Punto de no retorno

Zaatari no queda lejos de la melancolía. Este campo de refugiados, situado en medio de la nada en Jordania, acoge a más de 80.000 personas que cantan, lloran y recuerdan Siria. No hay un solo día que Maamoun no se prometa volver a su tierra natal. Da igual si el autoproclamado Estado Islámico amenaza a tu pueblo. Los padres de muchas de las personas que viven en las casas de un barrio llamado UNHCR (siglas de ACNUR en inglés) prefirieron quedarse en Siria y morir en el intento que vivir y morir.

Sólo hay que escuchar: “Dormir o morir, ¿qué diferencia hay?”. Las frases salen descorazonadas, pero Maamoun tiene tan claro que su lugar no se encuentra en Zaatari que lo único que le ata a este campo de refugiados jordano, uno de los mayores del pequeño país vecino a Siria, son sus hijos. Tiene tres y también son hijos de la guerra.

District ZeroDistrict Zero (2015) / Foto: Arena Comunicación.

Pero aunque quisiera olvidar y empezar de cero, este hombre no podría borrar su pasado. Es el protagonista de District Zero (Pablo Iraburu, Pablo Tosco y Jorge Fernández Mayoral, 2015), película-documental de factura española que relata el día a día de este comerciante y regente de una tienda de productos electrónicos que vende, repara y de los que rescata la Siria que ya no volverá a ser. En la película, también, podemos compartir el momento en que decide comprar una impresora, que insufla esperanza a un ambiente tan cargado por la desidia.

Nadie quiere olvidar su pasado, su tierra. Pero si una memoria puede conservar los recuerdos más bellos y atroces, hay otro tipo de memoria que sirve de apoyo a la primera. Y ésta es limitada. Por este motivo, porque los teléfonos no pueden guardar los recuerdos de toda una vida, es tan importante la nueva labor de nuestro comerciante en Zaatari: imprime recuerdos. Estos recuerdos tienen una doble función: borran el olvido y dan vida a las construcciones de chapa y plástico carentes de ella. En District Zero no veremos a ninguna de las personas que imprimen fotos de sus teléfonos guardarlas en un cajón. Todas las clavan en sus paredes, las acogen en sus espejos.

The New York Times recogía muy bien la esencia de este documental en un reportaje que habla sobre lo imprescindible para quienes migran en el siglo XXI: ‘comida, techo y smartphone’, reza parte del titular. Los móviles son uno más de la familia: si llueve, se cubren con un plástico; si la batería es escasa y no hay enchufes cerca, se hace todo lo posible para que aguante, cuidándolos con un mimo inusual a este lado del mundo. Para entenderlo mejor, sería como llevarse una piedra de tu tierra: “Vivir cerca de las piedras de tu tierra vale todos los Zaatari del mundo”, confiesa una mujer. No pasan más de cinco minutos sin que conmueva, cuando en esta ocasión canta a su Siria: “Mi país, mi nación, siempre será grandiosa, aunque me maltrate”. Nadie que canta a su tierra en Zaatari puede acabar la canción.

Y es entonces cuando te das cuenta que en Zaatari quienes sufren son sirios, pero quienes viven a su costa se hacen notar. Es suficiente un fotograma para que se vea el icono que identifica a Arabia Saudí como uno de los actores que quieren su cuota de protagonismo. Aquí y en Siria. No olvidemos que la guerra se ve como un juego de niños para algunos jerifaltes. En Zaatari, en cambio, vemos cómo niñas y niños juegan y van a la escuela sonriendo con sus mochilas donadas por la Unión Europea. La parte irónica de esta realidad aparece cuando uno recuerda cómo trata la UE a sus compatriotas en Hungría, Grecia, Italia o España.

Hay un detalle llamativo, de los que parecen normales si no se piensa sobre ellos, y es que los habitantes de este campo de refugiados no pueden salir de Zaatari cuando quieren. Las salidas se limitan a determinados días de la semana, en ocasiones un solo día, en el que tienen que adquirir las provisiones que necesiten y no se encuentren dentro de las que ofrece ACNUR. Y es sintomático: en Líbano, donde una cuarta parte de la población es refugiada siria, se ha endurecido la posibilidad de trabajar para quienes huyen de la guerra. Todo con tal de evitar una tensión social ya patente y que parece indicar que será recurrente en países vecinos. Jordania es otro de los estados que más población refugiada acoge. Mucho más que, por ejemplo, las aproximadamente 160.000 personas que se ha decidido repartir un continente de más de 500 millones de habitantes como es Europa. Pero es que nunca fuimos iguales.

Aquí, mucha gente sigue creyendo que los sirios vienen para quedarse porque la diplomacia europea vende esta tierra como un paraíso, pero la realidad es que nadie quiso salir de Siria. Que si lo hicieron es porque la muerte se mudó a la casa de al lado. Porque, como dice Maamoun en una frase que suena a sentencia, “vivir no es sólo comer y beber. Es estar bien, en tu lugar”. Mientras aquí se les cierran las puertas, la gente de Zaatari sólo piensa en abrir de nuevo las de las casas que dejaron atrás. 

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