Alejandro Sawa, del placer al dolor de la bohemia

“… Ahí tiene usted un hombre a quien le ha faltado el resorte de la voluntad! Lo tuvo todo, figura, palabra, gracejo. Su charla cambiaba de colores como las llamas de un ponche. […] Pues véalo usted en medio del arroyo, oliendo a aguardiente, y saludando en francés a las proxenetas”.

Este magistral retrato decadente del escritor Alejandro Sawa, a través de su alter ego literario Max Estrella, hacía Ramón María del Valle-Inclán en su obra teatral Luces de Bohemia (1920), el libreto clave para entender el género del Esperpento, que recrea sobre el escenario el último día de vida del poeta sevillano. 

El bohemio más bohemio de la bohemia más dolorosa. Una vida en la miseria absoluta, la ceguera desde los 44 años y la enfermedad marcan sus días. Manuel Machado definió gráficamente su desgracia en el epitafio que le dedicó tras su muerte en 1909: “Jamás hombre más nacido / para el placer, fue al dolor / más derecho. / Jamás ninguno ha caído / con facha de vencedor / tan deshecho”.

SawaAlejandro Sawa. 

La historia le ha castigado a no figurar como uno de los grandes nombres de las letras hispanas del cambio de siglo; no es un apellido de los que aparecen en los libros de texto junto a Galdós, la Pardo Bazán, Leopoldo Alas, o más adelante, los jóvenes del 98. Es el gran olvidado excepto por el homenaje que le dedica Valle-Inclán a través de su genial pieza escénica.

La obra de Sawa, aparte de las colaboraciones con periódicos y revistas, es escueta; apenas supera los diez títulos entre novelas y otros textos en prosa. No obstante, la literatura española de ese comienzo del siglo XX tiene una fuerte deuda con su persona, principalmente por su papel de transmisor de las corrientes más de vanguardia que estaban imponiéndose en Europa y en América Latina.

Alejandro Sawa residió en el efervescente París de finales del XIX, en concreto entre 1890 y 1896, trabajando para la casa Garnier participando en la elaboración de un diccionario enciclopédico. Según su propio testimonio, fue la época más feliz de su vida, disfrutó de la bohemia parisina y conoció a la flor y nata de la intelectualidad de la época, a gente como Paul Verlaine o Alphonse Daudet, entre otros (cuenta la leyenda que el mismísimo Víctor Hugo le besó en la frente, reconociendo su valía literaria, y que desde entonces no se volvió a lavar la cara).

A su vuelta a España se trae consigo la llama de las nuevas corrientes literarias que están de moda en el país vecino: el simbolismo y el parnasianismo. Se convierte en el principal evangelista de las formas revolucionarias francesas entre los escritores patrios, hasta entonces ajenos a la obra de figuras como Verlaine, Rimbaud o Baudelaire, que constituyen una poderosa influencia para las vanguardias literarias de la primera mitad del siglo XX. Vuelvo a citar a Manuel Machado que describe esta faceta de Sawa:

“Allá por los años 1897 y 1898 no se tenía en España, en general, otra noción de las últimas evoluciones de las literaturas extranjeras que las que nos aportaron personalmente algunos ingenios que habían viajado. Alejandro Sawa, el bohemio incorregible, muerto hace poco, volvió por entonces de París hablando de parnasianismo y simbolismo, y recitando por primera vez en Madrid versos de Verlaine”.

Fue también Sawa el principal valedor de Ruben Darío en nuestro país, cuya primera visita a España había pasado desapercibida. Este aspecto le recuerda el bohemio al vate de nicaragua en una carta: “yo he tenido la suerte de ser tu victorioso profeta”. También Valle-Inclán se hace eco en Luces de Bohemia de la relación literaria entre ambos escritores cuando pone en boca de Max Estrella refiriéndose a Dario: “Muerto yo, el cetro de la poesía pasa a ese negro”.

Igual que en el caso de los poetas franceses, la influencia del modernismo de Ruben Darío entre nuestros literatos fue decisiva para configurar los estilos de los jóvenes de principios de XX, como los hermanos Machado (aunque Antonio enseguida se desvinculó de la estética modernista tachándola de artificiosa), o el antes citado Ramón María del Valle-Inclán, especialmente en su poesía más juvenil.

Sobre el carisma de este bohemio y su influencia sobre los escritores de su generación y de las siguientes escribía Claudio Frollo (Heraldo de Madrid, 1899): “Sawa ejercía […] la jefatura de la juventud intelectual. Era un muchacho, y a los que entonces éramos niños se nos aparecía como un apóstol. Hablábase del tipo de Sawa, del peinado de Sawa, del perro de Sawa, de la pipa de Sawa, del talento de Sawa”.

Su obra, que no es demasiado extensa, se compone de narrativa, obras de teatro y colaboraciones periodísticas. Ocupan un lugar preeminente en su acervo creativo las novelas Crimen legal (1886) y Declaración de un vencido (1887). No obstante, resulta especialmente interesante el libro póstumo Iluminaciones en la sombra (1910), una suerte de collage de impresiones, apuntes y opiniones, que realmente pone en evidencia la genialidad intelectual de Sawa y de su arte literario. Para mí esboza al gran escritor que podía haber legado a la historia de nuestra literatura.

En sus Iluminaciones realiza el autor desde crítica literaria hasta la plasmación de pensamientos íntimos y cotidianos de necesidad, teñidos de lírica: “Y hoy otro día más, lluvioso como el de ayer, con su amenaza de seguir buscando lo que ayer no encontré, lo que hoy, quizás, no alcanzaré tampoco. Y mañana… y después de mañana…y siempre, siempre…”.

Abundan también los aforismos mordaces del tipo: “Acabo de conocer a un español bien educado. Dios mío, ¿si será cierta la desaparición total de este pueblo?”.

Todo ello siempre huyendo del dolor y de la desesperación que le acompañaban en vida: “¡A la calle, a la batalla, a luchar con fantasmas! Pero son calles en que al andar se pisan corazones, y son fantasmas que ocultan bajo sus túnicas de niebla puñales y amuletos contra la dicha humana”.

A ratos excesivo y provocador, recordando al lector al Rimbaud de Una temporada en el infierno, como cuando afirma: “¡La gloria! Ventosidades de un dios jocoso y flatulento que, mirando hacia nosotros, ríe desde su Olimpo”.

Expresión esta última que nos recuerda a aquella frase que Valle-Inclán hizo pronunciar a su otro yo literario Max Estrella: “Los héroes clásicos han ido a pasearse por el Callejón del Gato”. Los espejos deformantes que presiden un bar en el callejón de Álvarez Gato pueden convertir en grotesca la belleza más sublime: es la definición gráfica de Esperpento.

El propio Valle describió las Iluminaciones en la sombra de Alejandro Sawa como: “Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones”.

Sawa no pudo sobrevivir a la bohemia y a la miseria derivada de ella, falleciendo en marzo de 1909 a los 47 años. No pudo saltar a tiempo de un barco que se dirigía irremisiblemente hacia los escollos. A pesar de su ceguera, no supo renunciar a las luces de la libertad y de la poesía, no tanto como una práctica literaria, sino como una actitud vital. Como le reconoce un personaje de la obra de Valle-Inclán a otro: “Yo me salve del desastre renunciando al goce de hacer versos. Usted no alcanzará nunca lo que son ilusión y bohemia”.

Despedimos aquí a Alejandro Sawa, Max Estrella o Mala-Estrella con el resto de los versos del epitafio que le dedicó Manuel Machado y que hemos comentado al principio: “Y es que él se daba a perder / como muchos a ganar. / Y su vida, / por la falta de querer / y sobra de regalar, / fue perdida. / Es el morir y olvidar / mejor que amar y vivir. / Y más mérito el dejar / que el conseguir”.

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