El mechero sin gas que me regalaste

Hoy me he levantado con diecisiete kilos de más, como antes de conocerte. Desde que me dejaste no he dejado de inflarme como un globo, sin duda, las desgracias engordan y hacen desaparecer la bollería de la despensa como si fuera una magia. Tengo pantalones de todas las tallas, como ya sabes o al menos debieras, no acostumbro a tirar nada, nací con el síndrome de Diógenes impreso en el ADN, ese gen estúpido es el que hace que conserve todo, desde la colilla del primer cigarro hasta el condón del último polvo. Bueno, eso no, no he llegado todavía a ese grado de fetichismo, pero lo tengo grabado en la memoria. 

FRANCE. Paris. 18th arrondissement. 2001. Café in Montmartre.Fotografía de Gueorgui Pinkhassov, Magnum Photos.

He tenido que recuperar el pantalón vaquero negro que llevaba cuando te ví por primera vez, y ahí, aún estaba el mechero de plástico rojo sin gas que me regalaste, con tu número de teléfono escrito en un lateral con aquel rotulador indeleble que te dejo aquel amable camarero. Un pub de barrio, abierto toda la noche, envuelto en estridencias e individualidades desde las dos de la madrugada, es un lugar propicio para encuentros de toda clase. Allí aparcaban los cuerpos que llegaban medio exhaustos del centro de la ciudad, los que no sabían donde posarse, y los que nos acomodábamos en la barra desde las diez de la noche para ver cómo todo iba cayendo o por si caía algo.

     —Buenas noches señorita ¡cuánto tiempo sin verla! —te dije admirado en cuanto entraste en el establecimiento y te pusiste a mi vera.

Y tú me miraste con cara de no saber de lo que te estaba hablando, es cierto, tú no tenías ni idea de lo que te estaba hablando, era la primera vez que nos veíamos. Pero tus cabellos rubios acariciaban tus hombros desnudos, el rictus amargo de tus labios y la redonda tristeza de tus ojos eran un conjunto irresistible. No podía dejar pasar la oportunidad de conocerte.

Aún no habían prohibido fumar en los bares y éste estaba inundado con la característica niebla que lo certificaba como tugurio, y que nos dotaba a todos de un no sé qué siniestro. Pediste un zumo de piña con mucho hielo, y cuando te lo sirvieron recuerdo cómo me sonreías. Lo bebiste de un trago, como si fuera un güisqui, y cuando acabaste, sacaste un paquete de tabaco de un gran bolso azul que hacia juego con las venas de tus brazos, el mechero estaba en el paquete, y después de cuatro intentos no había forma de que prendiera. No tenía gas. Amablemente te ofrecí el mío, no recuerdo que te dije, pero tuvo que ser algo así como “aquí tiene usted”, mis frases de presentación no son muy amplias ni muy originales. Al tiempo que encendías el pitillo, llamaste al camarero con un gesto y un guiño, pediste un boli, “uno de esos con tinta de la que no se borra”, y que seguramente le servían para anunciar esas ofertas de dos por uno, que desde hace años cuelgan alternando días y horas. Con el rotulador negro y grueso escribiste en un lateral del mechero, después me lo ofreciste susurrándome en la oreja “llámame”, y te fuiste con premura, como si temieses perder la siguiente cita. 

Durante un tiempo el mechero quemaba en mi bolsillo, y un día me di cuenta de que no necesitaba mirar y remirar tu número, lo podía recitar como un poema que aprendí de niño y que hablaba de un prisionero. Eras mi carcelera y ni siquiera sabía tu nombre. Mientras rumiaba si debía o no llamarte, comencé imparable a pasear por las calles del barrio y por los aledaños, esperando encontrarte. Los amigos dijeron que seguro era un teléfono falso, aunque no parecía una numeración de “ésas de sacarte los cuartos”. Necesité un par de meses para convencerme de que por mucho que te buscara no te encontraría, así que una tarde, un tres de octubre por más señas, decidí llamarte. Con cuidado de no equivocarme marqué uno a uno los números, a pesar de saberlos, tenía el mechero para estar cien por cien seguro. Cuando pulsé la tecla verde crucé los dedos, no sé si para pedir que tú contestaras o que nadie lo hiciera.

     —Alló —saltó una voz femenina que arrastraba la o como los bueyes carros.

     —Esto —comencé titubeante—, te conocí hace un par de meses en el pub “Destro” y…

     —Cuatro más o menos.

     —¿Cuatro qué? —pregunté atónito.

     —Meses. Cuatro meses hace que te regalé un mechero.

     —Sí.

     —Estaba esperando tu llamada —anunciaste con voz cantarina.

     —Siento haber tardado tanto —acerté a decir entrando en tu juego.

     —Tiempo perdido, amigo —contestaste riendo.

     —A pesar de todo ¿querrías quedar? —pregunté con más dudas que vergüenza.

     —¡Te ha costado! En el mismo pub el viernes. ¿A las nueve te va bien?

     —Perfecto, allí nos vemos —colgué rápido, no quería darle oportunidad a un cambio de planes.

En ese momento fui consciente de los kilos que había perdido esperando el momento oportuno para llamarte. No me había importado que la ropa me quedase grande, hasta inmensa, pero tenía una cita, una cita importante, y nada de lo que había en mi ropero estaba a tu altura. Tuve que dedicar la tarde de jueves a combinar una camisa con tu planta, unos calcetines con tus ojos, y unos pantalones ajustados en mi cintura. Todo para ti, pensando en un nosotros. Ilusión obliga.

El día indicado estaba hecho un guapo de laca y un manojo de nervios, necesariamente no por ese orden. Pantalón tergal gris marengo, camisa a rayas azules, blancas y amarillas, y chaquetón de cuero forrado de un borreguillo gris que a falta de grasa me resguardaba del frío. Los calcetines, color tostado, al ver tus ojos desfallecieron, no sé si por vergüenza de lo mal que combinaban, o porque ya nos estabas esperando más deslumbrante de lo que constaba en mi memoria. 

Me reconociste al momento y te acercaste sonriendo para decir “no te recordaba tan delgado”, y extendías tu mano hacía mi brazo con una confianza inexistente, chocando tu rostro con el mío con familiaridad desconocida. Sólo puede decir “ni yo tan bella”. A partir de ahí nos convertimos en carcajada, y pude ver como entraban en mi estómago, una a una, las mariposas ésas de las que hablan los poetas.

A esa cita sucedieron otras cuantas, hasta el día que tu decidiste instalarte en mi casa, y cambiar los muebles de sitio cada once días. Odiabas la rutina, y yo la incertidumbre. En aquel momento no importó. No tuve en cuenta el velo con el que me ibas envolviendo, las ensaladas a la luz de una vela que desprendía cocos, y noches de lujuria y satén que me hacían amanecer alegre, cansado y feliz. 

Tenía que haber sospechado cuando compraste un nuevo mechero, cuando aún sin gas lo llevabas en el bolsillo más accesible del bolso. Tenía que haberlo previsto, comprar uno nuevo y darte el cambiazo, eso habría sido más fácil que llorar tu ausencia. ♦︎

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