Sempre Suaves, sempre

A José Manuel Domínguez todos le llaman Yosi. Es el tributo que se paga cuando tú ya no eres tú, sino que formas parte de una generación, eres mito, él es Dios, es esperanza, con zapatos gamuza azul. Son muchos años, además, casi cuarenta, en piel tan particular. Tantos como para buscar, al fin, la extrañeza del rockero que descansa, al menos, por una vez en la vida

A José Manuel Domínguez todos le llaman Yosi, y Yosi es el cantante de Los Suaves, y Los Suaves se van, se marchan a donde se ahoga el sol. ¿Para no volver? Es al menos lo que dicen, es al menos lo que todos deberían creer si no supieran que para el poeta no existe final, no hay más destino que el dulce castigo de los versos a medio engalanar. Y que, hace mucho, mucho, Los Suaves trascendieron la música para entrar en otro terreno. En el de los símbolos. Rock urbano, himnos generacionales. Voz de todos hecha con voz de uno, castillos de arena en el fondo del mar.

los suavesLos Suaves / Foto: Los Suaves, web oficial.

A Los Suaves les pasó lo que a Manuel Rivas, que se les juntó la ciudad y lo rural. Así, mientras el poeta gallego era considerado como adalid de la poesía urbana pese a escribir de vacas, de mares, de acantilados y tojos (o sea, pese a escribir de vida), a Los Suaves se les puso la etiqueta de rock urbano… más aún, pasaron a ser uno de los grupos más representantivos de ese estilo precisamente a raíz de su disco más telúrico, más apegado al terruño, más lleno de niebla, de meigas, de olas batiendo en la distancia, de estrellas entre nubes. Cuanto más olía su música a hierba, a silo, cuanto más se le enroscaban a Yosi las estrofas entre el amanecer del lugar donde se acaba el mundo, en ese momento en que los truenos guardan mi tesoro, más fama alcanzaba el grupo. Rock urbano, decían. Como con el Rivas del millón de vacas, como con el Baricco del Océano y el Mar. Rock urbano. 

Las canciones de Los Suaves anduvieron por callejuelas sucias, claro, hablaron de bares, de asfalto, de farolas rotas, de plazas donde se pasean las navajas, de ambulancias titilantes. Ahí está el disco Malas Noticias, uno de los más conocidos entre los suyos, que huele a vómito en los adoquines, que sabe a alcohol barato, a salpicaduras de sol y futuro echado a perder. Escucharlo es leer al primer Suso de Toro, es sentir en la lengua la Galicia de finales de los ochenta, la de la fariña, la de la risa y la lágrima. Rock urbano, claro. Pero ellos siempre miraron más allá, siempre buscaron trascender. Quizá no de forma deliberada, o a lo mejor sí. Cuantas ilusiones traje a este mundo al revés. Y así llegó Santa Compaña, aroma de tempestad celta, sabor a beleño, a crujir de hojas secas bajo los pies. Toda una declaración de intenciones. Toda un compromiso fundacional. Pero el camino había sido largo, muy largo.

Alberto Cereijo tiene el pelo largo, los ojos tristes y, seguramente, más de cinco dedos en cada mano. Es uno de esos guitarristas a los que les caen agudos del mástil, de los que llenan minutos y minutos de virtuosismo sin excesos artificiales. Seguramente su sonido sea una de las señas de identidad de Los Suaves. No en vano hasta su llegada las canciones del grupo eran más breves, más directas, con menor complicación melódica. Jamás llegaron a ser esos trallazos de sonido intenso y vacío que tan de moda estuvieron en tiempos, pero sí que eran composiciones más leves, casi inocentes, y yo pensando en dormir. Sin vocación, podríamos decir, de trascender. Aunque algunas lo hicieran. Pero luego llegó él.

Las canciones se alargaron. Lo que antes era sencillez y apariencia tornaba ahora en una mayor complicación, en un sonido subterráneo, por un momento las penas se olvidan, que armonizaba la música y el texto. Entendías que lo que se contaba era importante, que la cama estaba regada, sí, de asco y sudor, y que la melodía realzaba esa importancia. Que era un todo. No había verso superfluo, no había acompañamiento poco menos que ornamental. Fusión. El primer disco con Cereijo se llamó, simbólicamente, Maldita sea mi Suerte.

El pesimismo. Hace mucho que los temas de Los Suaves trascendieron a himno generacional. Curiosamente, o no, la mayoría de ellos, la mayoría de esas letras que todo el mundo puede tararear, que muchos llevan grabadas a fuego, son posteriores a la llegada de Cereijo. Es como si su virtuosismo musical le hubiese dado a Yosi, hasta entonces pobre perro sin ladrido, la libertad suficiente para expresar, el pecho abierto, sus sentimientos tal y como le brotaban, sin cortapisa alguna. Como si, al fin, hubiera hallado su estrofa, su romance, su soneto. Y, a partir de ahí, dejase fluir. El pesimismo, claro, como eje fundamental, ¿para qué, con qué razón?, como reflexión, certera, de que la vida será una cruz. O el amor, que al final es de lo que hablan todos los poemas, todas las canciones. El amor a la muerte, también, al alcohol, el amor a lo perdido, el amor al mismo amor, el temor al amor perdido, mejor es dejarme. El pesimismo y el amor, claro… y las adicciones, ese alcohol omnipresente en prácticamente todas las canciones, ese que se cuela cuando se acaba la fiesta y comienza el funeral, estando sin estar, en cada verso, en cada esquina de cada palabra. O la figura del perdedor, la revisión del Like a Rolling Stone dylaniano (y nunca nadie podrá escribir suficientes frases sobre los infinitos matices que contiene esa letra del bardo), el hombre (o la mujer) que pudo ser y no fue, o que fue y dejó de serlo, la historia de cuando se fueron los buenos tiempos, la juventud ya se escapó, sin falsas compasiones, sin cariño impostado, historia, en fin, de todos, de todo, que al mismo Yosi le apodaban Pardao un tiempo. O las mujeres, por supuesto, cómo no, las mujeres. Mujeres a las que se dice miénteme, dime que me quieres. Son malas las mujeres en Los Suaves, malas no por maldad, claro, sino por ser el detonante de la desgracia, del desamor, de la, también, tragedia. Por ser las trampas de la verdad. Por ser, en fin, tentación a la que no es posible oponerse, por ser espejo de lo que uno jamás alcanzará. Por ser felicidad que no se llega a tocar, o que se toca justo antes de ser abandonado. Eso, pesimismo. En el fondo, amor. También los temas sociales, más al principio y al final de la carrera del grupo, el paro, la pobreza, la violencia policial, la guerra, su nombre era Isaac, la inmigración. Nunca hicieron Los Suaves canción protesta, nunca pensaron que gritando más alto consignas más claras se llegase a más gente. No, ellos lo hacían susurrando, medio tiempo de guitarra acústica guardada para ocasiones especiales. Y así, como la lluvia fina que cala en su Galicia querida, conseguían transmitir su mensaje. A golpe de verso.

A José Manuel Domínguez todos le llaman Yosi, mientras él lee, glotón, a sus amados poetas de la Generación de los 50. Lee a ese Goytisolo que le palabrea a Julia (más sentido que gritado), el que regaló uno de los himnos, prestado, al grupo. A Gil de Biedma, a Hierro, también a esa estrella fugaz de brillo incomparable que fue José Luis Hidalgo. Él lee, y aprende. Reflexiona y mira. No es el Viaje al fin de la noche de Céline, no es ese verbo descarnado, pastoso, obsceno. Aunque ceda el francés, de forma dubitativa, el motivo de una canción donde caen lágrimas en el arcén, que se titula como la obra pero que no es como la obra. Diferente. Pero no, no es eso.

Es, más bien, la sutileza en el hablar. Como si susurrar fuera la única forma posible, la única forma aceptable, de gritar desgarradamente. Eso son Los Suaves. Eso es, quizá, lo que les hace diferentes. La voz gastada del frontman de manual, pasado de todo y de todos. El llorar agudo del guitarrista, el cadencioso respirar del bajo. Eso son. Y letras, palabras, un puñado de himnos, veinte o treinta años de nuestra vida cada día siempre igual. Eso son. Parte de la memoria común. Como Goytisolo, como Pepe Hierro. Con su nada y con tu todo, ya sabes.

Ahora Los Suaves se van, se marchan. En la ciudad sin corazón, esa que se llama, que se llamará siempre, Perdición, ellos ya nunca van a tocar, el libro del tiempo cerró. Jaime Gil de Biedma, aristócrata cansado de ser aristócrata y de estar cansado, lo dijo muy claramente. Envejecer, morir, eran tan solo las dimensiones del teatro. Y baja el telón, también para Los Suaves, hoy adiós es un grito, verdad que parece mentira, sí, pero quiere decir bienvenido. Los últimos momentos de un puñado de músicos y un poeta melenudo y genial. Quienes comprendieron que, aunque la vida sea un lugar triste y oscuro, el rock puede ser, el rock es, un refugio de alegría y sonrisas. 

Sempre Suaves, sempre. 

Muchas gracias.

Pd. Para la elaboración de este artículo no se  ha maltratado a ningún rockero ni a ningún poeta. 

Ppd. En el cuerpo del texto aparecen, en cursiva, versos de algunos de los temas de Los Suaves. Se recomienda encarecidamente que actúe como banda sonora a las mismas palabras. Estas canciones son, por orden de aparición: No me gusta el Rock and Roll / Por una vez en la vida / El Afilador / Dulce castigo / Si pudiera / No me mires / Harto de ser hombre / Malas Noticias / El último metro / Parece que aun fue ayer / Solo pienso en dormir / Pardao / Pobre Sara / Preparado para el rock and roll / Como cada noche / Ahora que me dejas / No llores más por mí / Cuando la música termina / Dolores se llamaba Lola / Miénteme / Si te atreves a nacer / Ourense-Bosnia / Palabras para Julia / Viajando al fin de la noche / Siempre igual / Una ciudad llamada Perdición / ¿Sabes? ¡Phil Lynott murió! / El último pecado / Adiós, adiós.

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