Teotihuacán, donde el tiempo se para “entre el sol y la luna”

Búsqueda en Google: Pirámides de Teotihuacán. Aparece un mapa sobre Madrid y acto seguido, sin que yo se lo pida, sobrevuela medio mundo dejando mi mano, que agarra un café, temblorosa por el vértigo ante tan inesperado viaje virtual. Se me encoge el corazón y mi garganta se cierra, reprimo una lágrima, porque últimamente lo último que me apetece es llorar. Y me quedo sin palabras, porque recuerdo aquel viaje de muchas formas, pero hasta que el buscador no me ha puesto las fotos de las Pirámides delante de mí, a modo de puñetazo directo en la boca del estómago, no me he dado cuenta de que de alguna forma el tiempo se paró en la Calzada de los Muertos.

Piramide del Sol, Teotihuacán, Michael Creasy 2Piramide del Sol, Teotihuacán / Foto original: Michael Creasy.

Vuelvo a sentir la grava bajo los pies. El golpe de calor en la nuca es indiscutible. El olor del aire puro, después de haber estado inhalando durante dos semanas el dióxido de carbono de los millones de coches que hacen de cada día una pesadilla en la capital mexicana, vuelve a entrar  por mi nariz, directo al hipotálamo. Una amiga me dijo una vez que el olfato es el único sentido al que no puedes “mentir”, tenía toda la razón del mundo. Estoy ahí, de nuevo, todo lo demás desaparece. Has viajado ya no solo en el espacio si no en el tiempo. Un jet lag de siglos se acumula en tu mochila, pero no importa. Siento decirte, de hecho, que no importas nada. Porque lo que tienes delante es tan jodidamente grande y esconde tanta magia olvidada que a nadie le importa que te moleste madrugar, las colas en la panadería o incluso tu enfermedad terminal. No somos nada. Y eso nos lo recuerdan, mirándonos por encima del hombro, las Pirámides del Sol y de la Luna.

Pero aquí no todo es mágico, ya nos hemos encargado de atar los misterios al suelo con cuerdas humanas. Una vez llegas al parking de la zona se es atacado por decenas de guías turísticos. Entre bromas y chanzas intentan ser quien se lleve el gato al agua, y terminas de la mano de un local que, para reducir la confusión con su nombre, pide que le llames Spiderman. Acto seguido te encuentras en medio de una avenida llena de tiendas para que los turistas tengamos algo nuevo que llevar de vuelta a casa, objetos inanimados que tu madre terminará tirando por “accidente” un día de limpieza. Oyes, al principio con cierto temor, los rugidos del jaguar, pero no son más que cabezas de resina del tamaño de un puño por los que puedes soplar para conseguir semejante sonido. Si piensas que puedes ganar la batalla al consumismo, espera, dentro del recinto de las Pirámides, surgen otras doscientas oportunidades más para caer en las redes del gasto compulsivo, eso sí, jugando al regateo y fingiendo el poco interés que te producen las pinturas hechas a mano con savia de plantas, las piedras con poderes curativos o los colgantes variopintos.

Piramide de la Luna, Teotihuacán, Michael Creasy 2Piramide de la Luna, Teotihuacán / Foto original: Michael Creasy.

El viaje estará lleno de fotos, selfies, panorámicas e ideas locas sobre cómo una foto de tal o cual manera te dará más reconocimiento en la red social de turno. Pero de nuevo, todo esto dará igual. Aunque tu móvil se caiga y se parta en dos, Teotihuacán seguirá allí. Aunque compres regalos para todos o para nadie, Teotihuacán seguirá allí. Así que cierras los ojos y viajas. Imaginas como puedes a las miles de personas que poblaban aquella ciudad hace más de mil quinientos años. Su abandono o su colapso es un misterio a medias. Los estudios dan prueba de condiciones de vida de fuerte explotación para los habitantes de Teotihuacán, y sostienen que una revuelta contra las elites gobernantes fue el motivo de su final.

Subes a la Pirámide del Sol dejándote los cuádriceps en cada escalón y no eres capaz de acostumbrarte al paso, pues las distancias varían de uno a otro peldaño, evitando así que alguien pueda tomar semejante masa de piedra en su poder, de golpe y sin previo aviso. Te explican que a cada lado de cada final de tramo de escalera había dos soldados con lanzas preparados para hacer que los intrusos se precipitaran al vacío y que sus huesos quedasen reducidos a astillas que rajarían la piel de dentro hacia afuera. Coronas la cima hasta la que unas vallas de plástico naranja te dejan subir y te crees Dios. Tienes ganas de gritar y cuando vas a tomar aire alguien “ahí arriba” dice “eh, aquí el que hace ruido, soy yo”, y para que quede bien claro estalla una tormenta que ni de casualidad habrías visto venir. El agua y el aire te azotan, te acribillan la piel, te empujan y luchan contra ti, ser estúpido venido a menos. Pero te sientes bien, fuerte, vivo. Humano. En tu sitio. Y tal como vino la tormenta, se fue.

Vista desde Piramide de la Luna, Teotihuacán, Michael Creasy 2Vista de la Calzada de los Muertos y de la Pirámide del Sol, desde la Piramide de la Luna / Foto original: Michael Creasy.

Bajas del Sol haciendo zigzag para que vaya descansando una y otra pierna, procurando no pensar mucho en el vértigo. Y de nuevo estás en la Calzada de los Muertos. Y a lo lejos la Luna te dice “ven, ahora me toca a mí”. Pero si el Sol te castiga la Luna te acuna. Y cuando llegas a la cúspide te dejas abrazar por el astro, y el Sol, celoso, te manda su calor que rebota en la piedra en la que decides apoyarte para descansar. Compartes una botellita de mezcal con sabor a cacao y fumas una marihuana que trae uno de tus compañeros de viaje, inhalas humo y exhalas risas. Y te sientes (de nuevo) bien, fuerte, vivo. Humano. En tu sitio. Y en paz. Solo se oye… nada. Así que sigues riendo, tal vez por el alcohol, tal vez por la maría, o tal vez porque te has vuelto loco de felicidad. Y haces el jaguar, y te haces fotos haciendo el jaguar y piensas “qué dientes tan amarillos tengo” y eso te hace reír aún más fuerte junto a esas personas con las que has compartido una pausa del mundo terrenal. Un soliloquio de la naturaleza. Un festín de un mundo mágico, desconocido para el ciudadano de a pie.

Y festín es el que te pegas también en un restaurante cercano llamado La Gruta. Un salón abierto en el corazón de una cueva natural que te saluda con una bajada de temperatura y un  silencio espeso. Con sus sillas coloridas y su café de puchero. Y la luz que va cambiando a medida que avanza el día y te informa de que este sueño se acaba.

Y como un sueño te alejas. Con tus dientes amarillos, tus piernas cansadas y con un trocito menos de alma, que se ha debido quedar a vivir entre el Sol y la Luna, donde el tiempo se para. 

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