Travelling sobre un sueño extraño y penetrante

Nadie ha llegado a comprender muy bien qué quiso decir Jean-Luc Godard cuando soltó aquello de que “el travelling es una cuestión moral”. Posiblemente ni él mismo supiera exactamente a qué se estaba refiriendo. Y sin embargo, después de aquella sentencia solemne pseudofilosófica de un tipo más erudito que talentoso, nada volvió a ser lo mismo a la hora de hacer cine. Algo cambio, algo se puso en movimiento, y nunca mejor dicho. Fue el propio cine, el arte, el que se ocupó de darle sentido a la frase de Godard. 

En 1991, un modesto film belga, la opera prima de un treintañero llamado Jaco Van Dormael, se sumó a las explicaciones prácticas del qué era eso de la moral de una cámara sobre ruedas. Y resultó que era una historia, en movimiento. La película se titulaba Toto le héros (Toto el héroe). Una vida contada en menos de hora y media.

toto_le_herosToto el héroe (1991), de Jaco Van Dormael.

Es la historia de Thomas Van Hasebroeck, un topógrafo jubilado que se marchita en una residencia de ancianos tan gris como su propio aspecto, consumido por los recuerdos de una vida malgastada, condicionada por un amor imposible, perdida en un océano de dolor por la pérdida de los seres queridos. La voz del anciano Thomas le cede el relevo a la del niño Thomas, el tímido hijo mediano de una sencilla y feliz familia, enamorado secretamente de su hermana mayor, Alice, y convencido de que fue confundido al nacer, durante un incendio en el hospital, con su vecino Alfred, que de esta manera vive la acomodada vida que a él le hubiera correspondido. Los flashback hacia la infancia y la vida adulta de Thomas arman la estructura del film, pero no son flashback como tal y en su integridad. No se trata de saltos objetivos al pasado. Es un gran travelling, en cierta manera, sobre la memoria del anciano Thomas. Un recorrido por sus recuerdos, idealizados a veces, inventados incluso. Movimientos de ida y vuelta por los territorios del pasado, desde la infancia a la edad adulta, un edificio por el que subir y bajar, compuesto de sueños, memoria y fantasía. 

Toto el héroe es un film impregnado de tristeza y de ternura. Una obra que alcanza momentos sublimes de lirismo cinematográfico. Un guión y un montaje que juega con el tiempo con una originalidad maestra, montando elipsis sobre falsos raccord de leve aprehensión retardada —cuando un plano te hace pensar que sigue en la misma secuencia que el anterior, pero pertenece a otra nueva, a otro tiempo y otro lugar—, con planos insertos de recuerdos, con montajes alternos de fantasía y realidad, y a veces incluso integrados en la misma acción. Toto logra secuencias de factura y contenido arrebatador, como aquella en que Thomas recuerda la primera vez que hizo el amor con Evelyn, y llora mientras lee los versos del poema Mi sueño familiar, de Verlaine: “A menudo tengo ese extraño y penetrante sueño, de una mujer desconocida a la que amé y que me amó. Y que cada vez no es exactamente la misma, ni es completamente distinta… ¿Es morena, rubia o pelirroja? No lo sé. Su nombre… recuerdo que es suave y sonoro, como el de los amantes que la vida separa. Su mirada se asemeja a la mirada de las estatuas. Y su voz… lejana, tranquila y grave, tiene la inflexión de las voces queridas que permanecen en el silencio”. En Toto solo hay una cosa más poderosa que la nostalgia y el arrepentimiento de la madurez, las pasiones de la infancia. En la mirada del pequeño Thomas hay una expresividad ante todo lo incomprendido de la vida, ante todo lo injusto de la vida, que encierra eso que podría llamarse el “milagro fílmico”, registrar la expresión conmovedora de sentimientos reales sobre una ficción. 

En 1991, Toto le héros recibió la aclamación de la crítica, y llegó a hacerse con el prestigioso premio Cámara de Oro del Festival de Cannes. A pesar de ello, como con tantas otras obras maestras del cine, quedó ubicada en el marginal estante de las películas de culto, de las exquisitas rarezas. Es una pena que una mirada tan lírica, tan inmensa sobre el mundo de la infancia y a la vez sobre la vejez, sea un tesoro oculto. Dar con ella y verla sí debería ser una cuestión moral de obligado cumplimiento.

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