‘Langosta’, el placer de no dejar indiferente

Langosta (The lobster), el último film del cineasta griego Yorgos Lanthimos, tiene, al menos, dos puntos incuestionables a su favor: la facultad para no dejar indiferente a nadie, y una de las cartelerías más bellas de las películas estrenadas en los últimos años. 

Yorgos Lanthimos deslumbró allá por 2009 con Canino, el primero de sus films típicamente insólitos, sostenidos sobre una idea principal de naturaleza alegórica. Puntos de partida atmosféricos, en realidades más o menos distópicas, imposibles. Con Langosta ha dado el salto definitivo a la gran industria del cine de autor, sumándose a la fórmula del extraño melodrama con pretensiones y de exquisita factura que tan buenos resultados ha ofrecido en otras ocasiones, cuyo mayor ejemplo es la magistral Eternal Sunshine of the Spotless Mind —infamemente traducida en las pantallas españolas como ¡Olvídate de mí!—. Langosta copia una cierta fórmula de producción del exitoso film de Michel Gondry y Charlie Kauffman, la de utilizar a dos estrellas de diferente corte: un actor poco visto más allá del blockbuster, Colin Farrell —como lo era el más dotado Jim Carrey—, y una belleza poco convencional y con prestigio crítico, Rachel Weisz —emulando el rol de aquella Kate Winslet de pelo naranja.

the_lobster_postersThe lobster (Langosta, 2015) / Imagen: Element Pictures/Scarlet Films/Faliro House Productions/Haut et Court/Lemming Film.

Pero no es solo en su casting que Langosta se asemeja a Eternal Sunshine, tiene algo también de su tono surrealista, como tiene cosas de tantas otras buenas piezas del cine actual y de los mejores clásicos del cine de autor. Su factura visual, trabajada exquisitamente desde el diseño artístico y de vestuario hasta la fotografía y la planificación, la conecta con universos como los de Wes Anderson. Y su tono de fábula, de cuento fantástico en un mundo futuro, la acerca —además de por otros tantos guiños— a títulos eméritos del cine europeo, como Fahrenheit 451, de François Truffaut.

Langosta es un film arriesgado, posmoderno hasta el riesgo, bizarro. Una espiral in crescendo de secuencias desasogantes en su atmósfera, despiadadas, de violentísima sugestión. En una de las primeras secuencias del film, cuando vemos que al protagonista —el gris arquitecto con bigote que acude a un hotel-balneario a someterse a una terapia extrema para encontrar pareja, por obligación social— le atan una mano a la espalda durante un día entero para que aprenda lo importante de contar con una “mano de ayuda”, o cuando descubrimos a los residentes del muy particular hotel salir de cacería nocturna (a muerte) de personas solitarias, no podemos imaginar que tales barrabasadas nos van a parecer bromas naif cuando lleguemos al final del film. La tendencia al “más malsano todavía” que hace avanzar la película roza lo delirante. Pero funciona, haciendo difíciles equilibrios, pegando algún que otro susto de caer irremisiblemente de la cuerda floja de la “ida de olla”. Funciona porque está parapetada en el terreno de la fábula, literalmente. Porque una historia ubicada en un mundo en el que las personas que no encuentran pareja son convertidas en animales de otras especies… bueno, con ese planteamiento se tiene un cómodo colchón para contar cualquier cosa de la manera más chiflada que se pueda imaginar, y con un buen puñado de licencias narrativas.

Hasta este punto y en estos aspectos, Langosta puede gustar mucho o haber acabado con la paciencia de cualquiera. Hay esas dos opciones. O gusta, o se detesta. No deja indiferente, ya lo dijimos. Es su punto a favor. Donde flaquea, objetivamente, es en el mensaje o moraleja de la fábula, que queda desdibujado ante la apabullante reiteración de rarezas y barbaridades de la trama. Langosta es una denuncia de la negación de la individualidad a través de los roles sociales de familia y del amor romántico. Un crítica a las relaciones sentimentales de pareja en clave de posesión, a conceptos como el de la “media naranja”. Una arremetida contra ese tipo de amor absorvente, negador de identidades individuales, que, a fin de cuentas, no es amor, sino una aberración fruto de una sociedad enferma, generadora de seres absolutamente dependientes o desquiciados. El tema es para tomárselo seriamente, pero en el film queda finalmente eclipsado por la estructura de la historia y sus sucesos.

Langosta será de aquellas películas con ejércitos de admiradores, pero con una vanguardia crítica de detractores. Su salvación o su condena la dictaminará el tiempo, pero cabe aventurar que, dentro de tres o cuatro décadas, seguirá reclamando la atención de nuevos espectadores, y que las críticas recibidas en su tiempo se habrán borrado de cualquier memoria.

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