziggy/Bowie/David se despidió con una tímida sonrisa: “Voy a recordar esto durante mucho tiempo. No sólo es el último show de la gira, también es el último que voy a dar”. Y al terminar la interpretación de una de las mejores baladas rock de la historia, desapareció con un “Thank you very much. Bye bye. We love you”. Muchos pensaron que quien se retiraba era David Bowie como tal. Pero el adiós era el de Ziggy solamente. Su tarea en la Tierra estaba cumplida: había cambiado la forma de imaginar y de soñar con mundos nuevos, y nos había dejado un regalo eterno, un puñado de melodías magníficamente extrañas y encantadoras, la evocación de un mundo posible, y el ejemplo, el manifiesto de ser lo que uno quiere, lo que uno desea ser, lo que se es, sin temores de ningún tipo.

Cuando en la mañana del 11 de enero de 2016, apenas un par de días después de cumplir 69 años y de festejarlo con la publicación de su 25º disco de estudio, David Bowie —o David Jones— moría, sorprendió tristemente al mundo entero, este desquiciado planeta que hizo un poco más amable. Esa última joya titulada Blackstar, se convertirá, indefectiblemente, en otro más de los símbolos que construyen su identidad. El que fuera el más misterioso y exhibicionista de los músicos del pop y el rock, llevaba luchando contra el cáncer un año y medio. Nada se sabía, solo su familia y su círculo más íntimo conocían su estado de salud. Con la elegancia que siempre le caracterizó, y con la discreción del tipo normal de la que disfrutaba desde hacía años, decidió terminar sus días haciendo lo que mejor sabía: música, sin fuegos artificiales, solo pura música desde el silencio. 

Quedarán para siempre un sinfín de obras maestras, himnos universales —y nunca mejor dicho—, Space Oddity, The man who sold the world, Rebel Rebel, Changes, Life on Mars?, Starman, Five Years, Heroes, Young Americans, Ashes to Ashes, China Girl… piezas que expresan el placer de lo único y original, canciones, como recomendaba la contraportada de Ziggy Stardust, “para escuchar a mucho volumen”.

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