Los lucrativos ‘misterios’ de Amedeo Modigliani

Giovanotto dai Capelli Rossi, 1906, de Amedeo Modigliani.

Amedeo Modigliani llegó a París, o más exactamente, a Montmartre, que es (era) una exacerbación de París como capital ideal de la bohemia, en 1906, el mismo año que moría Cezánne, padre inspirador de todas las vanguardias. Tras tres años en Montmartre, se mudó a Montparnasse, la otra parte del corazón artístico de la capital francesa. Fue allí y en los últimos años de su corta vida cuando encontró la verdadera identidad de su arte. Había nacido en Livorno, ciudad proletaria por antonomasia de Italia, en 1884, y murió con 35 años, de tuberculosis, o más bien, de pobreza, en ese París de los artistas, en enero de 1920.

En 1984 dos expertos consiguieron los permisos y el presupuesto para dragar el canal de Livorno, en busca de unas supuestas esculturas que el artista habría tirado a las aguas en un momento de ofuscación, antes de abandonar definitivamente su ciudad, con poco más de 20 años. La fe en la verdad de los hechos que narraba la leyenda dio sus frutos, porque se encontraron dos bustos de mujer, de unos 20 kilos de peso y unos 40 centímetros de altura, tallados con los inconfundibles rasgos melancólicos y dulces de las nativas de la imaginación de Modigliani. Semanas después se halló una nueva cabeza de mujer, similar a las anteriores. Los críticos y expertos no dudaron en considerar las tres obras “puro arte de Modigliani”. El escándalo superó al hallazgo cuando un semanario italiano publicó la noticia de que la tercera estatua encontrada en el foso de Livorno podría ser falsa, una copia, o más bien, una burla. Tres jóvenes de la ciudad aseguraban haber tallado ellos mismos la pieza y lanzado al canal. Por si había dudas: presentaban una foto, que el periódico (faltaría más) publicó, donde aparecían los jóvenes tallando una escultura tal como la hallada. El museo de la ciudad no tuvo en consideración la noticia, exponiendo las obras como auténticos Modigliani. Pero la trama no había hecho nada más que llegar al comienzo del nudo. El desenlace lo protagonizaría un nuevo personaje, determinante, protagonista encubierto desde un inicio, llamado Angelo Froglia. Se trataba de un trabajador del puerto de Livorno, un hombre joven, de 29 años, que había tratado de desarrollar una carrera como escultor, sin éxito. En septiembre, después de la aparición de la tercera de las cabezas, Froglia convocó una rueda de prensa en el despacho de su abogado, para dar a conocer públicamente la verdad sobre los fenomenales hallazgos del verano en el canal: él era el autor de las dos primeras estatuas encontradas, atribuidas a Modigliani. Había lanzado las esculturas diez días antes de que comenzaran las labores de búsqueda del legendario tesoro artístico. Los estudiantes que casualmente habían tenido la misma idea que el ‘escultor portuario’ demostraron en un programa de la televisión pública italiana como podían generar, en menos de una hora, una copia bastante solvente de un pieza escultórica del autor livornés. Por otra parte, Froglia presentó pruebas que no dejaban sombra de dudas sobre la verdad de su versión, como que las piezas estaban cocidas con ácido miurático y otras sustancias que Modiglinani jamás podría haber utilizado. El falsificador declaró que su acción tenía por cometido poner en tela de juicio la ‘respetada’ opinión de la élite crítica. Puso de esta manera en primer orden del debate el papel del comercio en el mundo del arte, más preocupado de hacer negocio que de cumplir con un rigor de análisis. 

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Tres estudiantes y su obra, uno de los falsos Modigliani del canal de Livorno.



En noviembre de ese mismo año, es decir, pocas semanas después del escándalo del ‘tesoro’ de Modigliani en el canal de Livorno, un óleo del pintor italiano se subastó en Christie’s por casi dos millones de dólares, el precio más alto pagado hasta la fecha por una obra suya. Se trataba del Giovanoto dei capelli rossi. El récord al Giovanoto le duraba poco, tan solo un día, pues veinticuatro horas después, esta vez en Sotheby’s, otro cuadro del ‘italiano maldito’, La reveuse, se vendía por más de cinco millones de dólares. En los años siguiente, Modigliani se convirtió en la atracción de las casas de apuestas más importantes del mundo, de París a Nueva York, pasando por Londres. En el 87, en Francia, dos obras suyas se vendieron a compradores privados por el precio más alto jamás pagado hasta el momento en el país donde el artista pintó sus cuadros más representativos. 

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Angelo Froglia, el artista autor de las “originales falsas” esculturas de Modigliani del canal de Livorno.

Durante los varios años que Modigliani fue viendo deteriorarse su salud, enfermo de tuberculosis, agravada por una vida de miseria, alcoholismo y drogadicción, estableció un honesta amistad con su médico, Paul Alexandre. Durante los años que duró esta relación, el doctor fue atesorando, al parecer fruto de su compra o por regalo del pintor, una importante colección de dibujos suyos. Todo indica que esta parte de la obra de Modigliani, concentrada entre los primeros años de su estancia en París, de 1906 hasta 1914, época de la que ciertamente se conservan pocas muestras de su obra, no sería en gran medida otra cosa que los bocetos y estudios desechados por el artista, posiblemente rescatados, literalmente, de la basura por su médico, convertido definitivamente en mecenas y amigo. Lo que para el artista no fue más que un medio, algo sin ninguna importancia, se convirtió setenta años después en la base de una sonada exposición que recorrió los más importantes museos del mundo. Se había impuesto definitivamente el fetichismo de la leyenda artística. Si bien los dibujos de la colección Alexandre fueron y son un relativamente valioso material para los estudiosos sobre la etapa de juventud del artista, no significaron un hallazgo determinante para comprender su obra.

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Desnudo acostado, de Amedeo Modigliani, vendido en 2015 por 170 millones de dólares.

Durante el fin de siglo pasado y el comienzo de este ya adolescente siglo XXI, Modigliani ha continuado su tendencia rompesubastas. El artista que fue olvidado durante más de medio siglo se ha convertido en un icono romántico. Alrededor de su figura se ha generado un mercado enormemente lucrativo, desorbitante en cifras. Las exposiciones sobre su figura compiten con las exposiciones de su obra. No han sido pocas las muestras que contenían un mayor número de ‘piezas’ no artísticas, meros objetos personales del livornés, que obras suyas como tal. Posisiciones maravillosas compuestas de multitud de obras de otros artistas coetáneos suyos se han vendido como las de los ‘acompañantes’ o del ‘París de Modigliani’. Las acusaciones de falsificaciones de sus obras e incluso de las de ese ‘entorno’ suyo revalorizado bajo la marca ‘de Modigliani’ se han venido sucediendo durante los últimos años. Más de setenta obras de Jeanne Hébuterne —su trágica amante— tuvieron que ser retiradas de una exposición en Segovia en 2002. El más reciente escándalo alrededor del legado de Modigliani —con seguridad no será el último— saltó en 2013, cuando los carabinieri detuvieron ni más ni menos que al responsable del archivo del Instituto Modigliani, Gregori Parisot, acusado de llevar tres décadas vendiendo piezas falsas del autor por todo el mundo. En noviembre de 2015, Nu Couché —Desnudo acostado—, se vendió por 170 millones de dólares, el segundo cuadro más caro de la historia —en su momento—. Se lo llevó el empresario chino Liu Yiqian. Nadie se acordó de Modigliani antes del centenario de su nacimiento. Para el de su muerte, que será en 2020, a buen seguro será el nombre más importante del año en el mundo artístico. ¿Qué sucedió en estas últimas tres décadas que resucitó al pintor italiano con tal alboroto? Lo que sucedió fue el feo mundo del dinero echándole el ojo al bello arte de uno de los más bellos artistas, y más trágicos, más simbólico en sí mismo, uno de esos generadores de riqueza que murieron en la pobreza más terrible.

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