Hacienda es Cristina, las tertulias y los elefantes muertos de Botsuana

En algún momento entre 2004 y 2007 Iñaki Urdangarín y su, por entonces, socio Diego Torres tuvieron la feliz idea de proponerle al presidente del gobierno balear, Jaume Matas, la celebración de un congreso sobre el impacto de la actividad deportiva en las islas. Matas, entendiendo que la idea venía a cubrir una necesidad histórica de Baleares, aceptó cerrar el acuerdo con la sociedad del miembro de la familia real. Un millón de euros sería el precio pactado para remunerar al Instituto Nóos el coste del evento. 

En algún momento de 2010, el fiscal Pedro Horrach y el juez José Castro descubrieron, entre la documentación del caso Palma Arena, el documento del acuerdo entre el gobierno balear y la institución sin ánimo de lucro de Iñaki Urdangarín. La rotunda cantidad que cerraba el contrato llamó la atención del fiscal y del juez.

La esposa de Iñaki Urdangarín, la ciudadana Cristina de Borbón, era también miembro del susodicho Instituto Nóos. Un “elemento decorativo”, según la explicación oficial hoy de su marido. Tirando del hilo, lo que desentrañó la madeja fue el entramado de empresas montado desde el Instituto Nóos para desviar más de dos millones y medio de euros de pagos del erario público por eventos fraudulentos como el del impacto del deporte en Baleares. Una de esas empresas, Aizoon, fue la principal beneficiada de los contratos fraudulentos. Aizoon era propiedad de Iñaki Urdangarín y de Cristina de Borbón, que recibieron a través de ella al menos 116.000 euros en concepto de “gastos de viaje y alojamiento” del famoso ‘congreso’ de promoción del deporte y el turismo en las Baleares. 

Finalmente, en lo que se recordará como algún momento de 2016, la Infanta, su marido, los socios de Nóos y otros tantos encausados tuvieron que comparecer ante los tribunales de Palma, para ser juzgados por varios delitos fiscales. Las tertulias políticas de todos los medios de comunicación ardieron en comentarios sobre el impacto simbólico de ver sentado, por primera vez en la Historia de España, a un miembro de la familia real ante un tribunal de Justicia. La conclusión general, más allá de la necesidad de esclarecer y penar justamente los hechos delictivos, fue la de dar el propio hecho visto para sentencia, histórica. Lo de menos era si la Infanta y compañía debían ir a la cárcel y/o pagar multas millonarias. Con el escarnio valía, vino a decirse, entre líneas. 

Entre tanto, una abogada del Estado, la que en el juicio defiende presuntamente los derechos de la Agencia Tributaria, en su defensa real de Cristina de Borbón, descubrió al país, exponiendo con una pasmosa honestidad, que “Hacienda no somos todos”. Que eso era solo un eslogan publicitario. Y las tertulias recibieron con entusiasmo el chorreo de gasolina en la hoguera. Habían encontrado una imprevista nueva villanía para indignarse y, muy sutilmente, muy maquiavélicamente, despistar la atención de la necesidad condenatoria sobre la acusada en cuestión, la hija y hermana de reyes.

Claro que Hacienda no somos todos, ¿o tal vez sí? Quizás Hacienda sea algo así como una realidad bipolar. Por un lado Hacienda son los millones de trabajadores que pagan sus impuestos bajo una estricta legalidad que más les conviene no saltarse, unos impuestos que sirven para elaborar unos presupuestos estatales que inviertan en congresos sobre el impacto del deporte y el turismo en un determinado territorio, por ejemplo. Pero Hacienda es también, precisamente, Cristina de Borbón, y su marido, Hacienda es toda la Casa Real, los dos reyes y las dos reinas, los cartuchos de escopetas con decoraciones de piedras preciosas para matar elefantes en Botsuana, Hacienda son las alfombras del Palacio Real recién pasadas por lavanderia para salir relucientes en el mensaje de Nochebuena. Hacienda es el ejército de abogados del Estado, toda la superestructura burocrática que representa la farsa de la legalidad burguesa que finge juzgar, cuando no le queda más remedio, a uno de los suyos. Hacienda son las tertulias de los grandes medios de comunicación, con su abanico de ‘expertos’ de todos los colores que se felicitan por la salud de una democracia tan sana que a veces se atreve, incluso, a mostrar a una Infanta triste y sin maquillaje.

17 de diciembre, 2016.

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