‘La gran apuesta’ (a que salen igual que entraron)

Cuando se hace no por pose, sino por convencimiento, como una consecuencia lógica y no por rebeldía sin causa, plantarse en desacuerdo con todo el mundo, y sobre todo, contra determinada élite, es uno de los grandes placeres de la vida. Hacía meses que una contradictoria tragedia me perseguía y controlaba mi ánimo, haciéndolo excepcionalmente dichoso. Cada vez que iba al cine salía contento, feliz de haber invertido tiempo y dinero en lo que había visto. Disfrutaba. No dejaba de encontrarme con buenas películas, o al menos, películas más que aceptables. Sentía que me faltaba algo, y sabía qué era: sentarme delante de una película de esas que a todo el mundo le gustan y notar crecer mi desaprobación. Desde Inherent Vice no disfrutaba de esa sensación. Estaba con el mono. Y la catarsis llegó, un lunes, al final del día, en la última sesión de una de esas salas multicine en versión original para lo más erudito del pueblo y la ciudad. La catarsis llegó de la mano de La gran apuesta, la última gran biblia posmoderna y bienpensante de la joven intelectualidad progresista-reaccionaria —sí, es un término confuso, pero creanme, tiene su lógica, ya lo explicaré en otro momento y, si hay suerte, algun magazine cool como Drugstore tendrá el valor de publicarme dichas divagaciones, a mí, un hater que reniega de serlo, como yo, como todos—. Basta ya de cháchara. Vamos con La gran apuesta. Seamos despiadados. 

la gran apuestaLa gran apuesta (2015) / Imagen: Plan B Entertainment/Regency Enterprises.

En primer lugar, para que no se me echen al cuello todos aquellos que quieran hacer una simple lectura política del film de Adam McKay —reputado director de títulos tan memorables como Hermanos por pelotas—, estoy de acuerdo con el mensaje del film: Wall Street es el peor basurero de inmundicia del puto mundo —dicho así por utilizar el tono ‘transgresor’ de la misma película—, y los bancos, amos y señores de la economía mundial, la corporación del mal, la representación más deleznable y terrible que ha dado este sistema en su quehacer cotidiano. Han hecho las guerras, han recortado todos los derechos, han empobrecido hasta el hambre a millones de trabajadores, y lo han hecho por avaricia, para ser más ricos. Esto es así. La gran apuesta va de eso. Y me parece bien. Debería haber muchas más películas que abordaran dicho tema, por la importancia que tiene a nivel mundial y en los efectos de cada una de nuestras vidas. Pero al margen de eso: La gran apuesta es una mala película, malísima. Y un poco tramposa hasta en su mensaje, precisamente por la forma en la que lo emite.

Después de más de dos horas frente a la pantalla, el 99% de los espectadores —estadísticas no contrastadas, pero fiables— solo se ha enterado de lo que sabía antes de entrar a ver la peli. Toda la verborrea de palabras e imágenes que han pasado por sus ojos ha sido en balde. No nos hemos enterado de nada. Por supuesto, está esa inmensa mayoría de 1% de listos que todo lo saben, para quienes la incomprensible jerga técnica de Wall Street es el pan de cada día —brokers, analistas y geoestrategas secretos—. El discurso y la trama de La gran apuesta están completamente dominados por los tecnicismos de la sabiduría bursátil. En un afán de disculpar un lenguaje incomprensible —horror del narrador de cualquier tipo—, McKay tiene la ocurrencia de intercalar, en tono cómico, explicaciones para no ilustrados en el mundo de las finanzas, recitadas por caras famosas al margen de Wall Street. Las explicaciones, reconozcámoslo, no aclaran absolutamente nada. Todo sigue siendo igual de confuso y lo único que queda claro es que los bancos están estafando a gente con el mismo lenguaje con el que la peli que estamos viendo nos está acomplejando a nosotros. Es decir, seguimos sin avanzar del punto de partida: los bancos son unos hijos de puta. ¿La trama? Qué importa… va de cuatro o cinco tíos que descubren antes que nadie la burbuja que originó la crisis de las hipotecas subprime en los Estados Unidos. Lo único que cabe esperar es si su apuesta bursátil, a través de una inversión en no se sabe qué, les sale bien. Y les sale, a unos mejor que a otros. Pero claro, eso ya lo sabíamos, ¿o alguien no ha oído hablar de la crisis?

El tono, a través de las interpretaciones y la cámara, es igual de confuso que la trama. ¿Es una comedia, una sátira, un drama, un falso documental? Lo es todo, que  da como resultado: nada. Nada bueno. El elenco es fantástico, con gente tan solvente como Ryan Gosling, Christian Bale o Brad Pitt. Pero todos ellos están sobreactuados; por exigencias del propio guión, de acuerdo, pero lo están. Ryan Gosling en el papel de un buitre sin escrúpulos ni abuela, ultra-ultravioletado y sobreexcitado. Christian Bale volviendo a hacer de rarito. Y Brad Pitt volviendo a hacer de listo alelado. No es culpa de ellos. Es culpa de quien filma un guión que tiene la estructura de un manicomio construido por sus propios pacientes. No hay ni la más mínima explicación de por qué el narrador cambia constantemente. No es una cuestión de estilo, de desestructuración del relato. No, es una cuestión de pasar de todo, de confiarlo todo a que el espectador entienda… a que el espectador, en realidad, se quede en la superficie, y no se entere entre tan vertiginosa sucesión de imágenes y palabras. El narrador comienza siendo el personaje de Gosling, con atribuciones de un narrador omnisciente y sabelotodo, en un momento lo son los dos jóvenes brokers emprendedores —¡con su voz en off y todo!—, a veces nos cuenta el omnisciente, en fin… un disparate. Y por si faltara algo, todo aderezado con citas célebres y sus conclusiones finales sobreimpresionadas en pantalla, como en todo telefilm que se precie. Cuestión de estilo, dirán.

Lo peor de todo es que La gran apuesta, mejor dicho, películas como La gran apuesta, con su temática y mensaje, son necesarias. Pero no así. Así solo sirven de disculpa del mismo sistema que ellas aparentan criticar. Porque todo es culpa de una especie de estado alucinatorio transitorio que el capitalismo mundial sufrió durante un tiempo. Todo es culpa de la ‘economía secuestrada’ por fanáticos y avariciosos estúpidos que la han convertido en un juego de azar. Y no es tan sencillo, porque la crisis, por mucho que diga el lema, ‘no es una estafa’. Millones fueron estafados, es cierto, pero la crisis del sistema es mucho más que una estafa, mucho más que un sarampión del que es posible curarse, pero ése, también, es tema para otro día, como el de los intelectuales progresistas-reaccionarios. Conmigo La gran apuesta no gana. Ya está… ¡qué bien me he quedado!

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