Una canción de Antony and the Johnsons, un portazo y un viaje

Llevo más de un año postergando este texto. Escribir algo sobre Antony and the Johnsons fue una de las primeras propuestas que me lanzaron desde Drugstore, a sabiendas de que yo era un viejo y particular seguidor de Antony Hegarty y su banda. Desde entonces me han animado insistentemente a que rompa mi silencio sobre este artista. Pero había un problema, tenía una historia muy particular con él, y cualquier intento de poner en palabras algo sobre su música se me convertía a las pocas frases en reseña común, en paisaje visto desde el autobús turístico. Si hablaba de sus discos y proyectos con afán crítico lo redactado tomaba forma de prospecto. Si abordaba al personaje, el que dice no sentirse hombre ni mujer, el icono de la extrañeza, la fotografía se desenfocaba al filtrarse por el plástico bruñido del cristal de esa inevitable atalaya de turista cultural. Finalmente, solo encontré una opción: no hablar de él, sino de mí. Esta es mi historia con Antony and the Johnsons. Tal vez diga más de este músico único que recitar logros y anécdotas en la cronología de su vida.

Antony and the Johnsons - Photograph- Rafa Rivas-GettyAntony Hegarty / Foto: Rafa Rivas/Getty.

Antony apareció en mi vida una mañana de mayo de 2005. Había quedado con una persona a la que no me apetecía ver. La cita era en mi viejo barrio, el lugar donde había vivido desde pequeño, del que me había marchado hacía un par de años y por el que no dejaba de sentir nostalgia. Llegué en coche, escuchando un casette de Ocean Colour Scene, lo recuerdo bien, porque nada más aparcar en la misma calle donde crecí, decidí apagar la cinta y poner la radio. Ocean Colour Scene me gustaban, el britpop siempre ha sido mi música predilecta, pero sentí que necesitaba escuchar algo que no me recordara a mí mismo. Recuerdo ese sentimiento. Ya habrán intuido que me encontraba en una de esas etapas vitales en las que se desea dar un portazo fenomenal y no mirar atrás, pero en las que cuesta encontrar la puerta para hacerlo. Pues allí estaba, en mi viejo barrio, con nostalgia y hastío, esperando a alguien a quien no quería esperar más, cuando sintonicé Radio 3 y comenzó a sonar una canción que jamás olvidaré. Una canción que me conmovió desde sus primeras notas, y que no tardó en embaucarme por completo. Uno de esos temas que cuando se escuchan por primera vez piensas que es la canción perfecta —como pasa a temprana edad con Let It Be o Angie—. La voz era la de un tenor casi contralto, extraña, suave, sofisticada. El piano un acompañante de imponente presencia. Y los arreglos de viento, chelo y violines una combinación maravillosa que la convertía en un blues con regusto jazz, en una balada soul, en un mediotiempo de menos a más. Lo era todo. Durante cinco minutos se borraron cada una de las cosas que me tenían preocupado. Solo disfruté de la música, allí, en mi sitio de siempre. Y luego temí, como suele ser habitual con descubrimientos de este tipo, que el locutor radiofónico no dijera el nombre del artista ni el título de la canción, o que un ruido casual me impidiera oírlo claramente. Subí el volumen al 20. “Hemos escuchado Fistful of love, de Antony and the Johnsons”. Y entonces, la puerta que estaba buscando… apareció.

Pegué el portazo. Dejé de esperar. Arranqué el coche y me fui de allí, sin esperar ni un minuto más a que apareciese aquella persona a la que no quería ver. Estaba turbado, por supuesto, no voy a mentir, no tengo la sangre tan fría como me gustaría, y cuando tomo decisiones importantes y aparentemente impulsivas padezco de los mismos temblores y agitación que la mayor parte de los mortales. El caso es que me dirigí directamente a casa, y me puse como un loco a buscar información sobre ese hombre y esa banda que acababa de descubrir. Con la esperanza de encontrar la banda sonora de una nueva etapa de mi vida. Antes de saber nada, solo escuchando Fistful of love, me imaginé que el tal Antony debía ser el típico crooner de traje negro de buen corte, y los Johnsons una de esas bandas impolutas de músicos tristes de soul. Imaginen la sorpresa al descubrir la figura real de Antony Hegarty, ser andrógino de monumental presencia, la piel cerúlea, un perenne gesto infantil de timidez, combinando ropas de hombre y de mujer, grande, alto, casi obeso. ¿Era él? ¿Salía de ese cuerpo imposible la voz única y conmovedora que acababa de escuchar en el coche? Parecía que así era. Los Johnsons, por su parte, sí respondían a lo imaginado, no tan tristes, pero serenos y bellos como la ideal escudería de un Quijote sin género. Ponerle identidad personal, casi símbolica, a esa voz no hizo otra cosa que incrementar la fascinación por su música.

Fistul of love pertenecía a su segundo álbum, I’m a bird now, una obra maestra del nuevo siglo que sigue siendo hoy su mejor disco. El primer álbum de Antony and the Johnsons se había editado en 1998, con el mismo título que el nombre de la banda. Era un trabajo maravilloso, tanto que al tiempo llegó a oídos de Lou Reed, y esa fue la llave que le abrió a la banda el camino del reconocimiento mundial. Historia conocida que está impresa en muchas partes, pero no esta historia, ya lo dije. 

I’m bird now contenía diez cortes, el primero de ellos Hope There’s Someone. La impresión fue casi tan grande como con Fistul of love. ¿Pero qué era aquello? ¿Cómo estos tipos no sonaban en todo el mundo? No tardarían en hacerlo, claro. Hope acabaría sonando en el cine de Isabel Coixet y en anuncios de colonias. Todas y cada una de las canciones del álbum tenían un halo de misterio y de intensidad desasosegantes. Era algo demasiado fuerte. Tan fuerte que lo escuché una vez tras otra, no sé cuántas veces, ese día y los siguientes. Era como disfrutar sin descanso del sonido de ese portazo tanto tiempo ansiado. Sin embargo, faltaba algo, así lo sentía. Me ruboriza decirlo, porque sé que es absurdo, pero sentía que algo me llamaba o me estaba esperando. Y algo así más o menos ocurrió, por casualidad, como en las malas películas. Descubrí que en dos días Antony and the Johnsons tocaban en España, en el festival Primavera Sound de Barcelona. E hice otra de esas cosas ruborizantes que suceden en las malas pelis y por lo que me ha costado tanto abordar este artículo. Me monté de nuevo en mi coche, que era un Clío de segunda mano con doscientos mil kilómetros, y puse rumbo a Barcelona desde Madrid. Lo único que hice antes de salir fue revisar la presión de los neumáticos y grabar dos copias en casette de I’m a bird now, por si una fallaba. Iba a meterme ocho horas de viaje para ir a un concierto yo solo. Se me está yendo la olla, pensé. Me sentía raro, y quizás por eso me encontraba tan a gusto escuchando a alguien que era cien veces más raro que yo, y que lo era aparentemente sin imposturas. 

Llegué a Barcelona. Estuve en el concierto de Antony and the Johnsons en el Parc del Fòrum aquel viernes de finales de mayo de 2005. Le escuché cantar en directo Fistful of love. Todo mi cuerpo se sobrecogió. En el silencio memorable de aquella noche, el que instauró Antony alrededor de su voz y sus músicos, quietos todos bajo una isla de luz azul, sentí que la vida seguía, y que el cuerpo se me llenaba de recuerdos y, como dice la canción, de “puñados de amor” y de desamor. En aquel silencio, con aquella música, no solo escuché una vez más el portazo a una parte del pasado, sino que vi con alegría esa puerta cerrándose. Gracias, Antony, tío raro.

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