Taxi Driver: por el espejo retrovisor solo se ven fantasmas

Hay veces que se alinean los astros más brillantes. Una de esas ocurrió en 1975, cuando un guionista de cine excepcional pero alcohólico, y autodestructivamente deprimido escribió en una semana el libreto de Taxi Driver, la historia de un tipo tan solitario como él, pero bastante más zumbado. El guionista era Paul Schrader —que posteriormente firmaría historias como Toro Salvaje y La última tentación de Cristo—. Brian de Palma, irregular —siendo generosos— director, era amigo de Schrader, muy buen amigo, tanto que al leer el guión de Taxi Driver no se lo agenció, sino que puso en contacto a su colega con el director que mejor le parecía podía dar vida a esa joya: Martin Scorsese, el joven prodigio que había dirigido Malas Calles y Alicia ya no vive aquí. El flechazo fue mutuo. A fin de cuentas, eran dos tipos bastante coincidentes en cuanto a “dolores” de cabeza, y con los mismos gustos por lo psicotrópico y lo adictivo. El siguiente astro en alinearse fue el más genuino de los nuevos —y últimos— actores del “método”, un Robert de Niro que contaba 33 años por entonces y una reciente estatuilla de los Oscar por el papel del joven Vito Corleone. De Niro se encontraba en Italia cuando su amigo Marty le llamó, rodaba Novecento con Bertolucci; en una pausa de ese rodaje cogió un avión para Nueva York y se fue directo a sacarse la licencia de taxista. Estuvo cerca de un mes recorriendo la ciudad y cobrando carreras. Luego volvió a Italia para acabar Novecento. Y luego de nuevo a Estados Unidos, con el taxista Travis Bickle latiendo en su interior. Tres astros. Aún faltaban dos para el quinteto mágico. Uno, el director de fotografía Michael Chapman —el señor que filmaría el blanco y negro de Toro Salvaje pocos años después—. Y por último el afamado y reticente compositor Bernard Herrmann, el hombre que había puesto música a Vértigo o Psicosis, de Hitchcook. En un inicio Herrmann rehusó la oferta de Scorsese, pero tras mucha insistencia del italoamericano, acabó cediendo, y componiendo, quizás, su más sugerente obra, a la postre la última y definitiva. Herrmann murió el día de Nochebuena de ese 1975, el mismo que —cuenta la leyenda— acabó la partitura de Taxi Driver. El film, de hecho, está dedicado a su memoria.

taxi driverTaxi Driver (1976) / Foto: Columbia Pictures.

Con esta concentración de talento no resulta extraño que saliese una obra maestra. Pero aún así hay que sorprenderse ante una película como Taxi Driver. Pocos films cargan tan merecidamente el pesado título de las masterpieces. Cuarenta años después conserva una modernidad arrolladora. El personaje de Betsy —Cybill Shepherd— define en su primer encuentro con Travis a éste con la estrofa de una canción de Kris Kristofferson: “Mitad verdad, mitad ficción. Pura contradicción”. Así es Taxi Driver, una perfecta conjunción de verdades en una historia ficticia, el paisaje de un mundo radicalmente contradictorio, confuso, bello y violento al mismo tiempo, tierno y abrupto. Un mundo lleno de luces y de sombras, brutalmente dividido. Poblado de seres solitarios en ciudades monstruosas en sus dimensiones, no solo geográficas.

Taxi Driver es, por encima de todo, una verdadera sinfonía sobre la soledad. En concreto sobre un tipo de soledad, la urbana. Paul Schrader se pasó cuatro semanas deambulando por las noches, borracho, drogado, por tugurios y cines porno, después de que su esposa le dejara y perdiese su trabajo. De esa caída a los infiernos salió por una inspiración, la proyección de sí mismo en el personaje de Travis. El taxista nocturno es el ave solitaria por excelencia de la soledad anónima en las grandes ciudades. Un ser que transita la noche con todos sus fantasmas. Un misántropo, joven veterano de Vietnam, trastornado, reaccionario para unas cosas y cuasi libertario para otras, que sueña con “una gran lluvia que limpie toda la escoria de las calles”. El guión de Schrader es una maquinaria perfectamente programada sosteniendo un ingenio de precioso brillo. La manera en que van apareciendo las distintas tramas como diferentes voces en contrapunto, la forma en que dialogan unas con otras, la adorable e idealizada Betsy que trabaja para la campaña electoral del candidato Charles Palantine da entrada al propio objetivo de la futura ira de Travis, el político al que respeta primero y quiere matar después, el mismo que se baja de su taxi justo antes de que irrumpa en él furtivamente la niña prostituta Iris —una Jodie Foster de solo 13 años—. Todas las voces se suman a la principal de Travis, la de ese diario en off que recorre las calles de noche y pasa las horas buscando una redención, un sentido “a los días que duran y duran”. Muchas de las secuencias son memorables en su originalidad creativa, como la de la primera cita de Travis con Betsy, cuando la lleva con total naturalidad a una sala de cine X… y el pobre no entiende por qué ella se molesta y huye despavorida; o el momento de compadreo con el servicio secreto del político sobre el que quiere atentar; y por supuesto, la secuencia ante el espejo en la que Robert de Niro se saca de la cartuchera de la Magnum 44 una de esas frases para la historia: “You talkin’ to me?”

taxi_driverLa mirada final, Taxi Driver (1976) / Foto: Columbia Pictures.

Todo visto con el ojo de un Scorsese en estado de gracia, que ponía la cámara de la manera más arriesgada y más elegante, a la vez. En todas y cada una de las partes de ese taxi que es como una barcaza navegando las aguas estigias del Nueva York de los 70. Trasladándose a cámara lenta por entre las luces de la noche. Una cámara que es capaz de deslizarse sobre un travelling imposible, por el techo, para salir de la infernal habitación de burdel clandestino donde el antihéroe Travis ríe y se dispara con una pistola invisible en la sien, una y otra vez, con su misión cumplida. Una cámara puesta a punto por la noche de Michael Chapman, por su mar de neones sobre la negritud. Y empujada al ritmo lento e intenso de la música póstuma de Bernard Herrmann, una letanía de peso jazzístico, el ruído exquisito en la mente del halcón nocturno y vengador.

Taxi Driver es una de esas películas que hay que ver al menos una vez al año. Especialmente cuando brotan ganas de romper con todo, o se siente todo roto por dentro. Y luego, salir a pasear, sin mirar atrás. Aprendida la lección que no terminó de comprender Travis Bickle: que por el espejo retrovisor solo se ven fantasmas.

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