Cosas que aprendimos con El Padrino (III)

Exactamente dieciséis años después del estreno de El Padrino II llegó a las pantallas la tercera entrega de la mejor saga cinematográfica de la historia. Más de década y media de espera entre el 20 de diciembre de 1974 y el 20 de diciembre de 1990, los días elegidos para estrenar ante el público sendos films. La expectación que generó tan dilatada espera contribuyó a aumentar las expectativas y las exigencias sobre el esperado tercer acto de la familia Corleone. Así pues, El Padrino III no lo tenía fácil. ¿Qué más podía aportar, qué nos podía enseñar, con respecto a sus dos magistrales predecesoras? Tal vez lo primero fue eso, la injusta losa que dejan caer todas las generaciones pasadas sobre el futuro. Pero había algo más, desde luego que sí. Y algo esencial, de lo que ni El Padrino I ni El Padrino II habían tenido tiempo de ocuparse en profundidad: el amor y el odio.

el_padrino_3El Padrino III (1990) / Imagen: Paramount Pictures.

El amor ha sido el tema más tratado en todas las historias desde que el mundo es mundo. Pero el odio sigue siendo terreno de vírgenes parajes para rondar por él. Empecemos por aquí, porque si algo nos enseño El Padrino III es que el odio es malo. Menuda simpleza, dicho así. Pero en ocasiones lo que parece evidente, no lo es tanto, ni tiene por qué significar nada razonable. Y sobre eso El Padrino es un ejercicio serio de reflexión. “Nunca odies a tus enemigos. Afecta a tu juicio”, le recomienda Michael Corleone a su sobrino Vincenzo —Andy García—, el bastardo de Sonny. El discurso del film sobre el odio tiene dos vertientes, la de consejo práctico en el arte de la guerra, y la de causa de un destino fatal. Pero El Padrino III consiguió, más allá de lo marcado sobre el celuloide, dejar otras enseñanzas sobre lo nocivo de dejarse llevar por el odio. Es difícil encontrar una sola película de tanta calidad, tan casi perfecta en muchos momentos, que haya obtenido críticas tan severas. Hoy se les conoce como ‘haters’, son esos opinadores totales que habitan el ciberespacio, sarcásticos, destructores, impasibles, sabelotodos. Siempre los hubo. Han existido de manera profesional, cobrando grandes cantidades por exacerbar la opinión pública, por reducirlo todo a dicotomías, a simplezas encubiertas bajo una manta de pedantería. En ocasiones, por desgracia más de lo deseable, triunfan. Con El Padrino III lo hicieron. Dejaron caer pesadamente sobre ella la losa de sus hermanas mayores, de manera injusta, sin atender a los méritos de la recién llegada a la familia. El Padrino III nos enseñó que, por desgracia, odiar podía ser cool.

Pasados los años, es momento de poner un poco de cordura sobre la valoración de la tercera entrega de El Padrino. Que sí, que tiene sus errores, que no alcanza el punto sublime de las dos primeras entregas de principio a fin, pero que es una extraordinaria película, una de las grandes obras de su década. Por conseguir, de nuevo, sostener un metraje de casi tres horas, por poner el dedo en la llaga con un retrato del poder en el mundo, con la máxima valentía. Por hacernos viajar en un solo segundo, en cuanto suena la primera nota de esa melodía lejana, a un mundo que llevábamos dieciséis años sin visitar. Por tomar el relevo de las fiestas de antaño, de las ceremonias de antaño, de sus sucesos paralelos, de sus ajustes de cuentas crudamente bellos, de sus sombras malsanas y seductoras. El Padrino III merece estar en los estantes dorados de la historia del cine, por mérito propio, no como comparsa, sino por conseguir filmar el clímax más intenso del Séptimo Arte, en una escalinata de Sicilia, el grito más desgarrador jamás filmado. Teniendo todo esto en cuenta, recuerden: el odio es malo —casi siempre—, porque nubla el juicio, pero peores son los ‘odiadores’ profesionales, porque impiden la razón.

¿Y sobre el amor? ¿Qué aprendimos del amor con El Padrino III? Tal vez nada nuevo. Pero ayudó a recordar enseñanzas que siempre merece la pena repasar. Como que los amantes solo piensan en ellos, son egoístas, y ciegos. El amor entre Mary —Sofía Coppola, ay… luego vamos con ella—, la hijísima de Michael Corleone, y su primo Vincent, lo demostrará. Lo primero: ¡son primos! ¿En qué estaban pensando al enrrollarse? Pero más allá de eso, una vez que el amor se ha declarado, cómo puede ser que en el momento más crítico, con innumerables amenazas a su alrededor, mientras el teatro en el que están se llena por momentos de muertos, no puedan impedir dedicarse caricias y miradas cómplices. Es incomprensible, salvo para quien haya sentido lo mismo. El amor no detiene balas, pero sí impide verlas. Así son los amantes, conviene recordarlo. Pero hay otro amor, el más grande, el más particular, el amor por los hijos. Sobre ese nos habla El Padrino III, y lo hace con una sensibilidad y con una solemnidad, al mismo tiempo, que estremece la piel de todo el cuerpo. El amor de Michael por sus hijos es lo único que vence su impasible intransigencia. Ese amor le otorga, al padre deleznable, terrible, un atisbo cegador de humanidad. A Michael Corleone le terminamos despreciando después de las tres películas, pero, en el último momento, nos compadecemos de él, y nos emocionamos con su dolor, lo sentimos nuestro. El grito de Pacino es cine en estado puro y brutal: el primer plano, el silencio y luego el sonido. La mejor y más sintética explicación de la historia del cine.

El amor de un padre… ¡ay! Sí, aquí es cuando llegamos a Sofia Coppola. “Cuando vienen a por ti, van a por lo que más quieres”, le dice Michael a Vincent, refiriéndose a Mary, para que acabe con su historia de amor y la deje aparte. ¿Por qué Francis Ford Coppola no le hizo caso a su propio personaje? Francis, en serio, si el odio nubla el juicio, el amor hace lo mismo. Y Sofia Coppola no valía como actriz. De hecho, después de su papel de Mary y las críticas, dejaría para siempre la interpretación. ¿Por qué no la apartaste, Francis? Mira lo que le hiciste pasar a tu pobre hija. Esa es otra de las cosas que nos enseñó El Padrino III, que todos los padres se equivocan, y que por mucho que se quiera proteger a la familia, a veces es imposible. Piensas que haces lo mejor por los tuyos, y les acabas generando un trauma. En fin, así es la vida.

Con El Padrino III aprendimos que el criminal cuanto “más respetable, más peligroso”, que la redención y la salvación no pasan por la Iglesia, que “nunca debes decir lo que estás pensando”, al menos mientras hagas negocios, que nunca se está a salvo de dejar algo completamente atrás, porque el ser humano es como es, y aunque no quieras regresar a algún sitio, te pueden “volver a meter”, que mientras más se suba en la pirámide del poder más corrupción se encontrará, que se puede matar a alguien clavándole la patilla de sus propias gafas en la yugular, que es posible sentir empatía por alguien detestable, y que “es peligroso ser honesto”. En mayor o menor medida, todo servirá saberlo a lo largo de la vida.

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