Estallidos literarios: verdades a quemarropa en ‘Los muertos’, de Joyce

Ilustración de James Joyce y Nora Barnacle, para el álbum Bloomsday, de Joe Heany (Aquitaine Records).

Concluida la cena de Navidad, Gretta y Gabriel regresan a su hotel dando un agradable paseo por las calles nevadas de Dublín. Todo es maravilloso. El rumor del río repite las últimas notas del piano, las ventanas tamizan de miel las fachadas, el humo de las chimeneas flota como algodón dulce y el rescoldo del asado y del vino aviva aún los sentidos. Una azarosa coincidencia de estímulos ha transformado el paseo en un viaje levemente alucinado. Cierto que hace tiempo que han empezado a envejecer, sin sobresaltos, pero esta noche él percibe en la silueta de su esposa a la joven con la que un lejano día se casó. Mientras ve mecerse su cabellera negra cuajada de nieve, Gabriel vuelve a sentir la urgencia del ardor juvenil, aunque  aplaza el asedio, seguro de que la excitante espera pronto estallará  en un cuarto donde se amarán de nuevo como novios.

Este es el perverso final que Joyce nos regala en el relato Los muertos. Su narrador inflama de voluptuosos velos la escena, de modo que todos los lectores nos sentimos un poco mirones, contagiados por la lubricidad de Gabriel, ávidos de presenciar el tórrido regreso a la juventud de esa pareja madura que  en mitad de la nevada está a punto de revertir el tiempo. Sin embargo, Joyce no es Walt Disney. Una vez en el hotel, Gretta se tumba en la cama y, ajena a  la concupiscencia de su marido, se ovilla en el laberinto de un recuerdo que la paraliza de dolor, un recuerdo profundo del que él no ha formado nunca parte. En unos instantes, el fervor sexual se transforma en desconcierto, a medida que Gabriel asume que la desazón de su esposa nada tiene que ver con la naturaleza de la suya.



Cuando él le pregunta por el motivo de su congoja, ella le explica que al escuchar minutos antes una vieja canción de su adolescencia se ha acordado de una persona, un muchacho asmático que muchos años atrás murió de amor, de amor por ella. Le cuenta cómo su enamorado no pudo soportar la idea de verla marchar del pueblo, cómo pasó la noche de la despedida velando su sueño, bajo las ráfagas del temporal que una semana más tarde le provocarían la muerte.

Al escuchar el drama, a Gabriel le corroen los celos, pero no tarda en compadecerla y en sentir una infinita ternura y admiración por esa mujer ya madura que, de pronto desempolva un recuerdo tan deslumbrante  que hiere la vista. La excitación del paseo es ahora un nudo de angustia y de pudor. La revelación de su mujer ha iluminado una gran mentira y también una gran verdad.  A Gretta no le correspondía ser una heroína romántica, sino una generosa ama de casa, una campesina buena y elemental, una madre cariñosa y una esposa eficiente. Ni más ni menos. Él, en cambio, el crítico literario, el espíritu culto, el hombre sofisticado y profundo, el columnista irónico, el domador del lenguaje, el sumiller del alma, él sí que  había sido concebido para interpretar grandes papeles vitales.

Y ahora descubre que solo esa mujer elemental ha sabido sentir con la autenticidad de los espíritus elegidos. Gretta un día fue capaz de amar hasta el paroxismo, fue responsable incluso de que alguien muriera de amor, de amor por ella y alcanzó a escribir el acto de una pasión plena en calidad de protagonista. Él, sin embargo, echa la vista atrás y ¿qué ve? Ve con pavor una hoja en blanco, un actor secundario; el hombre culto y sensible ha pasado de puntillas por la existencia, sin pena ni gloria, sin haber amado, sin lograr que nadie lo amara. Toda su vida ha deambulado protegido por palabras brillantes, jaleado por la triste corte de sus iguales, pedante charlatán de feria, siempre al socaire de la ironía un punto cínica, a salvo de cualquier sentimiento profundo, una suerte de mascarón hecho de inteligencia que lo había salvado de las veleidades del corazón, a cambio de encerrarlo en un frasquito de formol donde se ha ido consumiendo hasta hoy. 

Pero Gabriel solo empieza a advertir la banalidad de su destino en esa oscura habitación al ver caer la nieve a través de la ventana. El hombre que había llegado al cuarto de hotel en paz consigo mismo,  dispuesto a concederse un rato de sexo bien merecido, descubre a través del llanto de su mujer a un espectador estúpido que ha juzgado a su esposa con displicencia paternal, ignorando que solo ella ha vivido de verdad. Y lo advierte cuando es tarde para dar marcha atrás, porque el tiempo no perdona, pues ha empezado a disipar su conciencia, a diluirla en el mundo gris y frío que hay fuera, a mostrarle el tamaño de su ceguera. Únicamente le queda certificar el proceso final  de su destrucción, sin un solo recuerdo emocionante al que agarrarse, porque en pocos años él igualmente será una sombra, un muerto enterrado bajo la nieve junto a otros muertos, como Gretta y su joven amante. Solo que algunos muertos quizá conserven la sonrisa después de haber vivido, y él se habrá marchitado como una mala hierba, sin haber dejado rastro alguno de una pasión. Y así su alma hueca se irá “desvaneciendo poco a poco mientras oye el ruido de la nieve cayendo levemente sobre el universo también, como el descenso de su final postrero, sobre los vivos y los muertos”. 

A menudo Joyce nos dispara las verdades a quemarropa, disparos de luz en mitad de la conciencia,  estallidos tan hermosos y esclarecedores que uno anhela entrar en ellos aunque corra el riesgo de salir siendo otro. Mirar la nieve de Dublin a través de la ventana de esa habitación de hotel que Joyce nos dibuja en la última página de su relato es uno de los momentos más emocionantes que nos ha regalado la literatura. Lean, si no.

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