‘Los odiosos ocho’ o las odiosas expectativas

Es su octava película y han pasado ya más de veinte años desde la primera como director. En el mundo cinematográfico actual, Quentin Tarantino es un tipo al que deberían dedicarle miles de estudios. Y no hablamos ya de su estilo cinematográfico, ni de su visión de la vida ni de los mensajes que pretende transmitir. Hablamos de su propia personalidad. En veinte años ha dirigido ocho películas, la mayoría de ellas con buena taquilla y con muy buena crítica, asentando un estilo de dirigir apenas visto anteriormente. No deja de sorprender, en vista de cómo funciona Hollywood, que sólo haya sacado ocho películas.

hateful-eight-samuel-l-jacksonLos odiosos ocho (2015) / Imagen: The Weinstein Company/Double Feature Films/FilmColony.

De hecho, si nos atenemos a sus propias palabras en diferentes entrevistas, tan sólo podremos disfrutar de dos películas más de él. Y a tenor de su aparente estrambótica personalidad, podemos convencernos de que será así. Y será toda una pena, siempre quedará la duda de si Tarantino habría sacado una obra maestra superior a todas las ya conocidas. Es sorprendente cómo incluso en esa forma de suspense Tarantino sabe manejarse.

 Mas aquí lo que nos atañe es su última película: Los odiosos ocho. La octava película (¿será coincidencia la inclusión de la palabra ‘ocho’ en el título?). Las expectativas eran muy altas, especialmente porque había pasado un buen tiempo desde el lanzamiento de Django. Más concretamente, tres años. Normalmente, a no ser que se trate de una gran superproducción, los directores no tardan tanto en aparecer. Independientemente de eso, los fans y los no tan fans del director de Tennessee esperaban con ansias una nueva entrega, en especial por la buena acogida de su anterior película. Malo. No hay situación más peliaguda en el mundo del arte que vivir bajo la presión de superar la barrera de las altas expectativas. Soliviantan a uno y lo sitúan en una bifurcación: o decepcionan y quizá luego se ven abocados al fracaso o maravillan y alzan esa barra de las expectativas. Quizá Tarantino, en Los odiosos ocho, se ha quedado entre Pinto y Valdemoro. La película ni parece haber entusiasmado ni parece haber sido una pérdida de dinero.

El argumento es fácil: John Ruth, un cazarrecompensas, tiene el propósito de llevar a Red Rock a Daisy Domergue, una fugitiva por la que piden diez mil dólares por su cabeza. En el camino se verá prácticamente obligado a que lo acompañen un cazarrecompensas negro y el futuro sheriff de Red Rock. Obligados a parar en una mercería por una ventisca con otros personajes, nadie resultará quien dice ser y las muertes se sucederán. 

La película es larga, casi tres horas, algo que resulta absolutamente normal en él. La primera hora se desarrolla con cierto aburrimiento, quizá, para el espectador, con una invasión de diálogos y más diálogos que no tienen otra función que la de contextualizar la obra y, por ende, colar sus críticas hacia esa Norteamérica de postguerra y con la esclavitud recientemente abolida. También marcan las descripciones de los primeros personajes que aparecen, un análisis que siempre acompaña sus películas. Más adelante, cuando los primeros personajes, azotados por una fuerte ventisca, llegan a una mercería para pasar la noche, la película adquiere otro color y se hace más emocionante.

Hay que subrayar la gran capacidad que tiene el director para dar vueltas de tuerca a la trama. Quien logre acertar alguno de los finales de sus filmes se merece una medalla. Más que nada, el que parece el protagonista que durará hasta el final es prácticamente de los primeros en morir, y casi sin que se produzca acción heroica alguna. Esto último es sin duda una característica propia del director: esa muestra de que los héroes, o los presumiblemente héroes, pueden morir de golpe y porrazo y en situaciones ridículas o cotidianas, contraponiéndose a la tendencia habitual de dotar al héroe de invencibilidad.

Empero, los más fans dan la sensación de sentirse decepcionados porque ven similitudes con otras películas, como Reservoir Dogs, y porque no presenta nada nuevo ni sorprendente. No desagradará, pero tampoco será de las favoritas. Hay que decir aquí que es sumamente difícil complacer al espectador. Siempre quieren más y mejor, y es lógico: el arte posee ese don contrario a la rutina, busca nuevas puertas y nuevos mundos. A pesar de esto, sólo por el mero hecho de presentar una historia aparentemente simple y saber alargarla con mucho suspense tiene su mérito. Al respecto, hasta prácticamente los últimos minutos el espectador no es capaz de prever el final, lo que, al menos, aventaja en mucho a otros filmes actuales, donde uno sabe lo que va a ver. Quizá con Tarantino haya habido escenas que recordaran a otras escenas, pero es un maestro del suspense, al igual que del humor irónico y cínico. Las risas (poco sanas) están más que aseguradas.

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