Belleza y virtud del ‘Arte Degenerado’

Tríptico de Max Beckmann, obra incluida en la exposición Arte Degenerado, hoy en el MOMA, New York.

El 18 de julio de 1937, Hitler inauguraba la Gran exhibición de arte alemán, en la Haus der Deutsche Kunst —Casa del Arte Alemán—, un monumental edificio construido para tal motivo, con vistas a consagrarse como el gran museo del Tercer Reich. La exposición, que contaba con el liderazgo de artistas tan mediocres como el pintor Adolf Ziegler y el escultor Josef Torak, cosechó alrededor de un millón de visitas. Un día después, 19 de julio, en el que había sido hasta hacía poco el Instituto de Arqueología, el gobierno nazi inauguró otra exposición, contrapuesta y paralela a la del “gran arte alemán”, bajo el título de Entartete KunstArte Degenerado—. Las obras de Picasso, Klee, Dix, Grosz, Kirchner, Beckmann, Chagall, Kandinsky, Munch, Courbet, Pechstein y otros tantos fueron expuestas como ejemplo de la “corrupción moral” a la que judíos y comunistas trataban de conducir al pueblo alemán. “La misión del arte no es —decía Hitler en 1935— revolcarse en la basura por la basura misma, pintar al ser humano sólo en un estado de putrefacción, dibujar cretinas como símbolos de la maternidad, o presentar idiotas deformes como representativos de la fuerza masculina”. La exposición Arte Degenerado tuvo más de tres millones de visitantes. ¿Significó un éxito para los nazis?

La famosa exposición de los “degenerados” en Munich del 37, con toda su teoría estética y artística, se convirtió, por imposición histórica, en uno de los paradigmas del papel fundamental del arte en conexión con la realidad de su tiempo. La exposición de los nazis fue, como casi todo lo que proyectaban, algo retorcidamente burdo, contradictorio. A la luz de la historia se tiñe de ridiculez, invita a la burla. Pero debería observarse con un grado mayor de seriedad. ¿Qué era lo importante de su cometido, su crítica en los libros de historia de un futuro tras su derrota, o bien su impacto en la sociedad de su tiempo? 



La exposición se organizó en apenas tres semanas, e incurrió en innumerables errores de catalogación. Muchas obras fueron presentadas en autoría equivocada o circunscritas a corrientes a las que no pertenecían. Se calcula que durante los años previos, desde el 33, los nazis incautaron un total de 20.000 obras de una infinidad de museos, galerías y colecciones privadas. Para la exposición se valieron de más de medio millar de obras de una treintena de museos. Es decir, estaban en posesión de una enorme riqueza, no solo cultural, sino financiera. La exposición del Arte Degenerado fue convertida en una suerte de escarnio público. Las obras fueron colocadas torcidas, se pintó en las paredes alrededor de ellas frases despreciativas, se colocaron de manera caótica, comparadas con dibujos de niños y de enfermos mentales, incluidas en salas como la del arte abstracto, bautizada como ‘Sala de la locura’. Se trataba de exponer ante el pueblo alemán una supuesta aberración que atacaba directamente el alma germana. En 2014, la Neue Galerie de Nueva York montó una exposición con un gran número de las obras que se colgaron en la exposición de Munich en 1937, entre ellas se podía ver una proyección de la época, el vídeo mostraba la afluencia de visitantes a la exposición. No había en esas imágenes un clima de indignación ni de mofa, tan solo se percibía una serena curiosidad. Era la escena de cualquier museo. ¿Habían conseguido los nazis difamar a los artistas que llamaban “degenerados”? ¿O por el contrario habían descubierto para una parte importante del pueblo alemán ese arte? ¿Estaban convencidos realmente de demostrar infaliblemente la “infamia” del arte “judío y bolchevique”? ¿Creían y buscaban únicamente convencer tan sencillamente a la opinión pública sobre cuestiones de apreciación tan vaporosa como los gustos estéticos y artísticos de una época?

Arte degenerado_THE ANGLER, 1921Acuarela de Paul Klee
El pescador, de Paul Klee. Hoy en el MOMA, Nueva York.

Cabe hacerse preguntas sobre el cometido de la exposición, para entender mejor hoy, también, la utilización por parte de los nazis del arte y la cultura. Sin duda, la ideología nacionalsocialista tenía un discurso sobre el sentido del arte. Como bien se sabe, la teoría de lo “degenerado” en el arte que adoptaron los nazis provenía del libro de Max Nordau EntartungDegenaración, prologado y traducido en España ya en 1902 por Nicolás Salmerón—, que mantenía que “los degenerados no siempre son criminales, prostitutas, anarquistas y lunáticos pronunciados; a menudo son autores y artistas”, y que las ideas corruptas sobre la belleza y la virtud de estas mentes ponían en riesgo a una sociedad entera. La base filosófica del nazismo bebió en todo de un eclecticismo y una vulgarización de teorías variadas, también para formular sus políticas culturales. Curiosamente, Max Nordau fue uno de los primeros intelectuales orgánicos del sionismo, y está, de hecho, enterrado en Tel Aviv. El eclecticismo teórico del nazismo generó disputas incluso en lo interno del Reich, en relación al arte, y muy en relación a lo que terminó instituyéndose como “arte degenerado”, se dio una seria disputa entre Joseph Goebbels y Alfred Rosenberg, con divergentes posiciones en cuanto a la consideración del ‘expresionismo’ como parte o no del “arte degenerado”. Goebbles, llamativamente, manifestó su contrariedad a este respecto. En la exposición, finalmente, los pintores expresionistas, como propuso Rosenberg, no solo fueron incluidos, sino especialmente acusados de portar lo peores síntomas del “judeo-bolchevismo”. Tanto fue así que el artista de quien más obras fueron expuestas como “degeneradas” fue, ni más ni menos, que un antiguo nazi de primera hora, Emil Nolde, cuya historia y condena por parte de su propio partido merecen un estudio detenido.

Arte degenerado Invierno 1912 Marc Chagall
Invierno, de Marc Chagall.

El burdo show de los nazis posiblemente fuera más consciente de lo que se considera. A este respecto es llamativo que en la exposición no figurara ni una sola obra del artista antifascista más popular de Alemania: John Heartfield. Los fotomontajes de Heartfield en la revista cultural AIZ llegaron a tener un alcance de medio millón de personas a la semana. La conexión y el prestigio de Heartfield eran tan grandes en Alemania que los Goebbles, Rosenberg, Ziegler y Hitler no tuvieron sobre esto ningún motivo de disputa: Heartfield sería un “degenerado”, quizás el mayor de todos, pero no se podía hacer nada contra él, y mostrar su obra, tan radical y modernamente accesible para las masas, sería del todo contraproducente. Su exclusión pone de manifiesto que la aparentemente caótica y burda exposición de los nazis tenía un diseño más sutil del que dejara entrever. Lo refleja esta decisión, y lo confirmaron los beneficios obtenidos con la venta de tal capital artístico fuera de Alemania. La venta a través de marchantes de confianza de las obras de “degeneradas” en el extranjero generó un importante ingreso para las arcas del Estado alemán.

Son muchos los aspectos interesantes alrededor de un caso como el del “arte degenerado” para el nazismo. El símbolo suele velar las muchas lecturas que un suceso histórico tiene. Comprender la aberración teórica sobre la que se sostuvieron las teorías nazis del arte es uno de esos aspectos a comprender, más allá de considerar inequívocamente su condena como un axioma universal. Esclarecer el acontecer historiográfico del contexto en que se dio es otro. E identificar el significado y sentido sociológico del mismo es uno más. En este caso, indagar sobre casos como el de Nolde o Heartfield, puede permitir llegar a conclusiones no simplistas, y comprender el verdadero peligro de concepciones y políticas, con respecto al arte y a todo, como las de Hitler, aquel mediocre paisajista al que Bertolt Brecht —recordemos— llamaba “el pintor de brocha gorda”.

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